Sábado, 14 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

La defensa de la verdad


Mientras el relativismo sojuzga la verdad, el evolucionismo la convierte en rata de laboratorio. Imprescindible desconfiar de las togas amparadas en el ardid del caminante para el cual no hay camino sino que se hace al andar.

por Eduardo Gómez

Opinión

El hombre no debe ser quien establezca el camino hacia la verdad, dado que la verdad no viene de la mano del hombre, sino de la mano de la Creación, que es muy anterior al hombre. Ergo la verdad no se construye, la verdad se encuentra; para encontrarla, el hombre no debe dar la espalda ni a la religión ni a la ciencia. La leyenda negra acerca de la incompatibilidad de ambas debería haber periclitado, pero la propaganda continúa, no obstante la advertencia de Einstein: "La ciencia sin la religión está coja, la religión sin la ciencia está ciega”. La frase de Einstein venera la existencia de un orden natural de las cosas. Allá donde exista un orden se esconde la verdad. Por contra, donde no hay orden inalterable no hay verdad posible.
 
La anti-verdad presenta dos caras tiranuelas en la misma moneda: el relativismo y el evolucionismo. Respecto al relativismo, gran enfermedad de nuestros tiempos cuyo virus fue Lutero (al decir aquello de que los Evangelios era algo a libre interpretación del consumidor de Escrituras), Platón y Sócrates lo tenían claro: imposibilitaba el conocimiento y convertía a los pueblos en un totum revolutum ingobernable. En el campo moral, el relativismo queda separado del nihilismo por centímetros: de no haber verdades absolutas so pretexto de las circunstancias, a postular la inexistencia de la verdad, la franja es menos ancha de lo que parece. Lo más preocupante es la dimensión que adquirió ya en el siglo XX, no para volver por los fueros luteranos sino para acometer vuelos más siniestros. La última ponzoña vendida en los mentideros de la verdad tiene por divisa que cada individuo tiene su verdad. O sea, que hay tantas verdades como opiniones o víveres en un supermercado, lo cual va en contra de la propia ontología de la verdad, que nos indica que por naturaleza solo hay una. De modo que, cuando se manifiesta en base a hechos consumados, al arbitrismo se le caen los palos del sombrajo.
 
Julian Huxley, primer director general de la Unesco y enamorado de Darwin antes que de Dios, aseveró: “Nada hay inmutable ni eterno en ética”. Es decir, que las verdades de la moral podían ir mutando. Bienvenidos al evolucionismo. Si nada hay inmutable en ética significa que esa ética puede ir modificándose en función de nuevos convencimientos. ¿Qué empoderados deben aportar las máximas? Es de suponer que la potestad recaería en el Estado -asesorado por las comunidades científica y educativa- a través del juego de mayorías democráticas . También en esto un antiguo como Sócrates deja en evidencia a toda la recua de posmodernos democratistas al afirmar que no alcanzar un acuerdo sobre ciertas cuestiones no elimina la existencia de una verdad sobre las mismas. La palabra “sobre” viene como anillo al dedo en este caso, para demostrar que la verdad jerarquiza el conocimiento humano (única forma de iluminarlo) y es previa al mismo.
 
Mientras el relativismo sojuzga la verdad, el evolucionismo la convierte en rata de laboratorio. Imprescindible desconfiar de las togas amparadas en el ardid del caminante para el cual no hay camino sino que se hace al andar. Nuestro Señor acostumbraba a ser muy taxativo al respecto: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Sin camino, no hay verdad, sin verdad no hay vida. Cuando la vida es una sinverdad, el camino es una sinrazón. Alarma pensar en una civilización enferma de sinverdad, la más monstruosa de las mentiras.
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