Viernes, 23 de octubre de 2020

Religión en Libertad

El retorno de la policía del pensamiento


Quienes venden la idea de que no existen diferencias definitivas entre hombre y mujer, y que lo que cuenta es el propio deseo o sentimiento, estimulan la ficción de que el desajuste puede tener una solución plena. Lo que no sólo es muy poco realista, sino que puede ser una fuente segura de un gran dolor y frustración.  

por Vidal Arranz

Opinión

Por razones que no son fáciles de entender, tras la victoria electoral de Donald Trump, en Estados Unidos resucitó el interés por la novela de George Orwell ‘1984’. El periódico The New York Times informaba de que se había convertido, casi setenta años después de escribirse, en un inesperado best seller. Sin embargo, es poco probable que el libro de Orwell haya satisfecho, ni siquiera un poco, a esos lectores progres de coyuntura. Más bien al contrario, debería haberles inquietado. Y mucho.

Y es que, aunque el mundo que ‘1984’ retrata no tenga hoy paralelismo literal con ninguna realidad contemporánea, es fácil encontrar una gran similitud entre las técnicas de manipulación del pensamiento y de control de la realidad de la neo lengua, la policía del pensamiento y la manipulación del pasado orwellianos y los sinuosos, y cada vez más tenebrosos, caminos, por los que discurre hoy la corrección política. En EEUU como en España.
Hoy, como en ‘1984’, hay cosas que no se deben pensar ni decir porque son un ‘crimental’ (condensación de crimen mental) y hay personas cómplices sin saberlo de las más nefandas traiciones.
Por ejemplo, el modo como el patriarcado consigue que hombres y mujeres hagan cosas terribles para sí mismos y para los demás, creyendo, además, que sus decisiones son libres, recuerda mucho a aquellos capítulos de la novela de Orwell en las que un pobre diablo confesaba haber sido seguidor de Goldstein (el supuesto enemigo del pueblo) sin saberlo.

En España, esta semana, hemos tenido un buen ejemplo de como el universo orwelliano totalitario va convirtiéndose cada vez con más claridad en una realidad cotidiana que nos acecha y nos asfixia. La decisión de la organización Hazte Oír de sacar a la calle un autobús pregonando lo evidente, que los niños tienen pene y las niñas vagina, se ha convertido en un espectacular motivo de escándalo. Incluso ha intervenido la Policía Local de Madrid en un ataque sin precedentes a las libertades públicas amparado en la peregrina idea de que el autobús incita al odio.

En un fabuloso ejercicio de neo lengua, los nuevos inquisidores vigilantes de la virtud pública cargan con adjetivos denigrantes cualquier referencia a los nuevos ‘enemigos del pueblo’. Y así Hazte Oír es calificada como organización retrógrada u oscurantista, sus mensajes son transfóbicos, denigrantes y discriminatorios. Plantean cosas espeluznantes e intolerables, lanzan mensajes repugnantes, miserables e hirientes, y, en fin, son expertos en incitar al odio. Por supuesto, decir todas estas cosas de Hazte Oír (o de quien corresponda en cada caso) no es ni una incitación al odio, ni refleja agresividad, ni se trata de proclamas miserables, ni hirientes. En absoluto. La policía del pensamiento puede utilizar a placer los adjetivos descalificativos contra quienes, para más inri, no los usan en sus mensajes.

Porque recordemos la frase que ha incendiado la polémica: “Los niños tienen pene, las niñas tienen vulva. Que no te engañen. Si naces hombre, eres hombre. Si naces mujer, seguirás siéndolo”.

Cualquier intento de defender lo obvio -por ejemplo, las declaraciones del obispo auxiliar de Valladolid, Luis Argüello-  obtiene inmediata y virulenta réplica por parte de los nuevos inquisidores, prestos a gritar a la menor ocasión ‘crimental’, ‘crimental’, como las jaurías manipuladas de George Orwell.

Y eso que a la campaña de Hazte Oír ni siquiera se la podía acusar de provocadora, pues surgía en respuesta a otra anterior en Navarra, bien conocida por los lectores de Religión en Libertad, que predicaba que ‘hay niños con vulva y niñas con pene”. Todo, nuevamente muy orwelliano. Es difícil que no le venga a uno a la mente la escena en la que el representante del partido le muestra cuatro dedos a Winston y le pregunta cuántos son. “¿Cuatro?”, responde atemorizado el interpelado, que acaba de sufrir severas torturas orientadas a aniquilar su libre pensamiento. “Cuatro dedos pueden ser cuatro, cinco o tres, según lo decida el Partido” es la respuesta que recibe. Hoy no hay un Partido que imponga la mentira, pero estamos instalados en un relativismo similar. La consecuencia lógica es que, como en ‘1984’, ya pocos se atreven a pronunciarse en contra de un aparente consenso. Si la mayoría, incluidos algunos líderes de opinión, dice que 2 más 2 son 5, ¿quién va a atreverse a disentir?

La nueva verdad dice que para ayudar a solventar los problemas de un 1% de niños que sufren problemas objetivos relacionados con su identidad sexual hay que arriesgarse a provocar conflictos nuevos en ese 20% de menores que tienen alguna duda sobre su sexualidad durante su fase de desarrollo y que, en condiciones normales, se resuelven solas. Quienes pensamos que las campañas públicas de las niñas con pene y los niños con vulva no hacen más que generar confusión y cronificar y problematizar esas dudas, que pueden ser el germen de un gran problema futuro, somos, al parecer, incitadores al odio. Pero, pese a ello, algunos creemos que es una gran irresponsabilidad intentar afrontar el problema ‘trans’ de ese equivocado modo.

