Viernes, 27 de noviembre de 2020

Religión en Libertad

Los católicos y la teología de la liberación


por Pedro Trevijano

Opinión

Hace unos días, el político catalán Quim Torra declaraba que él era católico de la Teología de la Liberación, porque para él “la Iglesia es la que trabaja para los pobres, los vulnerables y los que están presos”. ¿Qué pensar de ello?

Lo primero que se me ocurre es ver qué dice San Pablo ante el problema que tuvo que afrontar por las divisiones existentes dentro de la Iglesia: “Os ruego, hermanos, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos, con un mismo pensar y un mismo sentir… Y os digo esto porque cada cual anda diciendo: ‘Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo’. ¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿Fuisteis bautizados en nombre de Pablo?" (1 Cor 1,10 y 12-13). Somos cristianos porque todos somos de Cristo y lo demás sobra porque es otra cosa y no hay por qué fraccionarse en banderías: “Un Señor, una fe, un bautismo” (Ef 4,5).

Que la Iglesia se debe preocupar por los pobres es evidente. El propio Jesús dice a los enviados del Bautista como señal de su misión: “Los pobres son evangelizados” (Mt 11,5; Lc 7,22). El esfuerzo de la Iglesia por aliviar las necesidades humanas es inseparable del Evangelio y desde luego creo no hay ninguna organización que haga más por los pobres que la Iglesia. Ahora bien, mientras muchos plantean la responsabilidad del cristiano con respecto a los pobres y oprimidos en un correcto sentido eclesial, otros lo hacen desde posiciones fundamentalmente marxistas, es decir, no católicas.

La teología de la liberación que hace propia la opción marxista se presenta como una nueva forma de comprensión y de realización del cristianismo, explicándolo como una praxis de liberación y presentándose como una guía en esta praxis. Ahora bien, para esta teología toda realidad es política, por lo que la liberación es también un concepto político y la guía para la liberación es una guía para la acción política. El análisis marxista de la historia y de la sociedad a la luz del esquema de la lucha de clases, y que nos obliga a escoger, como única alternativa posible, entre capitalismo y comunismo, es considerado por éstos como el único verdaderamente científico.

Y así la Iglesia popular se contrapone a la Iglesia jerárquica, siendo el Magisterio, al insistir en verdades permanentes, una instancia enemiga del progreso y carente de valor para el conocimiento de Jesús. Oponerse a la interpretación marxista de la Biblia no es otra cosa que la expresión de la clase dominante para conservar su propio poder.

Hoy está claro que el marxismo ha supuesto una visión equivocada de la realidad y del ser humano. Esta visión equivocada y aberrante de la realidad ha sido causa de innumerables desastres, pues no se puede construir la realidad partiendo de bases irreales.  Pretender ayudar a quienes están en la miseria sin promover su libertad y responsabilidad no hace sino acentuar las necesidades y  las causas de sufrimiento de la población.

Además, la lucha de clases no puede ser el centro de la vida cristiana, sino el amor y la conversión de los corazones. Actuar sobre estructuras económicas y sociales no es suficiente, pues son los pecados personales los que se encuentran realmente en los cimientos de las estructuras sociales injustas. Jesús nos dice: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1,15). Si no incluimos el aspecto religioso y la necesidad de conversión, caemos en la filantropía o en una acción humanitaria secular que olvida el evangelio. La diferencia está en la presencia o no de Jesucristo.

En Teología se enseña: “El Reino de Dios ya está entre nosotros, pero todavía no ha llegado a su plenitud”, con lo que se nos pone en guardia contra mesianismos y esperanzas puramente terrenas. Si queremos mejorar, el mundo el  primer paso es intentar ser mejor yo mismo. Pero como nos advierte Jesucristo: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5), y por ello necesitamos la ayuda de su gracia.

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