Miércoles, 24 de abril de 2024

Religión en Libertad

La Encarnación y la novela

Walker Percy.
Walker Percy (1916-1990) se convirtió al catolicismo en 1947. Fue un escritor reconocido e influyente en su época, tanto en el ámbito novelístico como en el ensayo.

por Gilmar Siqueira

Opinión

"En un sentido muy real, se puede decir que la Encarnación no sólo ha traído la salvación a la humanidad, sino que ha dado origen a la novela" (Walker Percy, 'Another Message in the Bottle').

Desde que he cobrado conciencia de la vida en la Iglesia me ha llamado la atención la insistencia sobre lo cotidiano, lo concreto, lo ordinario. Hay que cumplir con los deberes de cada día, con la rutina a veces difícil del trabajo, con las oraciones que pueden volverse monótonas; hay que pedirle a Dios que nos de hoy el pan de cada día. El tiempo litúrgico más largo del año es precisamente el ordinario.

En eso, como en tantas otras cosas, la Iglesia lleva la contraria al espíritu de la época. Nada nos parece –y digo 'nos parece' porque todos participamos en alguna medida de las tendencias a nuestro alrededor– más insoportable que una rutina aburrida, repetitiva y sin novedades, sin la sorpresa de que algo nuevo nos rescate del tedio; es como si el objetivo de la vida fuera el divertimiento, es decir, el desvío del curso, y no seguir por el curso mismo. Mientras que el espíritu de la época propone un futuro utópico y perfecto sin sufrimiento, ya que para el que sufre queda la “alternativa” de la eutanasia, la Iglesia propone que el sufrimiento sea aceptado como participación en la Pasión de Nuestro Señor.

Enfrentamos una ansiedad contra el presente, la constante espera de que la hora siguiente, el día siguiente o el año siguiente sea el mejor, sea el tiempo en que suceda lo inesperado. Esto nos lleva a la hiperactividad característica de la acedia, que señaló Pieper: no hacemos lo que debemos hacer, sino que nos dedicamos a actividades de distracción para matar el tiempo (nunca mejor dicho). El desprecio a lo cotidiano –el tedio de la vida– es una rebelión contra lo que constituye la circunstancia misma de la vida: el tiempo y la sucesión de los días.

Es precisamente esa circunstancia la que permite que la vida sea contada, es decir, narrada. El transcurso del tiempo es el tejido narrativo en que moldeamos –o no– la imagen de quién queremos ser. Imagen que, a su vez, se nos aparece como pequeñas revelaciones en medio del tiempo ordinario. Uno puede tener, por ejemplo, la idea de casarse y pensar en ella; pero el casamiento sólo se convierte en proyecto cuando se conoce a la persona con quien uno puede pretender casarse. O, para poner otro ejemplo, yo no sería capaz de escribir un artículo como este si antes, a lo largo de unos días con tareas aburridas como las que tiene todo el mundo, no hubiese leído a Julián Marías, al padre William Lynch y a Walker Percy.

El proyecto de quién queremos ser –lo ha enseñado Julián Marías en Mapa del mundo personal, 1993– es antes que nada imaginativo. Se puede añadir a lo que escribió Marías algo que dijo el padre Lynch: "El corazón, la sustancia y el centro de la imaginación humana, como de la vida misma, debe estar en la imagen o cosa particular y limitada" (Cristo y Apolo. Las dimensiones de la imaginación literaria, 1960). Porque son las imágenes o cosas particulares y limitadas –esta casa, este pueblo, esta mujer, este dolor– las que nos guían en el cauce de la vida.

No son las cosas ordinarias las que nos pierden, sino las que nos salvan. O, mejor dicho, Alguien nos salva por ellas. Tenemos que volver a mirarlas con ilusión. Ésa es la única manera de que se nos revelen y fecunden nuestra imaginación.

Walker Percy dijo en Another Message in the Bottle –ensayo al que intento hacer eco en este artículo– que la Encarnación del Verbo de Dios, además de traerle al hombre la salvación, también dio origen a la novela. "Es la narratividad y el lugar común de la novela lo que es único. Algo les pasa a personas ordinarias en el tiempo ordinario, no a héroes épicos en un tiempo mítico". La novela puede ser –en la expresión del padre Lynch– un aliado cognitivo del Espíritu Santo para llamar la atención sobre las cosas, para echarles una nueva mirada. La materia más novelable de todas, si puedo decirlo así, es el tiempo ordinario.

El hecho de que las novelas sean narrativas acerca de eventos que les han sucedido a las personas en el transcurso del tiempo tiene un peso único en el ethos informado por la creencia que le da importancia absoluta a un Evento que le sucedió a una Persona en el tiempo histórico: "En un sentido muy real, se puede decir que la Encarnación no sólo ha traído la salvación a la humanidad, sino que ha dado origen a la novela (Walker Percy, “Another Message in the Bottle”, en Signposts in a Strange Land, Nueva York, Farrar, Straus and Giroux, 1991).

La Iglesia enseña que somos peregrinos, que nuestra naturaleza caída a menudo nos aparta de la ruta señalada por el Creador. Y es lo que nos pasa a todos, creyentes o no. Todos nos damos cuenta de que algo desconcertante nos sucede y buscamos una salida. "De eso tratan las novelas", dijo Percy.

Algunas novelas pueden narrar la búsqueda y el encuentro –como las de Baring o de Pereda– mientras que otras pueden quedarse en la búsqueda –como las de Delibes o de Bellow–. Aún en el segundo caso, si son buenas obras de arte –buenas piezas de artesanía poética–, estarán en la verdad, habrán logrado el objetivo de provocar en el lector una nueva mirada a las cosas ordinarias. Los libros malos, para Walker Percy, siempre mienten: "Ellos mienten sobre todo acerca de la condición humana, de tal manera que uno nunca se reconoce, no reconoce la parte más profunda de sí mismo, en un libro malo".

La insistencia de la Iglesia sobre lo cotidiano, sobre el tiempo ordinario, coincide de tal manera con la visión del novelista que Walker Percy ha llegado a afirmar que la fe católica es la más propicia al autor de novelas. Hay el valor de la persona individual y la perspectiva del hombre como criatura caída y que busca una salida en su peregrinación.

Y sigue Percy: "Se puede añadir a esta antropología las marcas especiales de la Iglesia católica: los sacramentos, especialmente la Eucaristía, que, además de lo que proporcionan, brindan la mayor significación sobre las cosas ordinarias de este mundo: el pan, el vino, el agua, el toque, la respiración, las palabras, el hablar, el escuchar. ¿y qué es lo que tenemos? Tenemos a un hombre en apuros y errante en un mundo real de cosas reales, en un mundo que es un sacramento y un misterio; un peregrino cuya vida es búsqueda y encuentro (Walker Percy, “The Holiness of the Ordinary”, en Signposts in a Strange Land, Nueva York, Farrar, Straus and Giroux, 1991).

La búsqueda y el encuentro acontecen en el tiempo ordinario, por medio de las cosas e imágenes limitadas. Lo que hace el novelista es darles una forma a las pequeñas revelaciones que recibimos para que nos percatemos de ellas. El tiempo no es nuestro enemigo, sino la ocasión para imitar a Aquel que, encarnado en el tiempo, nos abre el cauce que solos no podríamos encontrar. El padre Lynch escribió que es impreciso decir que Cristo ha redimido el tiempo, porque el tiempo no necesitaba de redención; necesitaba "que alguien lo explorase completamente en sus recursos, como Él lo ha hecho. Y tan profunda y nueva fue la exploración, en el caso de Él, que ha sido coronada no solo con el insight pero también con la Resurrección".

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