Viernes, 19 de julio de 2019

Religión en Libertad

El «producto de la concepción»


El deseo, por sí mismo, no justifica el derecho a alcanzar aquello que anhelo. La realidad es tozuda, más de lo que nos gustaría, y no sigue la variabilidad de mis deseos.

por José F. Vaquero

Opinión

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La Comunidad de Madrid, o mejor dicho, el gobierno regional de esta comunidad autónoma, está preocupado por los “embarazos no deseados”. Ha publicado, en fechas recientes, el borrador del Plan integral de abordaje de embarazos no deseados 2017-2020. El mismo nombre ya despierta en mí cierto desasosiego. Da la impresión de que una parte importante del problema a solucionar es el resultado de mi deseo, con sus dos posibles consecuencias: Opción A, que la mujer se quede embarazada; y Opción B, que la mujer no se quede embarazada. Quizás sea esquematizar demasiado la situación: defecto profesional del analista. El significado y trascendencia de ese embarazo, con todos sus protagonistas, queda descafeinado. Pero analicemos el tema despacio.
 
La cuestión central es, según el mismo título del Plan, mi deseo, uno de los grandes dioses, escondidos o desencarados, de nuestra cultura actual. Desear, según parece, equivale a tener derecho a conseguir aquello que se desea. Deseo un trabajo digno, luego tengo derecho a un trabajo digno. Deseo expresar una opinión personal, luego tengo derecho a expresar libremente esa opinión. Deseo tener un hijo, luego tengo derecho a tener un hijo; y viceversa, deseo no tener un hijo, luego tengo derecho a no tener un hijo. Y si seguimos avanzando, deseo tener una condición social cómoda, una salud de hierro, una determinada perfección física o intelectual, luego tengo derecho inapelable a conseguir dicho fin.
 
Viendo estos ejemplos, y pasándolos por el filtro del sentido común, me parece que no es tan clara la equivalencia anterior. La realidad es tozuda, más de lo que nos gustaría, y no sigue la variabilidad de mis deseos individuales y personales. El deseo, por sí mismo, no justifica el derecho a alcanzar aquello que deseo; hay más factores, más circunstancias, que intervienen en el ajo. Es cierto que hay deseos razonables (el deseo de mi propia felicidad), pero por sí mismo no justifica cualquier consecuencia derivada de esta inclinación.
 
Dejando aparcado el título de este documento de la Comunidad de Madrid, hay algo que preocupa más. El resultado de estos embarazos, según sus mismas palabras, se denomina “producto de la concepción”. Un producto, como la planta que venden en el herbolario de la esquina, el perrito de la tienda de mascotas, el coche que producen y venden en el concesionario de al lado o el servicio que ofrece una entidad financiera. Producto, cosa producida, aquello, de género neutro, que ha sido creado o elaborado. Comparando términos, parece que la acusación de cosificación en la sexualidad que realizan ciertas corrientes de pensamiento está más cerca de la realidad de lo que parece. La palabra no es “de los supuestos atacantes”, sino de los “supuestos defensores”.
 
Pero sigamos analizando un poco estas recomendaciones publicadas por el gobierno madrileño. Algunas mujeres se encuentran con este “problema”. Yo prefiero hablar de que la sociedad, mujeres y hombres, ambos implicados en el embarazo, se encuentran con esta “situación problemática”, algo que quizás no teníamos en nuestros planes iniciales, una situación que tenemos que afrontar y resolver buscando el bien íntegro de todos los implicados.
 
Según las recomendaciones de este documento, disponemos de dos posibles soluciones ante estos “embarazos no deseados”. La primera, impedir que sucedan, empleando medios técnicos. Y la segunda, interrumpir voluntariamente el embarazo, o sea, lo que siempre se ha denominado abortar (perdonen si no les gusta la palabra). Creo que ambas soluciones, sobre todo la segunda, nos están volviendo al problema inicial: la divinización del deseo. Si deseo no tener hijos, tengo el derecho a no tener hijos, y a tomar cualquier camino para conseguir mi objetivo.
 
Antes de hacer cualquier consideración moral, pensemos que el problema puede no estar bien planteado. O puede que esté planteado pensado solo en la industria del aborto; es sabido que este plan se ha elaborado bajo el consejo y la tutela de la Federación de Planificación Familiar Estatal, filial española de una de las mayores empresas internacionales del negocio abortista, la estadounidense Planned Parenthood. Si estos embarazos son una situación problemática, ¿por qué no buscamos una solución integral, tomando en cuenta sobre todo a la parte más débil y protagonista de esta situación, el niño no nacido, no nacido todavía pero que científicamente ya tiene vida propia, es un ser humano?
 
Termino mis reflexiones con un dato que me ha preocupado. Está publicado por la misma Comunidad de Madrid, en un informe titulado Interrupciones voluntarias del embarazo notificadas a la Comunidad de Madrid en 2016. En el 85% de los casos la mujer aborta “a petición propia”, es decir, porque ella decide hacerlo sin necesidad de justificar o explicar su decisión. El 11,6% alegó riesgo de salud para la mujer y el 3,3% adujo taras o malformaciones en el feto. Los datos de otras regiones españolas son semejantes.
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