Domingo, 18 de abril de 2021

Religión en Libertad

¿Por qué sigue matando ETA?


En estos años iniciales ETA cuenta con el apoyo entusiasta de una buena parte del clero vasco [...]. De aquel clero, hoy no quedan más que sus ruinas y sin perspectivas de relevo, unos pastores acomplejados –en el mejor de los casos-, unos seminarios vacíos –gracias a Dios [...] y una Iglesia politizada, sectaria, desertizada y de muy difícil regeneración.

por Vicente A. Guillamón

Parece una pregunta de Pero Grullo, ya que, simplemente, ETA sigue matando porque quiere hacerlo, y punto. Sin embargo, caben algunas precisiones que pueden aclarar esta pregunta atroz. Vayamos por partes. En primer término sigue matando por que puede hacerlo, ni más ni menos. En segundo lugar porque la «acción militar», o dicho de otro modo, la ideología marxista-leninista que la inspira, el fin justifica los medios, y no hay fin más prioritario hasta que triunfe definitivamente que el exterminio del enemigo, es decir, los españoles en general y las fuerzas de seguridad en particular. ETA pertenece a la galaxia de movimientos revolucionarios de extrema izquierda aparecidos hacia finales de los años sesenta y a lo largo de los setenta y aún después, que, con uno u otro pretexto, sembraron el terror en muchos países occidentales. Las Brigadas Rojas en Italia, la Baader-Meinhof o Fracción del Ejército Rojo en Alemania, Acción Directa en Francia, las Células Comunistas Combatientes en Bélgica, la Agrupación 17 de Noviembre en Grecia, el grupo Weathermen y las Panteras Negras en EE.UU., el Ejército Rojo Japonés, los montoneros argentinos, Sendero Luminoso de Abimael Guzmán en Perú, etc., todos ellos derrotados y extinguidos. Todos menos ETA y las FARC de Colombia –pero esta es otra historia que no cabe en este artículo-. Entonces, ¿por qué perdura ETA? Aunque nacida en 1959 como organización estudiantil fraccionada del inactivo PNV, al rebufo de los movimientos de «liberación nacional» tercermundistas fomentados por la URSS, su actividad terrorista no empieza de manera sistemática hasta el verano del 68, tras el Mayo francés, con el asesinato, primero, del guardia civil José Ángel Pardines (7 de junio), y el del comisario Melitón Manzanas (12 de agosto), jefe provincial de la brigada Político-Social de Guipúzcoa. En estos años iniciales ETA cuenta con el apoyo entusiasta de una buena parte del clero vasco, en cuyas sacristía y conventos halla cobijo y complicidad para llevar a cabo sus acciones asesinas. De aquel clero, hoy no quedan más que sus ruinas y sin perspectivas de relevo, unos pastores acomplejados –en el mejor de los casos-, unos seminarios vacíos –gracias a Dios, pues para lo que de ellos salía, más vale que estén cerrados- y una Iglesia politizada, sectaria, desertizada y de muy difícil regeneración. Seguían, y siguen echados al monte, desde 1833, sin bajarse ni pedir perdón por su pertinaz apoyo a las luchas fratricidas. Al llegar la democracia, la nueva casta política decide, en un acto suicida de consecuencias trágicas, conceder una amnistía general a todos los presos «políticos», incluyendo a quienes tenían las manos manchadas de sangre. Aquellos políticos mediocres y estúpidos creían, estúpidamente, que los etarras eran simples «luchadores antifranquistas», de modo que muerto el «dictador», ETA se disolvería. ¡Estúpidos más que estúpidos! No habían entendido nada de nada la verdadera naturaleza del fenómeno etarra. Obviamente, en cuanto se vieron en la calle, los asesinos se pusieron de inmediato a reorganizar sus comandos y a disparar, secuestrar y extorsionar a todo el que pillaban por delante. Militares, policías, guardias civiles, paisanos, empresarios, trabajadores, hombres, mujeres, niños, ancianos... No había nadie que se sintiera libre de la amenaza terrorista. Y en esto Felipe González, ya en el poder, se enreda en las malhadadas conversaciones de Argel, en busca de una salida negociada. ¡Necio elevado al cubo! Cada vez que a ETA se le concede un respiro, sale más fuerte y poderosa que antes. Lo dice y repite hasta el aburrimiento, Jaime Mayor Oreja, el vasco español que mejor conoce las entrañas de ETA. Tal vez por eso lo han expatriado a Estrasburgo. Felipe González, frustrado y agobiado por el incesante número de víctimas que se le apilaban en la mesa de la presidencia, decide montar el GAL, aquella enorme chapuza en manos de chorizos, mangantes y otra gente de mal vivir, que se lo llevaron crudo al margen de la ley, dañando gravemente al Estado de derecho. Por cierto, el otro día me crucé con Rafael Vera, cuya situación penal ignoro, en el Carrefour de Villalba, escondido tras unas enormes gafas negras, como si fuera un vendedor de cupones de la ONCE. Luego llega Aznar (1996), con el terrorismo y el paro como principales problemas de España, y hace un primer movimiento de contacto con la banda. Inmediatamente se da cuenta que con esa gentuza no había nada que hablar. Se puso las pilas y emprendió una verdadera cruzada contra los criminales, con el código penal en la mano, policía y guardia civil trabajando sin descanso y procurando el consenso con el PSOE, entonces en la oposición. El asesinato alevoso y repugnante de Miguel Ángel Blanco (13-7-97), marca el culmen del repudio de España entera, País Vasco incluido, de ETA. Se presentaba la gran oportunidad de asestar los golpes definitivos a los terroristas. No obstante, el PNV percibe que si ETA desaparece, pierde su apoyo más eficaz para agitar el árbol que le permita llenar el talego electoral de nueces nacionalistas. En consecuencia, acuerda con ETA el pacto de Estella (12-9-98), para sacarla del pozo. Pese a este nuevo balón de oxígeno, cuando se celebran las truculentas elecciones generales de 2004, de trasfondo tan oscuro como siniestro en beneficio de los socialistas, ETA se hallaba literalmente en las últimas, desahuciada, postrada en la sala de cuidados paliativos. Sólo faltaba un doctor Montes para rematarla. Pero en lugar de ello, ZP «el Nefasto», vuelve a las andadas del chalaneo, y pierde cuatro años decisivos para terminar con la plaga terrorista. Años que, como siempre, los criminales han aprovechado, igual que en las innumerables treguas-trampa según Mayor Oreja, para rehacerse y reemprender el camino del terror. El que pretendía ser un nuevo Príncipe –o Nobel- de la Paz, a la manera de Godoy, aquel otro personaje siniestro de la desventurada historia de España, es el principal responsable de la resurrección de ETA. Después de lo dicho de modo tan sucinto como apretado, ¿podemos sorprendernos que ETA continúe siendo la única pandilla asesina marxista-leninista que aún actúa en Occidente, con todas esas sopas de letras que le dan cobertura política? ETA perdura y continúa matando, porque clérigos, PNV y socialistas, han querido y algunos siguen queriendo.
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