Jueves, 02 de julio de 2020

Religión en Libertad

La confesión de Ricciarella


por María Gloria Riva

Opinión

El establo de Ricciarella, una mujer de Lanciano que vivió en el siglo XIII y que se encontró en el centro de un milagro eucarístico, se ha convertido en una iglesia. Efectivamente, corría el año 1273 y las cosas entre Ricciarella y su marido, Giacomo Stasio, no iban bien. Él se había alejado de su esposa, desconfiaba de ella y, a menudo, estallaban entre ellos peleas tremendas.
Llena de angustia la mujer fue a ver a una hechicera para pedirle ayuda. La maga le ordenó que preparara al marido una comida con una hostia triturada entre los ingredientes. El amor del marido volvería a florecer. Ricciarella fue a una iglesia y, recibida la comunión, escondió la hostia en una tela y corrió hacia su casa. Un vez en la casa puso la hostia encima de una tinaja con la intención de triturarla, pero en el momento en que iba a hacerlo se transformó en carne viva y empezó a sangrar.
Terror y remordimiento se apoderaron de la mujer que, tamponando como pudo la sangre que brotaba, envolvió el pedazo de carne en una tela y escondió todo en el establo, debajo del estiércol.
Cuando su marido llegó del campo llevó a la mula al establo, pero el pobre animal no quiso cruzar el umbral. La amenazó, luego la habló con dulzura hasta que al final la golpeó de tal modo que el desgraciado animal decidió entrar. Una vez dentro la mula, como el antiguo jumento del profeta Baalam de Beor, se arrodilló justamente en dirección del punto donde Ricciarella había escondido la hostia.

El marido, furioso por lo sucedido, se enfadó con su mujer a la que acusó de haber hecho un maleficio al animal para perjudicarle a él. La relación se agravó porque el extraño comportamiento de la mula continuó durante varios años.

Por fin, siete años más tarde, corroída por un remordimiento profundo y con su matrimonio al borde del fracaso, la mujer fue a ver al prior de los agustinos de Offida, Giacomo Diotallevi, para confesar su pecado. Tanta era su angustia que delante del bondadoso fraile Ricciarella empezó a gritar: «¡He matado a Dios! ¡He matado a Dios!». El fraile fue al establo, encontró la tela exactamente donde había sido enterrada y la hostia transformada en carne, perfectamente conservada.

Para custodiar la valiosa reliquia, los agustinos encargaron a un buen orfebre de Venecia un relicario en forma de cruz. Cuando llevaron al artesano la reliquia para colocarla en el relicario no le revelaron al artista qué era, rodeando el objeto de premura y secreto. El orfebre, en cuanto cogió de las manos del Hermano Michele la píxide que contenía el pedazo de carne sintió una fiebre repentina y se puso a gritar: «Hermano, ¿qué me ha traído?». El Hermano Michele entonces le preguntó si estaba en pecado mortal. Ante la respuesta afirmativa del orfebre, el fraile le confesó, la fiebre desapareció y se pudo introducir la hostia milagrosa en la teca del crucifijo.

En Offida, aún hoy se siguen custodiando tanto el relicario con la hostia como la tinaja y la tela ensangrentada. La casa y el establo de Ricciarella fueron transformados en Capilla y el 3 de mayo de todos los años se celebra el aniversario del prodigio.

En el fondo, la hechicera de Lanciano que Ricciarella había consultado le había dicho, sin saberlo, una profunda verdad; es decir, que la Eucaristía verdaderamente podía hacer florecer de nuevo el amor del marido por la mujer. La mala conciencia de la maga, desenmascarada por el milagro, mostró a la esposa con qué amor Cristo ama a su Iglesia y con qué amor el hombre y la mujer se tienen que amar. Cristo nos ama con un corazón de carne y quiere que tengamos un corazón purificado por la confesión de la verdad y por la penitencia. Así, tanto el matrimonio de Ricciarella como la salud del orfebre de Venecia fueron reconquistados por la confesión sincera de sus culpas.

Hoy la eficacia de muchas comuniones se frustra porque se recibe el Sacramento sin conciencia y, no pocas veces, en pecado mortal.

Y sin embargo Cristo ha dado a los hombres un gran don ofreciéndoles, junto a la Eucaristía, el Sacramento de la reconciliación. En la vita de Santa Faustina Kowalska (19051938) se relata que tras haber contraído una grave enfermedad no pudo recibir la comunión durante varios días. Pero como deseaba comulgar, la santa recibía cada día la visita de un serafín que, con la hostia en la mano, le daba la comunión diciendo: «He aquí el Señor de los ángeles».

Un día ella pidió al ángel si podía confesarla y se quedó muy sorprendida cuando oyó que el serafín le respondía que "ningún espíritu celeste" podía hacerlo.

© La Nuova Bussola Quotidiana

(Traducción de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares)
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