Miércoles, 18 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

Feminismo, pornografía y prostitución


Hay una excepción enorme, grandiosa, que es machismo obsesivo en estado puro, sobre la que nunca han dicho nada: la pornografía.

por Josep Miró i Ardèvol

Opinión

Lo concreto, de entrada: me refiero al feminismo político que básicamente se inspira en la ideología de género y busca aplicarla por medio de los poderes públicos: Estado, autonomías y poderes locales. Para este feminismo, la pornografía no es objeto de atención, a pesar de que siempre anda a la caza y captura de machismos reales o imaginarios: azafatas en las entregas de premios, publicidad sexista… incluso censuran letras de canciones y exigen el boicot de las administraciones para que no sean usadas en actividades subvencionadas. La censura es general y desaforada en todo.

Pero hay una excepción enorme, grandiosa, que es machismo obsesivo en estado puro, sobre la que nunca han dicho nada: la pornografía, es decir, aquella práctica que muestra actividades sexuales de tipo explícito con el objetivo de despertar en el espectador o lector excitación y estimulación sexual. Su etimología ayuda a precisar más. Viene del griego pornē, cortesana o prostituta, y del sufijo -grafía, del griego graphe, que significa describir. Y es que la pornografía tiene como objeto la mujer (con excepción de la dirigida a homosexuales). No existe un mercado donde el objeto sea el hombre. La mujer es cosificada bajo formas diferentes para excitar sexualmente al hombre. Se construye así un imaginario basado en la desigualdad, la explotación, el castigo, según sea la variante preferida del consumidor. Las redes sociales han elevado a la enésima potencia la disponibilidad de material, su crudeza y violencia, y la impunidad del usuario, imaginaria, claro, está porque sus andanzas quedan más registradas que cuando acudía a comprar su revistilla o novela porno. Los grandes hermanos de la red ya saben más de sus gustos que él mismo

El que sea una práctica orientada a los hombres no es nada más que una de las diversas diferencias que dentro de la unidad humana existen entre su sexo masculino y femenino. El hombre procesa la información -el estímulo sexual- de forma distinta a la mujer. De aquí que, en sus relaciones, para que sean satisfactorias deban acoplarse partiendo de ritmos distintos, y ser menos directos e instintivos que los que el varón tendería a seguir guiado solo por su impulso.

El procesamiento masculino es menos afectivo, más primariamente biológico, más fácil de excitar con cuatro imágenes. La mujer requiere un abordaje del tema más sensual, menos primario, y más erótico que pornográfico. La novela de éxito entre muchas mujeres Cincuenta sombras de Grey explicita el tipo de material que les puede interesar a aquellas que les complace este tipo de satisfacción, y que tiene poco que ver con el material XXX que constituye, junto con las prostituciones, los grandes mercados donde el hombre es prácticamente el único cliente, y que parecen tener un crecimiento ilimitado. Nunca se encuentra el punto de saturación, ni límites de edad -cada vez son más jóvenes los consumidores- ni de culturas.

Pero la pornografía construye una forma muy determinada de mirar a la mujer, quien progresivamente deja de ser una persona para convertirse en un objeto portador -digámoslo con elegancia- de caracteres sexuales secundarios. Los comentarios machistas sobre la mujer expresan mentalidades educadas en la pornografía: los adolescentes despiertan su sexualidad con ella y por tanto se “forman” en el machismo. Entonces ¿por qué el feminismo político nunca ha levantado la bandera contra él? No solo eso, sino que líderes como Ada Colau, que proclama treinta veces por segundo su condición de feminista, lo acoge y lo protege, lo acuna en su gobierno municipal. ¿Se quiere una contradicción mayor? Anuncios publicitarios, sí, azafatas, también, pero pornografía, no, ah, eso no.

Las organizaciones feministas deben explicar las razones de esta rara tolerancia con el mayor negocio del mundo y el intelectual orgánico (lo de intelectual es una nota poética) que alimenta el peor de los machismos. Si se quiere atajar en serio empiécese por ahí, a menos que el “machismo” en realidad sea para el feminismo político un trampantojo de su conflicto interminable para conseguir más y más poder y un instrumento más para justificar su guerra contra los hombres.

Publicado en Forum Libertas.

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