Lunes, 19 de agosto de 2019

Religión en Libertad

El arzobispo y la ideología


El arzobispo ha cuestionado el soporte intelectual de la ideología de género, lo que ha crispado sobremanera a quienes viven de rasgarse las vestiduras, toda vez que se creen más listos que nadie porque nadie se atreve a decirles lo tontos que son.

por Javier López

Opinión

Como Harrison Ford no concreta su participación en la secuela de El fugitivo, sugiero a la Warner que proponga al arzobispo de Granada, Javier Martínez, el papel de Richard Kimble. Por dos razones: es víctima de una persecución injusta y no se deja atrapar por los cazadores de curas, que quieren abatir al prelado porque, lejos de comulgar con la rueda de molino de la ideología de género, la ha definido en un sermón dominical como patología. El término utilizado no puede ser más exacto porque una sociedad que cuestiona la ley natural es una sociedad enferma que cree que la gangrena, la ideología de género, es un derecho en lugar de una amenaza.

La ley natural aclara que la cebra no es el cruce de una mula torda con un tigre de bengala. Y el sentido común aclara que no son las clases de costura las que diferencian a la mujer del hombre ni la partida de mus lo que diferencia al hombre de la mujer, porque hay hombres que enhebran agujas y mujeres que envidan. Lo que les diferencia es que son complementarios. No verlo así es de torpes, y tal vez por eso el arzobispo ha cuestionado el soporte intelectual de la ideología de género, lo que ha crispado sobremanera a quienes viven de rasgarse las vestiduras, toda vez que se creen más listos que nadie porque nadie se atreve a decirles lo tontos que son.

La ideología de género considera que la diferencia entre sexos es artificial porque se deriva de un adoctrinamiento cultural que propicia que la niña peine a la Nancy y que el niño lance golpes francos. Y, en consecuencia, que Tony Leblanc opte por Concha Velasco en lugar de por Manolo Gómez Bur. Para los ideólogos de género es pues este condicionante, y no la naturaleza, el que determina que Sancho Gracia prefiera besar a la hija de cacique que hacer manitas con El Algarrobo. Para salir de dudas bastaría con abandonar en un archipiélago desierto a una decena de críos y otra de crías. Te digo yo que cuando crezcan aquello se parece menos a la isla de Lesbos que a El lago azul.

Publicado en el blog del autor en ReL: Soy católico ¿pasa algo?
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