Jueves, 25 de abril de 2019

Religión en Libertad

El relativismo ante «La Verdad os hará libres»


por Pedro Trevijano

Opinión

Una de las grandes corrientes filosóficas actuales es la relativista, íntimamente ligada con el problema de la Verdad. Para esta corriente no existen la Verdad y el Bien objetivos, sino que somos nosotros mismos los que decidimos lo que está bien y lo que está mal, sirviéndonos como criterio lo que más me conviene y apetece.

Y sin embargo, como nos dice el Concilio Vaticano II, todos los hombres “son impulsados por su propia naturaleza a buscar la verdad y además tienen la obligación moral de buscarla”, estando obligados “asimismo, a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda su vida según las exigencias de la verdad” (declaración Dignitatis Humanae nº 2).

Como para los relativistas Dios y la Verdad objetiva no existen, todo se reduce a meras opiniones. Ahora bien, aunque todos los seres humanos, por el hecho de serlo, tienen una dignidad intrínseca, no todas las opiniones merecen el mismo respeto. Algunas de ellas, como la marxista, la nacionalsocialista, la relativista y la ideología de género han hecho suficientes destrozos y crímenes como para que las consideremos como simplemente nefastas. Es sin embargo curioso que los relativistas, que no aceptan que haya una verdad objetiva, consideren cualquier opción, menos la suya, como una muestra de intolerancia. Los relativistas son unos demócratas muy curiosos, que tratan de imponernos su totalitario modo de pensar, incluso por el terror de unas multas bestiales. Intentan incluso hacernos creer que los únicos demócratas son ellos, porque, como no tienen ningún principio inmutable, están abiertos al diálogo. En pocas palabras, no existe la verdad objetiva, pero yo, nos dicen, tengo razón: si piensas distinto a mí, simplemente estás equivocado y además eres un intolerante y un fascista.

El relativismo contraría nuestra inclinación natural a conocer la verdad, aunque para conocer la verdad se precisa al menos un mínimo de rectitud moral, porque la verdad moral se abraza no sólo con la mente, sino con la vida entera, porque en otro caso se verificaría en nosotros el conocido eslogan: “Vive como piensas, para que no tengas que pensar como vives”. El relativismo es postmoderno, es decir, toda la realidad es una construcción social donde la verdad y la realidad no tienen ningún contenido objetivo y estable, donde el individuo intentan engañarnos diciéndonos que es totalmente libre y no tiene por qué hacer caso de la condiciones de existencia en que Dios le ha puesto. Todo esto lleva al destierro del esfuerzo y del sacrificio, al decir que todos somos iguales: en pocas palabras, al embrutecimiento cultural. En nombre de la libertad y la democracia, surgen nuevos ‘derechos’, como el derecho al aborto, al amor libre, a elegir mi propia orientación sexual y mi género, los derechos de los niños contra sus padres en clara contradicción con los Derechos Humanos de la Declaración Universal de 1948.

La libertad queda separada de la verdad, de la responsabilidad, del bien de otros y del bien común, pues es el egoísmo lo que debe prevalecer. Con ello queda en el aire una pregunta: estos nuevos derechos, aunque se escuden en nombres rimbombantes como libertad, democracia, igualdad, no discriminación, ¿no son en realidad sino nuevas formas de totalitarismo? Es la criminalización a través de leyes teóricamente antidiscriminatorias o antiodio, pero que en realidad persiguen lo que se ha considerado siempre de sentido común, como la afirmación del Génesis de que “creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra” (1,27). Por cierto, eso de intentar corregir la plana a Dios me parece un disparate mayúsculo, sobre todo si lo unimos a la frase de Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6) y la advertencia de Gálatas: “De Dios nadie se burla” (6,7).

Para el creyente, en cambio, “creer en la posibilidad de conocer una verdad universalmente válida no es, en modo alguno, fuente de intolerancia; al contrario, es una condición necesaria para un diálogo sincero y auténtico entre las personas. Sólo bajo esta condición es posible superar las divisiones y recorrer juntos el camino hacia la verdad completa, siguiendo los senderos que sólo conoce el Espíritu del Señor resucitado” (San Juan Pablo II, encíclica Fides et Ratio nº 92)

Terminemos con esta frase también de San Juan Pablo II en su encíclica Veritatis Splendor: “Según la fe cristiana y la doctrina de la Iglesia solamente la libertad que se somete a la Verdad conduce a la persona humana a su verdadero bien” (nº 84), y por eso la Iglesia trata de guiarnos “en la formación de una conciencia moral que juzgue y lleve a decisiones según verdad” (nº 85). Como nos dijo Jesús: “La Verdad os hará libres” (Jn 8,32).

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