Martes, 26 de marzo de 2019

Religión en Libertad

¡Misericordia, Dios mío, por tu bondad!


Cuando nadie perdonaba, cuando desapareció el amor, nuevamente se hizo presente el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, y se dio a conocer la Palabra de la Misericordia a través de Faustina, de modo tan portentoso que merece mucho la pena conocer su vida.

por Alfonso V. Carrascosa

Opinión

La insatisfacción profunda que produce en la persona el vivir para sí, el hacer su voluntad o sencillamente lo que le venga en gana, es atribuible a muchas causas. Querer ser es universalmente humano, pero no el llegar a ser. Va más allá de la capacidad de muchos. Ser. Muchos han sido los que a lo largo de la historia han dicho 'yo soy', pero sus hechos han demostrado lo contrario.
 
Han sido estos los que han entendido que tenían la capacidad de acabar con la insatisfacción profunda que tantas veces descubrimos en nuestras manos, llegando a creer que nos harían ser. Las dos guerras mundiales han sido, en parte al menos, el resultado de éstos 'yo soy' que al final han resultado 'no ser', cosa que hemos sabido por sus frutos.
 
Sin embargo, venimos de celebrar que ha habido un 'Yo Soy' que parecía 'no ser' pero que realmente 'era', y lo mejor de todo es que 'Es'. Lo esencial de Él, sus entrañas, es la misericordia.
 
Fue precisamente cuando los falsos 'yo soy' se habían desatado, cuando el que 'Es' manifestó a una mujer llamada Faustina Kowalska, una vez más, su esencia, su entraña, y lo hizo para que lo supieran todos los 'yo soy' que andamos por el mundo sin realmente poder darnos a nosotros mismos el ser, por más que hagamos lo que nos venga en gana, por más que vivamos todo para nosotros mismos. 
 
Cuando nadie perdonaba, cuando desapareció el amor, nuevamente se hizo presente el Emmanuel, el Dios-con-
nosotros, y se dio a conocer la Palabra de la Misericordia a través de Faustina, de modo tan portentoso que merece mucho la pena conocer su vida.
 
Para salir de esta cárcel es para lo que Cristo ha vencido la muerte... ¡Ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! y a través de su Divina Misericordia –esto es lo que celebramos este domingo– nos ha regalado su vida en nosotros en el Espíritu Santo. 
 
Él ha venido a poner fin a esa dicotomía interior que la humanidad padece, padeciendo una muerte, y muerte de Cruz, para resucitar, subir al cielo y enviarnos ese amor que nos lleva del ¿yo soy' al 'Yo Soy' viviendo en nosotros, dándonos gratis el ser que no conseguimos por nuestras fuerzas. Muchos, muchos, han venido y vendrán usurpando el nombre del Bendito-por-los-Siglos, y sabemos que seguirán viniendo, pero también nos ha sido dado conocer que el eterno quiere continuar llenándonos de alegría con su Misericordia, no con nuestros sacrificios. 
 
La transformación de las estructuras sociales a través de la acción política –que no termina de conseguir ni tan siquiera el bienestar que todos anhelamos– o la aniquilación de la pasión como origen de esa insatisfacción profunda, de esa dicotomía interior, del sufrimiento en definitiva, que practica la ideología budista, e incluso el fin de los complejos que cuando le es dado consigue que superemos la psicología, no han vencido la muerte dentro de nuestro corazón.
 
Sólo Cristo, convertido por el Padre en Espíritu Vivificante, como primogénito de la Nueva Creación ya presente, real y actuante en su Nombre, es a quien ha sido dado el poder de sanar los corazones afligidos, de proclamar un año de gracia, de enjugar las lágrimas de todos los rostros. 
 
El mismo que bajó a nuestros infiernos es el que subió, llevando una multitud de cautivos por el vivir todo para sí, a la Gloria. En su nombre se proclama en esta Pascua de 2018 el perdón de los pecados, la destrucción de todo aquello que nos separa de la felicidad. 
 
Y para eso la misericordia, que no es otra cosa que el Amor del Yo Soy, perdonador pero necesitado de que acojamos este perdón para que en nosotros pueda darse esa nueva naturaleza que un día disfrutaremos eternamente unidos al Yo Soy, ese día en el que seremos como Él, porque le veremos tal cual es. Y atrás quedaran nuestros 'yo soy' y sus frutos, y descubriremos hoy que hay un cuerpo entregado a la muerte y una sangre derramada para el perdón de los pecados.
 
¡Misericordia, Dios mío, por tu bondad! Esta oración que el rey David pronunció al reconocerse asesino tras las palabras del profeta Natán fueron la excusa para sacarle del infierno del 'no ser' en el que se había metido queriendo 'ser'. Precisamente recibió la misericordia de 'Yo Soy' como pago a su arrepentimiento, y hasta hoy se dice de él que fue un hombre según el corazón de Dios. Que se haga en mí según tu Palabra.
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