Viernes, 10 de abril de 2020

Religión en Libertad

¿Quién manda en el mundo?


De estas supuestas teorías conspiratorias digo lo que los gallegos dicen de las meigas, que no creen en ellas, pero que "haberlas, haylas".

por Vicente Alejandro Guillamón

Opinión

Quien más y quién menos se ha preguntado alguna vez, o quizás más de una, quién manda en el mundo, quién maneja los hilos del espectáculo de títeres que con frecuencia vienen a ser los acontecimientos, grandes o pequeños, que marcan el paso vacilante o quizás trágico de este diminuto planeta.

Enorme pregunta de muy difícil respuesta. Sin embargo, no es raro encontrar entre los plumillas que caemos en la tentación de ejercer de augures leyendo las entrañas de las ocas como hacían los arúspices de la antigua Roma, autores de grandes teorías conspiratorias de alcance universal en las que están involucradas oscuras organizaciones de las que se sabe poco o apenas nada, como el club Bilderberg –llamado por sus objetores el gobierno del mundo en la sombra–, la Comisión Trilateral, el Consejo de Relaciones Exteriores, la masonería, la CIA, el resucitado KGB ruso, etc.

De estas supuestas teorías conspiratorias digo lo que los gallegos dicen de las meigas, que no creen en ellas, pero que “haberlas, haylas”. De todos modos, si no queremos perdernos en el bosque amazónico de los poderes semiocultos que dirigen nuestras vidas desde la oscuridad, es aconsejable ser cauteloso. Atenerse más a hechos, a datos concretos en la medida que podamos conocerlos, que a teorías más fantasiosas que verificables.

El torrencial autor Ricardo de la Cierva solía decir que la ONU, por ejemplo, teórico gobierno del mundo, era una madriguera de masones, y acaso no le faltara razón, porque a veces ocurren en este gran organismo mundial hechos llamativos que no dejan de sorprender. Eligieron secretario general, es decir, mandatario máximo de este macroorganismo, al vecino portugués amigo de España, Antonio Guterres, para sustituir al surcoreano Ban Ki-moon, cuyo mandato expiró ahora hace un año. Guterres fue jefe del gobierno lusitano en nombre del partido socialista de 1995 a 2002. Estuvo diez años como alto comisionado para los refugiados (ACNUR). Es decir, es un hombre de la “casa”, en cuyo cargo ha acreditado su buen hacer.

Pero lo más asombroso es la facilidad con que se ponen de acuerdo los representantes de los 193 países que integran este organismo para elegir a un candidato al parecer de consenso. No digo que el amigo portugués no reuniese méritos para ejercer este cargo, sino la facilidad con que lo acordaron tantos países tan diferentes y en parte tan antagónicos. ¿Acaso Guterres es masón y obró el milagro la fraternidad masónica mundial? Porque ocurre siempre lo mismo. Los secretarios generales son elegidos sin grandes tensiones dentro de una organización que se distingue por sus frecuentes tensiones de alto voltaje.

En todo caso, ¿quién selecciona y propone al candidato? ¿Quién “trabaja” y apoya entre bastidores al propuesto? A mí, que no tengo ningún conocimiento de los entresijos de la ONU, siempre me ha maravillado el espíritu de consenso que se da en esta clase de elecciones. Esto tiene gato encerrado, sin duda, al menos algo sospechoso que no trasciende a la calle. De modo que alguna razón puede que tuviera el abundoso La Cierva para sospechar de lo que se cuece en las marmitas internas del organismo planetario.

Hay otros motivos para recelar del espíritu que inspira al organismo de gestión mundial. Su empeño en controlar, limitar y a ser posible reducir el crecimiento demográfico, favoreciendo el aborto y otras prácticas anticonceptivas, es altamente preocupante. Su ética laicista, alejada de todo compromiso religioso, hace sospechar.

Los masones, bien acogidos en la ONU, sostienen que las creencias religiosas son fuente de división y enfrentamientos sociales. Tal vez, aunque seguramente menos que los forofos del Sevilla y el Betis en la capital andaluza, o los colchoneros y los merengues madrileños, y no digamos el encono, incluso el odio, de las rivalidades partidarias políticas. Pero sólo le religión, en la mayoría de los casos fuente de paz, les preocupa a los laicistas, siempre al acecho especialmente contra la Iglesia católica. También a los laicistas de ciertas agencias de la ONU.

Esas agencias, muy alarmadas por el crecimiento de la población mundial, se empeñan en imponer el control de la natalidad por toda clase de métodos, algunos tan criminales como el aborto, y siempre están dispuestas a eliminar las expresiones religiosas del espacio público, objetivo muy del agrado de los mandiles. En fin, lo de las meigas gallegas, aunque no cualquier teoría, sirve para explicar las grandes oscuridades del mundo que nos envuelve. Por ejemplo, aquí y ahora, lo que ha pasado en las elecciones catalanas, pero no sigo. Ya me he extendido demasiado. Pongo punto final.
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