Lunes, 01 de junio de 2020

Religión en Libertad

El aborto, signo de una época de ateísmo


La vida humana es valiosa en sí misma, en cualquiera de las fases de su existencia. Su valor no depende de la calidad, sino del hecho mismo de ser vida humana

por Roberto Esteban Duque

Opinión

Quizá el problema mayor de nuestra cultura sea el de la recuperación de la integridad intelectual que garantiza que los hombres sean capaces de discernir un orden de valores buenos.

Según la doctrina de Scheler, los valores se muestran ordenados en una relación jerárquica que asciende, de menor a mayor rango, a partir del valor de lo agradable hasta el de lo sagrado, pasando por los valores vitales y espirituales de todo tipo. Plegarse a este orden objetivo, renunciando a lo que vale menos en aras de lo más alto, es lo que hace posible al hombre realizar el valor de lo bueno.

Ahora bien, ajustar libremente nuestra vida al orden de los valores supone la previa aprehensión de él por nuestra facultad estimativa y su presencia objetiva en nuestra alma.

Es lo que García Morente denominaba como un estar intencional del orden de los valores en nosotros antes de poder realizarse en nuestras vidas, hasta lograr el ser humano que queremos ser, nuestro ideal y forma de vivir. Ese nuestro “mejor yo” será quien imprima la huella a todo lo que hacemos y constituirá nuestra personalidad y nuestro estilo de vida.

Nuestra época no sabe muy bien cuáles son sus valores o, al menos, ha perdido la noción exacta y sana del orden y jerarquía entre los valores a realizar,
refugiándose en la embriagadora y monstruosa tarea de acumular medios.

El cansancio de una corrupción que se alberga en la textura del alma humana comienza a propagarse sin medida en un hombre que sólo siente atractivo por los valores más bajos en una recta escala de valores, delatando el estado verdadero de su alma.

La frenética búsqueda de poder, con la consiguiente obtención de riqueza personal (en demasiados casos de modo fraudulento), está revelando en la sociedad española (una sociedad con un grado intermedio de corrupción en sus instituciones respecto al resto del mundo) un hombre excesivamente ocupado por aquello que sólo posee valor instrumental y que, por desgracia, se ha convertido en valioso en sí mismo. El ciudadano medio se halla en el mayor de los peligros, pues atribuye valor a actividades y objetos inseguros, que probablemente perderá tarde o temprano.

El inicio de la República, de Platón, nos enfrenta con una cuestión sobre el valor: ¿qué es verdaderamente digno de aprecio, qué es valioso hacer y ver en la vida humana? Platón está convencido de que las cosas que les parece bien a la gente corriente son erróneas: el “ojo” del alma humana está “profundamente enterrado en un bárbaro lodazal” y no puede ver con claridad.

Se exige así al hombre que armonice su alma y diseñe un plan de vida de acuerdo con una concepción organizada del bien. La parte racional, según Platón, determina qué posee valor y cuánto, “cuidando el bien del alma en su totalidad”.

Los verdaderos placeres, dirá Sócrates, son las actividades que se escogen en armonía con las creencias verdaderas sobre el valor; a dichas actividades se oponen aquellas otras de las que el hombre extrae placer porque, erróneamente, las considera valiosas.
Platón describe una ciudad ideal donde la transformación del alma comience “desde la niñez”, a fin de que el alma del joven sea liberada de los “pesos de plomo” de los placeres corporales que mantienen su visión vuelta hacia abajo.

Sin embargo, Platón llega a la conclusión de que tal comunidad de racionalidad objetiva no existirá jamás. Cuando la labor se inicia con adultos, cuyas almas están ya sujetas por recios grilletes, el proceso educativo y emocional debe ser a la vez negativo y positivo: liberar el alma de los pesos y, al mismo tiempo, inspirarla para que enderece su mirada hacia lo alto.

Si consideramos el aborto en la sociedad española, donde, según el último estudio del Instituto de Política Familiar, estamos en el tercer lugar de la Unión Europea en la práctica de abortos, sólo detrás de Reino Unido y Francia, no es difícil concluir que el hombre ha invertido un orden objetivo de valores, sin querer sacrificar lo más bajo (el egoísmo y la comodidad de lo material y sensible, el aborto como método de planificación familiar) a favor de lo más alto (el valor sagrado de la vida).

La vida posee un carácter inviolable que no emana exclusivamente de la fe. Cuando se afirma que la vida humana es inviolable se quiere afirmar que no es un fin disponible o instrumental, un medio al servicio de otros fines. El carácter inviolable de la vida humana inocente es signo de la inviolabilidad de la persona humana, inscrito en el corazón del hombre, llamado a responder de su actitud ante una vida que no le pertenece y de la que no puede disponer a su antojo.

El fundamento de la inviolabilidad está en que la vida humana pertenece a Dios, Creador y Padre. “La vida humana es sagrada porque comporta la acción creadora de Dios y permanece siempre con una especial relación con el Creador, su único fin”. De la sacralidad, de la peculiar relación que por su origen y por su fin tiene con Dios, deriva su inviolabilidad. “Dios es el único señor de esta vida: el hombre no puede disponer de ella”, dirá el beato Juan Pablo II.

Esta sacralidad será siempre el fundamento de la inviolabilidad de la vida humana en los escritos de los Padres, en la época medieval, en la moderna, o en la época actual. Ahora bien, hay que sostener asimismo que la razón humana es capaz de percibir el valor inviolable de la vida humana, pudiendo acceder al significado intrínseco de la naturaleza y alcanzar su plenitud al ser informada por la fe.

Para ciertas ideologías no toda vida humana es inviolable, sino solamente la especie humana. Esto significaría que la vida vale en función del bien que presta a la humanidad. De tal modo que, en beneficio del bienestar de la comunidad humana, sería justificable la supresión de una vida defectuosa, o defender la eutanasia cuando existen vidas consideradas de menor valor por su escasa productividad o utilidad.

La vida humana es valiosa en sí misma, en cualquiera de las fases de su existencia. Su valor no depende de la calidad, sino del hecho mismo de ser vida humana. Incluso cuando es radicalmente precaria, la vida es un don que debe ser custodiado, puesto que continúa siendo imagen de Dios.

Sin duda, cuando desaparece el sentido de Dios aparece la pérdida del sentido de la vida del hombre, apenas reducible ya a algo disponible y manipulable. En este sentido, el aborto es el signo de una época de ateísmo, incapaz de hacer suya y conformarse a una jerarquía objetiva de valores. Lo decía Lewis: la abolición de Dios es la abolición del hombre.
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