Miércoles, 04 de agosto de 2021

Religión en Libertad

Rafa


Era, en fin, tan generoso que siempre se estaba en deuda con él, pero lo era sin ser invasivo, todo lo contrario que el cáncer que lo mató y el tratamiento que resultó ineficaz.

por Gonzalo Altozano

Opinión

Fue Jesús Poveda quien me avisó de que a Rafa Lozano lo habían ingresado en un hospital de la sierra de Madrid y quien me llevó hasta allí en moto. Huelga decir que Poveda me avisó con el plazo máximo con que él te avisa de las cosas -“en cinco minutos estate abajo”- y que condujo desafiando las leyes de la física y jugándose los dos puntos de carné que de milagro todavía le quedan. El tío conducía como si Rafa se estuviera muriendo. Y lo peor es que era verdad: Rafa se moría, y como el rayo. Lo cierto es que al llegar a la habitación, la 1014, dudé si entrar o no, no fuese que el enfermo me echara de allí con cajas destempladas y toda la razón del mundo. Porque yo llevaba un par de años sin dar apenas señales de vida; si el primer año la cosa pudo tener su explicación a cuenta de un exilio voluntario en Miami y una posterior reclusión en el Puerto de Santa María (no precisamente en régimen penitenciario), nada justificaba mi silencio -más allá de una o dos llamadas y tres o cuatro mensajes cruzados- de la segunda temporada, cuando tuve noticia de que a Rafa le habían diagnosticado cáncer de hígado, el asesino silencioso.
 
De mi corazón a mis asuntos
Si al final no me tiró a la cabeza el florero de la mesilla, la bandeja del desayuno o la botella del suero no fue porque a Rafa le costara ya pestañear y fuese el pálido reflejo del guanche fortachón que yo tenía registrado en mi memoria, que es como siempre querré recordarle. Fue, sencillamente, porque no era su estilo llevar las cuentas pendientes, mucho menos con los amigos. Tú podías llamarle con cualquier cosa a cualquier hora cualquier día que allí estaría él, sin exigir de ti lo mismo. Era, en fin, tan generoso que siempre se estaba en deuda con él, pero lo era sin ser invasivo, todo lo contrario que el cáncer que lo mató y el tratamiento que resultó ineficaz. Por eso no me afeó, qué sé yo, mi paradójico apego al desapego ni mi fea costumbre de recorrer sin cansarme el mismo camino siempre, ese que va de mi corazón a mis asuntos. Antes bien, me dijo, con un hilo de voz, que se alegraba de verme y me preguntó qué tal andaba, cómo me iba, qué me traía entre manos. Así era Rafa. Ese era Rafa. Rafa, Rafa.   
 
Se armó el belén
Tiene gracia, pero caigo ahora que la persona que me llevó a despedirme de él -Jesús Poveda- es la misma que me lo presentó, hace diez o doce años. Fue una vez que, literalmente, se armó el belén. La cosa es que el entonces alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, decidió por el artículo 33 que, en contra de lo que era ya una tradición, aquella Navidad los arcos de la Puerta de Alcalá no darían cobijo a Nacimiento alguno, cacicada que no fue del agrado de los dos chiflados estos, Rafa y Jesús, que se presentaron allí con una docena de otros que tal, ataviados todos de figuras vivientes del belén. A partir de entonces, y durante un tiempo, Jesús y Rafa serían para mí indisociables, hasta adquirir cada uno sus propios contornos, así en mi vida como en mis afectos.
 
Dos por el precio de uno
No era raro, sin embargo, confundir a este par de dos. Que se lo digan si no a los polis de Madrid la vez que Poveda le pidió a Lozano que se hiciera pasar por él, para lo cual no tendría ni siquiera que caracterizarse, pues uno y otro eran tiarrones barbados a lomos de motos de gran cilindrada. Sucedió durante una sentada frente a la clínica abortista Dator y el propósito era que los antidisturbios se llevaran detenido a Rafa creyendo que se trataba del fichadísimo Jesús, y en lo que tardaban en descubrir el cambiazo, poder Poveda encadenarse a las puertas de la Dator… o algo así. No recuerdo cómo terminó todo, pero no me extrañaría que acabaran los dos en el calabozo. Sirva la anécdota, de cualquier manera, para subrayar el compromiso provida de los personajes, en el caso de Rafa desde el seno materno; y no es, no, un recurso literario, una licencia periodística.
 
