Jueves, 05 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

Mi homenaje a San José: feliz día del patrono de la Iglesia


José cuidó los primeros pasos de la vida del Salvador y acogió amorosamente a Madre e Hijo, desapareciendo de la escena en cuanto Dios no lo necesitó más (¡cómo nos cuesta a nosotros esto: que nos utilicen y luego se prescinda de nosotros!)

por Pablo Cervera Barranco

Opinión

Hay una figura, que celebramos este mes, cuya misión es trascendental en el misterio de la redención y para la vida de la Iglesia. Es alguien enigmático, pues la Escritura no recoge de él ni siquiera una palabra. Su vida, salvo breves momentos, quedó en el anonimato. También él tuvo una anunciación divina, pero ni siquiera consta su «¡Hágase!», frente al de la Virgen María en análoga circunstancia. Él «hizo». Me refiero a san José, custodio del Redentor (como lo llamó el pronto santo Juan Pablo II).

Hace un año, recién elegido Sucesor de Pedro, el papa Francisco nos regalaba una preciosa homilía de comienzo de pontificado en el día de la solemnidad de san José. Le salía espontáneamente hablar con cariño y hondura de san José. Se notaba que era un personaje con al que tenía una simpatía especial. Luego supimos que también quiso hacerlo presente en su escudo pontificio con un símbolo. Pasados unos meses aprobó lo que, en época de Juan XXIII, fue una revolución para muchos: mencionar a san José en la plegaria eucarística I, el Canon Romano. Francisco, mediante un decreto para toda la Iglesia, extendía esa mención obligatoria a todas las plegarias eucarísticas. Meses más tarde consagró la Ciudad del Vaticano a san José y a san Miguel.

Son gestos de la vida de la Iglesia reciente que nos ponen en la pista de la profundización de este protagonista en la obra redentora. José prepara el camino. José no fue mártir, ni predicó. José tiene una tarea clave: introducir a Jesús en la estirpe de David, en la promesa. Es decir, tiene la tarea de cerrar la fidelidad de Dios. José cuidó los primeros pasos de la vida del Salvador y acogió amorosamente a Madre e Hijo, desapareciendo de la escena en cuanto Dios no lo necesitó más (¡cómo nos cuesta a nosotros esto: que nos utilicen y luego se prescinda de nosotros!) Al final es arrinconado. No deja huella. Acojamos a este modelo para nuestra fe: como padre, como esposo, obediente a la voluntad de Dios, discreto, hombre de fe, de amor, de un amor que se muestra «más en los hechos que en las palabras…»


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