No obstante, para que las ideas queden más claras, e intentar evitar malos entendidos y confusiones, quizás convenga plantear unas cuantas cuestiones relacionadas con la transexualidad.

En la llamada transexualidad coinciden, al menos, dos tipos de realidades. A la primera la podríamos llamar desajuste de raíz biológico. La segunda sería un desajuste entre la biología y el deseo. Son dos mundos completamente distintos, que se mezclan a menudo de forma interesada, o por ignorancia, pero que tienen implicaciones completamente diferentes.

El conflicto trans de origen biológico no niega la fisiología, simplemente constata un defecto en el proceso de gestación del ser humano en cuestión. La naturaleza no es perfecta y genera desajustes y desviaciones de la norma que producen dolor y sufrimiento. Se trata de los casos de personas que nacen con alteraciones genéticas a nivel del cromosoma, que rompen la dicotomía XX / XY y que dificultan su asignación sexual. Luego hay otros casos en que la fisiología corporal y las hormonas con que fue irrigado el individuo estuvieron desajustadas (exceso de hormonas femeninas en un cuerpo masculino, por ejemplo) y generan un problema, que sigue siendo de raíz biológica. Entre estas alteraciones médicas está, por ejemplo, el síndrome de Harry Benjamín, o la trisomía XXY, por citar sólo dos ejemplos. Estos son problemas médicos perfectamente equivalentes al niño que nace con sólo un riñón o con déficit de tiroides, por poner dos ejemplos de posibles deficiencias de nacimiento. Y quienes las padecen tienen todo el derecho a ser tratados.

Pero luego está el conflicto de género que no tiene necesariamente un origen en la biología, sino en la psicología, o en el deseo. En este caso no se da ninguna de las situaciones anteriores. Es un conflicto que nace de la pura voluntad, de querer ser algo distinto a lo que el propio cuerpo impone. Las leyes sobre transexualidad que han sido aprobadas utilizan el primer tipo de transexualidad para justificar la existencia de un problema objetivo, pero luego legislan en función de la segunda modalidad, en la que ya cabe casi todo. Esto explica por qué estas leyes apartan por completo a los médicos y psicólogos de la cuestión y consagran la idea de que la voluntad personal es una fuente de realidad, y de legalidad, que nadie puede cuestionar.

El problema nace exactamente aquí, en la presunción de que el deseo no tiene, ni debe tener, ningún límite en la naturaleza. Hemos dado el salto de un problema objetivo real, aunque muy minoritario, a una visión de la realidad que es ya ideológica, y, por tanto, legítimamente discutible y criticable.

Más allá del problema biológico, muy minoritario, este otro conflicto enfrenta dos modelos antropológicos; de ahí su trascendencia, y la virulencia de la guerra cultural que suscita. Por un lado están los que asumen que la biología es un límite (Freud habla de destino) o un dato de la realidad con el que hay que contar. Por el otro, los que creen, sesentayochismo mediante, que el deseo del individuo no debe someterse a nada, que todo debe ser posible, y que cualquier categoría, modelo, norma, o costumbre es un factor de opresión y discriminación.

Algunos hemos llegado a la conclusión, por supuesto opinable, pero perfectamente legítima, de que la tesis básica de Mayo del 68 no sólo es falsa sino destructiva. Porque no hay civilización posible sin normas, sin distinciones, sin modelos de referencia... Y, en consecuencia, no estamos por la labor de apoyar, ni por activa ni por pasiva, la impugnación radical de la antropología humana que ha primado en el mundo (con sus variantes) desde el comienzo de los tiempos del pensamiento. Una visión de lo humano que entiende que la contraposición entre lo masculino y o femenino es básica, tanto en la biología como en la cultura. Este modelo es justamente el que ahora se pone en cuestión con alborozo y se somete a burla con el cansino, y escasamente original, argumento de su ‘atraso’ y su 'medievalidad'.

Hay que insistir en que el bus de Hazte oír no hace más que responder a una agresión previa (la campaña navarra y el apoyo que le han brindado mayoritariamente los medios) para recordar lo obvio y lo evidente: que el cuerpo es un límite para el deseo. Y a quien más ofende no es a los afectados por la transexualidad de raíz fisiológica, la mayoría de los cuales no niegan la existencia de un patrón del que ellos han sido dramáticamente excluidos por accidente. No, a quienes más ofende e irrita la campaña de Hazte Oír es a los defensores de la transexualidad volitiva, la que nace de la pura voluntad, que son los que creen que, eliminando, o guardando en el armario, esa referencia a la dicotomía simbólica entre hombre y mujer desaparecerán sus cuitas.

Pero es un autoengaño. La realidad sigue estando ahí, pese a los cócteles de hormonas, a las posibles operaciones, o al DNI con nuevo nombre y sexo. Sigue presente como límite y como recordatorio. Para algunos afectados, cambiar su identidad puede ser un mal menor, una salida no exenta de su propio conflicto, pero nunca una solución definitiva. En cualquier caso, están en su derecho de buscar su felicidad del modo como consideren oportuno. Pero quienes venden la idea de que no existen diferencias definitivas entre hombre y mujer, y que lo que cuenta es el propio deseo o sentimiento, estimulan la ficción de que el desajuste puede tener una solución plena. Lo que no sólo es muy poco realista, sino que puede ser una fuente segura de un gran dolor y frustración.
 
 
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