Viernes, 23 de agosto de 2019

Religión en Libertad

Diagnóstico genético y exploración prenatal


por Pedro Trevijano

Opinión

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¿Qué pensar del diagnóstico prenatal? Ha habido que esperar al nacimiento de la Genética para poder dar una base científica rigurosa a los mecanismos de la herencia y al conocimiento de la transmisión de ciertas enfermedades o anomalías por medio de la reproducción. Los actuales métodos del diagnóstico genético ofrecen la posibilidad de recibir información sobre el grado de posibilidad de tener hijos con taras hereditarias, pues se han identificado las bases genéticas de numerosas enfermedades, incluyendo las que se asocian a la deficiencia mental. El primer objetivo del asesoramiento genético es la información, que ha de darse en términos comprensibles, de modo que sea una ayuda en la toma de decisiones, si bien conviene advertir previamente a la pareja de que el asesoramiento puede determinar quién tiene la responsabilidad genética y preguntar si desean conocer ese dato.

Desde el punto de vista ético es muy conveniente que, cuando se dan taras hereditarias, se busque un diagnóstico genético ya antes de contraer matrimonio, lo que sucede también en el caso de padres en cuyo matrimonio ha nacido un hijo con taras y desean tener un segundo hijo sano.

El diagnóstico prenatal tiene la ventaja de que en la inmensa mayoría de los casos, aproximadamente el 97%, se constata que hay que esperar un hijo sano, lo que es un alivio para la embarazada, especialmente si tiene ya una cierta edad, y repercute favorablemente en el estado general de la madre y del hijo. En ocasiones sirve para detectar e incluso curar enfermedades del feto. Pero no es moralmente lícito cuando se practican tales revisiones con la intención de no dar a luz un hijo minusválido o enfermo, no debiendo el médico ampararse en una presunta neutralidad informativa, sino que debe buscar también e incluso sobre todo el bien del nasciturus, pues la continuación del embarazo no puede depender de que el hijo esté realmente sano. Desgraciadamente, con frecuencia los análisis no se realizan para determinar eventuales cuidados convenientes o necesarios para el niño aún no nacido, sino que son ocasión para proponer o practicar un aborto, si los resultados no han sido los deseados.

Con frecuencia hay un auténtico pavor a tener un niño disminuido, siendo cada vez más los médicos que, contagiados por la mentalidad del rechazo, aconsejan abiertamente el aborto. Aunque suele decirse que en asuntos de genética el consejo del médico ha de ser neutro, no directivo ni juzgador, en realidad eso no es así, pues es un consejo que implica como sujetos morales tanto al consejero como al aconsejado, pues la gente va al médico para preguntarle sobre lo que tiene que hacer. Sin el referente del respeto debido a la vida humana y si se lo separa de los valores éticos, el diagnóstico genético, tanto más cuanto que se ha desarrollado una mentalidad de que sólo deben nacer niños sanos, es inevitablemente un diagnóstico sobre si hay que abortar o no. De hecho vemos cómo en amplias regiones y estratos sociales han desaparecido prácticamente los niños con síndrome de Down, presión contra ellos que viene de la cultura pragmática y hedonista dominante, lo que indica la amplitud de las prácticas eugenistas.

El tener un hijo discapacitado es desde luego una cruz para los padres. Pero, primero, es muy difícil asegurar con certeza que un niño por nacer será discapacitado. ¿No es entonces criminal asesinar docenas de niños perfectamente sanos con el fin de asegurar que no habrá niños discapacitados a cargo de la sociedad? Y segundo: el niño deficiente o paralítico, la niña ciega o sordomuda tampoco llegan hasta nosotros sin finalidad alguna. Entre gente honrada y civilizada, especialmente si tiene valores religiosos, el débil no es asesinado, sino protegido. A menudo ocurre que un niño minusválido recoge el cariño de su familia y despierta allí bondad y amor desinteresado. ¿Quién se atreve a afirmar que un niño así no contribuye en gran medida a la vida de los demás y que él mismo no puede experimentar mucho positivo?

El qué se pretende con la intervención es sumamente importante. Por ejemplo, un diagnóstico prenatal es lícito “si respeta la vida e integridad del embrión y del feto humano y si se orienta hacia su custodia o hacia su curación” (Instrucción de la Congregación de la Doctrina de la Fe Donum Vitae de 22 de febrero de 1987, citaré IDV, I,2). Es fácil darse cuenta de que “como en cualquier acción médica sobre un paciente, son lícitas las intervenciones sobre el embrión humano que respeten la vida y la integridad del embrión, que no lo expongan a riesgos desproporcionados, que tengan como fin su curación, la mejora de sus condiciones de salud o su supervivencia individual” (IDV, I,3).

En cambio, es ilícito y se opone “gravemente a la ley moral cuando contempla la posibilidad, en dependencia de sus resultados, de provocar un aborto: un diagnóstico que atestigua la existencia de una malformación o de una enfermedad hereditaria no debe equivaler a una sentencia de muerte” (IDV, I,2). Benedicto XVI, en un discurso del 4 de febrero de 2008, con ocasión de la Jornada por la Vida, nos recuerda: “La vida, que es obra de Dios, no debe negarse a nadie, ni siquiera al más pequeño e indefenso, y mucho menos si presenta graves discapacidades”. Y es que la vida y la dignidad humana tienen valor no sólo después, sino también antes del nacimiento. En consecuencia, “será responsable de cooperación ilícita el especialista que, al hacer el diagnóstico o al comunicar sus resultados, contribuyese voluntariamente a establecer o a favorecer la concatenación entre diagnóstico prenatal y aborto” (IDV, I,2).

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