Martes, 18 de junio de 2019

Religión en Libertad

El sentido común de Jane Austen sobre el matrimonio y la familia


por Robert B. Greving

Opinión

Si uno anda buscando una buena dosis de realidad y de sentido común, hay pocos lugares mejores que una novela de Jane Austen. Aunque son puro entretenimiento, están salpicadas de gotas de sabiduría que van contra nuestras ideas modernas. Por ejemplo, tomemos la idea de “cambio” (con frecuencia emparejada a la de “esperanza”). Hoy esta idea está cargada de activismo político y diversión sexual. Pero ¿qué es lo que realmente trae cambio? Como Austen afirma en el primer capítulo de Emma, el matrimonio es "origen de cambios”.

Fragmento de Emma (1815), de Jane Austen (1775-1817), al que hace referencia el autor.

En primer lugar, tenemos que aclarar lo que Austen entendía por matrimonio. Como cristiana devota, ella entendía, como lo hacíamos todos hasta hace no mucho, un hombre casado con una mujer para toda la vida. Séptima de ocho hermanos en una parroquia rural inglesa, nunca se casó, pero vivió con familiares toda su vida. Ella sabía que nada produce más cambio y exige más esperanza que un matrimonio de un hombre con una mujer para toda la vida.

Sé que aquí estoy hablando (mayoritariamente) a los ya convencidos, pero ¿hay algo más dinámico, que altere más la vida, más plagado de giros y vueltas y diversidad (¡sí, diversidad!) que la vida de una gran familia? ¿Qué te cambia, o debería cambiarte, más que el matrimonio? ¿Qué cambia el matrimonio más que los hijos? Ya sea por el constante cambio de pañales y de hábitos de sueño, o porque acabas conociendo por su nombre de pila a los médicos de urgencias, o por la ruleta de la fortuna del "¿Cómo llegaremos a fin de mes?" o por multitud de otros eventos, la vida nunca es tranquila para una familia comprometida.

Es otro ejemplo de cómo el Evangelio es contra-intuitivo. Si quieres vivir, debes morir [cf Jn 12, 24]; si quieres ser grande, debes ser pequeño [cf Lc 22, 26]. Y en esto, si quieres cambiar... comprométete.

La Revolución Sexual no ha cambiado la sociedad: la ha roto. (Supongo que alguien podría decir que romper algo equivale a cambiarlo, pero yo no intentaría comprobarlo con una bombilla.) Su cambio ha consistido en la idea de que no debemos cambiar. En otras palabras, nos ha traído el egoísmo. Nada de cambio: estancamiento. El egoísmo no alienta la esperanza, alienta la desesperación.

Por ejemplo, la pareja que convive y practica la anticoncepción: cuando se casan no quieren cambios, solo quieren momentos presentes. La anticoncepción no produce cambio, porque su idea genial consiste en que cada niño venga cuando, donde, como y porque es “querido”. En otras palabras, de modo tal que los padres tengan que cambiar lo menos posible. El único cambio real que ha provocado es un enorme incremento en el número de niños sin padres y de padres irresponsables. El aborto no provoca cambio alguno: es simplemente la solución final -en más de un sentido- al niño “querido”. La cultura homosexual no provoca cambio alguno: coge el acto reproductivo (un cambio enorme) y lo esteriliza. (No consigues luz si enchufas una bombilla a otra bombilla.)

Para que haya cambio (otra de cuyas palabras relacionadas es crecimiento), debe haber estabilidad emparejada con la potencialidad: debe haber suelo y semilla. La anticoncepción hace impotente la semilla, el aborto la arranca y la cultura homosexual se asegura de que esté plantada en suelo estéril. Una cultura que acepta estas tres ideas ha aceptado el estancamiento y la desesperación, como puede verse por el aumento del consumo de drogas, de la violencia doméstica, de la depresión y del suicidio en Europa y América (y pronto en Irlanda). La cultura anticoncepción-aborto-homosexualidad no quiere cambio, no quiere diversidad. Quiere diversión. Más videojuegos, más aplicaciones, más pantallas y más cosas. Pero las cosas no provocan el cambio, son las personas quienes lo provocan.

