Domingo, 18 de agosto de 2019

Religión en Libertad

Grandes contradicciones morales


por Josep Miró i Ardèvol

Opinión

La cultura hegemónica que impera en nuestra sociedad de la desvinculación es portadora de grandes y dañinas contradicciones morales. Señalo una para empezar: la desproporción inaceptable entre la atención mediática y de solidaridad hacia los emigrantes y refugiados africanos, y el olvido trágico de nuestros refugiados interiores, aquellas personas forzadas a vivir en la calle, a las que la ola de calor de agosto pasó una mortal factura sin que merecieran más atención de unas pocas líneas, y ninguna autoridad manifestara interés por el suceso. ¡Sepulcro blanqueado! ¿Si no eres capaz de atender a tu hermano cercano al que ves cada día, cómo podemos creer de tu sinceridad hacia el que viene de lejos? No se trata de dar menos al que viene, sino de dar más al que vive ya con nosotros.

Pero en tiempo de finales de verano quiero señalar una gran contradicción, escandalosa, inasumible indefinidamente por parte de una sociedad sin alcanzar la neurosis colectiva. Se trata del doble e incompatible discurso sobre el sexo. Por una parte, se ha producido una seria reacción contra los abusos sexuales de los que son víctimas las mujeres; de palabra y obra. En contra de lo que demasiados creen, el roce no hace el cariño, sino que mas bien irrita. La admiración, el interés por una mujer, la celebración de su atractivo nunca puede estar reñido con el respeto. Bienvenida sea la reacción moral, la denuncia de los abusos y los abusadores. Como en toda reacción, parte del discurso ha pasado al lado del exceso, convirtiéndose en un moralismo tan estrecho, que si lo practicara la Iglesia sería motivo de escarnio. Se manifiesta en una actitud preventiva, es decir censora, como lo manifiesta el empeño en prohibir letras de canciones por machistas, con lo cual esta convicción llevada con coherencia conduce al crematorio a una buena parte de la literatura, comenzando por la famosa Lolita de Nabokov. Es una reacción que parece haber descubierto el pecado, sin asumir al mismo tiempo que tal cosa exista. Porque el hecho pecaminoso no significa solo la ruptura con Dios, sino también el daño a todo ser humano.

Pero al mismo tiempo que se levanta esa barrera moral, no son capaces de ver la relación directa del abuso sexual con la cultura hegemónica de cómo se plantean las relaciones sexuales, celebradas como actos de libertad. La crónica que escribía una periodista, Sabina Urraca, sobre una de las fiestas del festival gay del verano de Barcelona, describe con perfección esta cultura. “Hombres en una fiesta cuasi desnudos (arneses, pistoleras de cuero, suspensorios…). Veo largos besos con ojos cerrados, un tío acorrala a otro contra la pared… Algunos follan desaforadamente, otros se enamoran”.

Dirán: ¡pero si éste es un ambiente gay, sin mujeres! Sí, claro, pero su sexualidad -el propio articulo así lo presenta- es mostrada como el paradigma de la libertad sexual. “Ahora soy libre" es el título y lo que describe es un desiderátum no solo para el mismo sexo, porque lo que describe no está lejos, más bien al contrario, de lo que sucede en discotecas, festejos populares y celebraciones varias. ¿O es que los San Fermines, para citar un caso de relumbrón, no muestran a destajo a mujeres llevadas en hombros por hombres que juegan a la miss camiseta mojada, con vino, off course, en medio de saltos, jadeos y frotamientos?

Algunos le llaman a eso libertad y autenticidad, “soltarse”, ir de fiesta. En realidad es incentivar la pulsión de uno de los instintos más primarios: el sexo, tan potente que es el responsable de la reproducción de la especie, como el apetito de comer es vital para la supervivencia del individuo. Y lo que hace nuestra sociedad desvinculada es incentivar estas fuerzas brutales, ciegas, porque son el fundamento de nuestra vida animal. Para tunearlo a veces le llaman amor, pero como titulaba aquella, película española, se trata solo de sexo.

No es posible una cultura que celebra y estimula el impulso del deseo sexual y a la vez dice desear un estricto respeto. Y eso todavía es mas incompatible cuando se trata de una relación entre hombres y mujeres, porque por razones biológicas y evolutivas bien conocidas, la forma de procesar su instinto sexual es distinta. En el hombre no existe ocasión para la reflexión cuando el estímulo es suficientemente fuerte y cuando no existe la virtud necesaria que hace al caso y genera el autocontrol, cuando no existe la práctica que, mecánicamente, sin reflexión, frena el impulso. Las virtudes son como las técnicas de boxeo, movimientos aprendidos, pero tan mecanizados que resultan instintivos. El cerebro dicta la reacción sin reflexión. Pero precisamente lo que liquida la sociedad donde impera el estímulo sexual como presunto de libertad, lo primero que ha destruido, es la propia noción de virtud. Ha dejado al ser humano al albur de su instinto. Y es eso lo que explica que, al margen de los enfermos sexuales, chicos normales en determinadas condiciones arrinconen a la mujer de manera tan irrefrenable que terminan por abusar de ella.

La seguridad para nuestras compañeras, la seguridad real, no va venir de la ley, ni de la policía, por más dinero que le dediquen, y que ya es mucho, sino de la recuperación del sentido de la virtud, es decir, de las prácticas buenas convertidas en hábitos, pero me temo mucho que esto la sociedad desvinculada es incapaz de proporcionar tal cosa, y seguirá celebrando las fiestas en la perspectiva de “follar desaforadamente”. La desvinculada es también la sociedad de la aporía, porque genera sus propios males, y al tiempo es incapaz de disponer de soluciones.

Publicado en ForumLibertas.

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