Una de detectives
Hijo de madre soltera, el padre de Rafa puso todas las facilidades para que este no viniera al mundo. Pero acontecimientos posteriores confirman que el desenlace fue otro; más feliz y mejor. Y, a pesar de que hubo de criarlo solo, la madre nunca le habló a Rafa mal de su padre, casado con otra mujer, por cierto. El empeño de la madre quizás hizo que nuestro protagonista no se convirtiera al crecer, quién sabe, en un fuera de la ley, como probablemente lo era su hermano. Porque aunque Rafa no conoció a su padre, sí conoció a uno de sus hermanos. La historia tiene tintes detectivescos y empieza con un Rafa ya crecidito en casa de su madre encontrando sin buscarla una pista: un extracto bancario con una dirección de Madrid. El caso es que Rafa voló desde Las Palmas hasta allí, donde se entrevistó en una cafetería del extrarradio con un tipo en el que no podía dejar de verse reflejado como en un espejo deformado: su hermano. Fue este quien, entre otras muchas cosas, le contó a Rafa que su padre -el de los dos- había muerto. Al despedirse ambos con un abrazo y palmotear Rafa el costado de su hermano notó el tacto frío e inconfundible de una arma corta. “Sin una de estas, no eres nadie en Madrid, hermanito”, le dijo el tipo. Pero esta es la anécdota, porque lo categórico de aquel encuentro fue que Rafa, nuestro Rafa, reunió piezas suficientes que le ayudaron en la labor que habría de ocupar su vida: descubrir quién era. 
 
El camino más corto
Ahora bien, que nadie se imagine a Rafa tumbado en el diván de un psicoanalista dando vueltas alrededor de su ombligo. Porque si algo predicó en su vida, con la palabra y el ejemplo, con oportunidad o sin ella -opportune et importune-, era que el camino más corto para encontrarse a uno mismo era el olvido de sí, la entrega a los demás. Él así lo hizo, y de manera especial, sin reservas, con Lola, su mujer. De hecho, hay un momento en que la historia de Rafa es también la historia de Lola, y al revés. Todo empezó en la cafetería de la facultad, donde me da que la pareja agotó hasta la última convocatoria de la carrera. Allí fue el flechazo. Y eso que ella llevaba puesta una chapa de Herri Batasuna, no tanto porque reivindicara la incorporación del archipiélago canario a una fantasmagórica Euskal Herria, como por entender que aquella era entonces la manera más efectiva y ruidosa de ir a la contra. Y es que Lola era lo que hoy llamamos una antisistema, alguien quien so capa de luchar contra la injusticia en el mundo pretende también -con peor o mejor intención- subvertir el orden natural de las cosas. Quién la ha visto y quién la ve.
 
Loca historia de amor
La Lola de después no se explica sin Rafa (y, de nuevo, al revés). Porque juntos corrieron una carrera de quiebros al destino que significó un mentís a la protestantísima y calvinistona teoría de la predestinación, una enmienda a su totalidad, y, por contra, una feliz reivindicación de la muy católica -y española- idea del libre albedrío. Aquí el pistoletazo de salida fue el día que se dijeron que sí, que querían, que se querían, que estaban dispuestos a que la suya fuera una loca historia de amor, escapando siempre los dos juntos de las estadísticas, esas que dicen que cada equis minutos se rompen en España no sé cuantísimos matrimonios.
 