Ojo, no quiero decir que la vida en una familia “tradicional” sea una aventura con altibajos emocionales como los de La tribu de los Brady y siempre con final feliz. Al contrario: implica, al menos potencialmente, más dolores, corazones rotos y disgustos (por no mencionar pobreza, enfermedades, dolencias y otras complicaciones) que cualquier otra realidad en la vida. Pregunten a cualquier familia con un hijo discapacitado, o con síndrome de Down, o que consuma drogas, o con un padre o una madre que haya perdido su trabajo, o innumerables problemas que solo suceden cuando permitimos que alguien entre en nuestra vida. Puede hacer la vida dura, realmente dura.

¿Cómo alienta la familia -la más conservadora y tradicional de las instituciones- el cambio y la esperanza? Es evidente, a partir de lo que hemos dicho. ¿Qué trae más cambio que otro ser humano? Cada hijo es una revolución. Todo gran cambio ha sido provocado por una persona. Es axiomático. Un efecto nunca puede ser mayor que su causa, y todos los grandes cambios tecnológicos que han sucedido, todos, han sucedido a causa de una persona. Cualquier que tenga un hijo y un mínimo de responsabilidad te dirá que la vida nunca es la misma después de que se presenta ese pequeño. Y cuantos más pequeños se presentan, más cambio hay. Por eso debe haber estabilidad en la familia: debe haber el pilar de una madre y un padre. Sin ello, es como intentar que crezca una flor en una maceta rota: todo se inunda.

Como dije antes, esta vida (la de un matrimonio comprometido abierto a los hijos) es realmente dura. Puede producir frustración y resentimiento. Por eso también exige la virtud de la esperanza. La cultura de la anticoncepción no exige esperanza; todo está “planeado”. (O eso piensan: hasta que la pareja descubre, después del nacimiento, que el niño tiene autismo; pero la filosofía de Peter Singer y Planned Parenthood dejan que tú te ocupes incluso de ese “cambio”.) La cultura del aborto apaga la esperanza. La cultura homosexual ni siquiera quiere que la esperanza entre en escena.

La esperanza es el divino “a pesar de”. Cuando hay hijos, el acento material suele ponerse en el “menos”: menos vacaciones, menos cortes de pelo y menos peluquería, menos coches, menos salidas a cenar -si es que las hay-, y mucho más. Pero el acento espiritual se pone en el “nunca”: nunca rendirse, nunca dimitir, nunca abandonar, eso no va conmigo. Quienes practican la anticoncepción, o abortan, o se entregan a “estilos de vida” donde no hay crecimiento, no quieren cambiar y tienen poca o ninguna esperanza. Al revés, viven atemorizados y alientan la desesperación, porque eso es lo que pasa cuando no puedes afrontar el cambio. La familia que está abierta a los hijos alienta la esperanza: enseña a sus hijos que, pase lo que pase, tenemos esperanza. Tenemos esperanza en que podemos superarlo, tenemos esperanza en que podemos vivir con menos cosas y, sobre todo, tenemos esperanza en vosotros, nuestros hijos, porque os trajimos a este mundo y no quisimos rendirnos ante el temor a la revolución que eso iba a provocar.

Volvamos a Jane Austen. Nunca escribió una escena donde hombres hablasen solo con hombres. Su razonamiento era simple: ¿cómo voy a saber yo, que soy mujer, lo que hablan los hombres cuando están solos? Tal vez por esta razón nunca llevó sus novelas más allá de la boda de sus protagonistas; no habiendo estado casada, no quería atreverse a detallar la vida privada de un matrimonio. Es significativo, sin embargo, que en sus novelas los personajes que se sitúan ante la posibilidad de un matrimonio feliz deben cambiar significativamente, y deben hacerlo confiando sobre todo en la virtud de la esperanza. Sabiendo que el matrimonio es el origen del cambio, ella sabía que esta virtud debe ser preeminente en quienes se casan.

Como profesor en una escuela solo de chicos, a veces me regañan por recomendar sus novelas a los estudiantes. No me arrepiento. Ella sabía de qué hablaba, más que nuestra cultura actual.

Publicado en Crisis Magazine.

Traducción de Carmelo López-Arias.

Robert B. Greving, ex miembro del cuerpo jurídico militar del Ejército estadounidense, es profesor de gramática inglesa y latina en The Heights School (Potomac, Maryland).

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