Domingo, 18 de abril de 2021

Religión en Libertad

De cuando la «Poli» no detenía a etarras


Los chavales no tuvieron dificultad alguna en identificar a varios de ellos, empezando por el «estudiante» de Salamanca. «Este es un ‘legal’», dijeron los polis. Pero los demás terminaron siendo más famosos que la Chelito.

Corría la segunda mitad de los años ochenta del siglo XX, como diría César Vidal, y gobernaba en la muy antigua Hispania, el bético hispalense Filipo González Márquez, de la estirpe de los turdetanos, como tribuno de la plebe en nombre del partido de los Graco. En aquellas calendas huroneaban por la dilatada piel de toro, una banda de asesinos conocidos como etarras, que mataban a todo el que podían, preferentemente a guardias civiles, policías, militares y otras personas de bien, sin reparar en mujeres, niños, pensionistas, empresarios, obreros y demás gente indefensa y de paz, que no habían cometido otro delito que afanarse en el trabajo y pagar impuestos confiscatorios de los que vivían como sanguijuelas insaciables los tribunos de todos los clanes políticos, aún los más perniciosos para la sociedad. Sólo estaban a salvo del matonismo etarra, comunistas, curas y colegas del PNV. El «comando Madrid» –una de las partidas de los Siete Niños de Écija vascos, que, como se sabe, ni eran siete, ni por supuesto niños, ni la mayoría de Écija, como tampoco son vascos muchos de los bandoleros de ahora-, tenía una madriguera, escondite o «piso franco», en la calle Olid, número 6, primero, izquierda, a espaldas del cine Proyecciones de la calle Fuencarral, entre las glorietas de Bilbao y Quevedo de la capital de España. El piso era propiedad de unas viejas de Zamora pero vecinas de Madrid, primas entre sí, heredado de una tía común. Lo tenían alquilado a un jorobado de Salamanca ya talludito, de cuarenta años o casi, estudiante de nunca se supo qué. En teoría vivía sólo, pero de vez en cuando llegaba a la vivienda con un carro hasta los topes de provisiones, procedente del cercano supermercado de Simago, como si quisiera reventar de un atracón, al modo del «Sangonereta» de la novela de Vicente Blasco Ibáñez, «Cañas y Barro», o bien tuviera que dar de comer a un regimiento, que era lo más seguro, porque de pronto se originaba más trasiego de personal en aquel piso que en la Castellana al acabar un partido de fútbol en el Bernabeu. O bien solía estacionar en los alrededores algún turismo con matrícula francesa, del que descargaban bultos voluminosos que introducían en el piso, a plena luz del día, por un gran ventanal que daba a la calle. Y las viejas zamoranas mirando al tendido. Y la «Poli» también, aunque enfrente existía una gran central eléctrica que alimentaba la red del Metro, y a espaldas de este edificio, antigua fábrica de gaseosas «El Gallo», propiedad de los Luca de Tena, funcionaba otra gran central, en este caso de Telefónica. Algún vecino avispado llegó a vaticinar incluso cuando podría producirse un atentado gordo en Madrid, como los hubo, y muy tremendos, en aquellos tiempos: cinco guardias civiles muertos por un coche bomba el 25-4-86; la matanza de miembros de la Benemérita en la República Dominicana, el 14-7-86; la furgoneta bomba que estalló frente a la dirección general de la Guardia Civil, el 2211-88, etc. El coche en el que huyeron los terroristas de este último atentado, fue hallado unos días después abandonado en el aparcamiento subterráneo de la plaza de Olavide, a ciento cincuenta metros no más de la guarida del jorobado. Unos jóvenes estudiantes, estos de verdad, que vivían en un piso superior de la misma escalera, informaron a la Policía del trajín que había en el piso de las zamoranas. Los citaron unos días después a un bar, y un par de agentes de la «secreta» les enseñaron un álbum con fotos de pistoleros. Los chavales no tuvieron dificultad alguna en identificar a varios de ellos, empezando por el «estudiante» de Salamanca. «Este es un ‘legal’», dijeron los polis. Pero los demás terminaron siendo más famosos que la Chelito: María Irene Idoia López Riaño, «Margarita», más conocida por «La Tigresa», que padecía furor uterino y obsesión por liquidar a todos los «picoletos» del planeta; el angelito Ignacio de Juana Chaos; el arrepentido Juan Manuel Soares Gamboa; Esteban Nieto, Domingo Tritiño, y no sé si alguno más. O sea, la alineación de lujo del «comando Madrid», todos más vascos, a juzgar por sus apellidos, que la madre que parió a Sabino Arana. «La Tigresa», para que nadie descubriera sus terribles ojos de acero que la delataran, llevaba unas enormes gafas negras de la ONCE, tan oscuras, que abría su buzón de correo a la palpa, como un invidente de verdad. Tampoco el rincón de los buzones estaba muy iluminado, porque los vecinos eran más «agarraos» que un chotis, como decían los castizos madrileños que inventó al alicantino Carlos Arniches. Pocos días después de recibir la Policía dicha información, aparecieron por allí un par de pajaritos husmeando como si tal cosa por la escalera, esperando, tal vez, darse de bruces con alguno de los tipejos del primero izquierda, y entablar una amigable conversación a tiro limpio. Los visitantes iban vestidos de paisano, como mandan los cánones, pero daba igual: se notaba su condición de polis a cientos de leguas de distancia, igual que si llevaran estampada la placa en la frente. Reconocido in situ el terreno, identificados sus ocupantes y visitantes, ¿alguien piensa que se hizo algo para acabar con la madriguera? Tal vez descubierta la parada y fonda, se permitió que continuara funcionando para dar bola a los matones. Tal vez. Pero a los jóvenes que dieron la información, de la que nunca supieron si sirvió de algo, cuando oyen que las fuerzas policiales piden colaboración a los ciudadanos para trincar a un malhechor, les entra la risa floja. ¿Ustedes creen que si ahora, aquellos jóvenes, ya no tan jóvenes, tropezaran casualmente con De Juana Chaos, paseando como si tal cosa por las playas, digamos, de Fuenterrabía, acudirían sin pérdida de tiempo a la comisaría más próxima para dar cuenta de tan asombroso hallazgo? Por supuesto que no, entre otras razones porque ninguno de ellos, a los que he preguntado, tiene previsto viajar a Guipúzcoa en fechas próximas. Todo lo dicho ocurrió siendo, el que suscribe, presidente constitucional de aquella comunidad de vecinos, de ingrata memoria. ¡Qué tropa había en la tal escalera! Hoy el piso de Olid, 6, primero, izquierda, está en venta. El comprador, si hay alguien que lo compre, haría bien en fumigarlo antes de habitar en él.
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