Una boda como Dios manda
Recuerdo ahora una vez en su casa que, a los cafés después de comer, me atizaron a traición con el álbum de su boda, con esa ilusión de los recién casados, solo que con la salvedad de que ellos acumulaban ya unos cuántos trienios en la cosa matrimonial. Pasando páginas y más páginas, viendo fotos y más fotos, cualquiera se convencía de que aquella no había sido una boda cualquiera, de la misma manera que ellos tampoco lo eran. Había sido, más todavía, una boda como Dios manda, en la que lo secundario se ajustó a la medida de lo posible -de sus posibles, de Rafa y Lola, bastante escasos, por cierto- como acreditaban las bandejas de sándwiches, las botellas de cocacola y cerveza, las bolsas de hielo de gasolinera, las mesas plegables, los manteles de papel, las guirnaldas de colores, y todo como enmarcado en los bajos de un bloque de viviendas de una barriada de Las Palmas. Pero el milagro de la boda no fue convertir el vino de tetrabrick en vino bueno, sino que casi veinte años después Rafa y Lola siguieran luciendo como el día aquel: alegres, divertidos, jovencísimos, guapérrimos, sexis, llenos de vida y, sobre todo, confiados.  
 
El Señor de Lozanillos
Confianza el uno en el otro y confianza -a la fuerza, pero también de buen grado- en la Providencia, que si quiera por no negarse a sí misma siempre proveyó. Porque a lo largo de su historial laboral, a Rafa las cosas le fueron bien, mal, peor o, directamente, no le fueron, con alguna que otra temporada fichando cada tres meses en la ventanilla del paro. Pero ni aún así perdió nunca la presencia de ánimo, ni el humor -el bueno, claro- ni el señorío. Téngase en cuenta que, ante todo, él era un señor, y con mayúsculas; era el Señor de Lozanillos, como le gustaba titularse, en referencia a sus hijos, tres chicos y tres chicas, cada uno de su padre -Rafa- y de su madre -Lola-, o sea, únicos e irrepetibles los seis pero con un inconfundible aire de familia. Cómo se las apañó el matrimonio para sacarlos adelante, ya digo, la respuesta hay que buscarla en la Providencia, que al final, cabe insistir, siempre actuaba, y con la precisión de una de esas tiendas de campaña que se montan solas en el aire al sacarlas de sus fundas; tiendas, por cierto, con las que los Lozano sembraron durante varios veranos los caminos que llevan de Madrid a Medjugorje, en peregrinaciones por ellos organizadas.  
 
Ángeles en el garaje
Medjugorje marcó en la vida de Rafa un antes y un después, o eso le interpreté yo una vez que le entrevisté. Lo cierto es que a la vuelta de su primer viaje allí, sacó la televisión del salón y la colocó en el lugar que merecía: el cubo de la basura. Digo yo que para hacer hueco, pues a partir de entonces las puertas de casa de los Lozano serían puro atrezzo, sobre todo las del garaje, en cuyo interior llegaron a congregarse grupos de oración de hasta medio centenar de personas. Apuesto que nunca nadie podrá decir que Rafa o Lola se reservaron alguna vez el derecho de admisión o hicieron acepción de personas, pues a su casa entraba no solo quien hubiera peregrinado con ellos a Medjugorje, sino cualquiera que pasara por allí. Y apuesto también que en su hospitalidad acogieron, sin saberlo, ángeles, como reza el salmo, y a ver si no camuflados entre los visitantes de vidas más rotas y corazones más supurantes. Lo cierto es que los Lozano se tomaron muy en serio lo de que el hogar familiar ha de ser también Iglesia doméstica, adjetivo al que implícitamente añadieron el de “clandestino”, y no solo por los ritmos y penumbras del garaje. A lo que quiero apuntar es a que en los últimos años Rafa y Lola se volcaron en la ayuda a personas insatisfechas con su condición homosexual, actividad hoy perseguida por la ley. Pero esta es ya una batalla que al Señor de Lozanillos no le tocará librar. 
 
La gran incógnita
No se trata, ojo, de echar las campanas al vuelo y declarar a Rafa, irresistibles a los trámites como somos, santo súbito, por más que sea cierto que pasó por la tierra haciendo el bien. Se trata más bien de afirmar esperanzados que, tras “larga y penosa enfermedad” (como rezaban antes las esquelas del ABC), ya descansa en paz, y de afirmar también que, tras toda una vida viendo borrosamente, como en un espejo, Rafa ya mira cara a cara y ha despejado la gran incógnita: descubrir por fin quién es.
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