Viernes, 05 de marzo de 2021

Religión en Libertad

Caza al ladrón en el Vaticano


En el centro de la escena ya no está el debate sobre el contenido de los documentos robados: están los ladrones.

por Sandro Magister

Opinión

Hay método en esta locura. Desde el momento en que el mayordomo de Su Santidad ha acabado en la cárcel, el espectáculo, de repente, ha cambiado. En el centro de la escena ya no está el debate sobre el contenido de los documentos robados: están los ladrones. Resueltos a tramar a la sombra de un anciano vestido de blanco.

"Cuando se suprime la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes bandas de ladrones?". La frase es de San Agustín, pero ha sido Benedicto XVI quien la ha citado en su primera encíclica, Deus caritas est, de 2005. No sabía que siete años más tarde ésta sería la imagen pública del Vaticano. Una ciudad devastada por los hurtos, sin ningún rincón inviolado, ni siquiera ese sancta sanctorum que debería ser el escritorio privado del Papa.

Los ladrones, verdaderos o presuntos, de los documentos vaticanos declaran a coro a los periódicos, anónimamente, que han actuado así justamente por amor al Papa, para ayudarle a hacer limpieza. Y es verdad que ninguna de las fechorías puestas al descubierto en los documentos implica a su persona. Pero es más verdad que todo, inexorablemente, cae sobre él.

El Papa teólogo, de las grandes homilías, del libro sobre Jesús, es el mismo que reina sobre una curia a la deriva, sentina de "egoísmo, violencia, enemistad, discordia, envidia", de todos los vicios por él estigmatizados en la homilía del domingo pasado, Pentecostés, y en tantas otras precedentes predicaciones inútiles.

Ha sido el mismo Papa quien ha querido como secretario de Estado al cardenal Tarcisio Bertone, y que sigue manteniéndole en su puesto, no obstante compruebe, cada día más, su ineptitud.

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Hoy, en el Vaticano, la frontera entre los actos ilícitos y los de puro mal gobierno se ha hecho muy sutil, casi inexistente.

La prueba clamorosa es de estos días. El mayordomo pontificio, Paolo Gabriele, acababa de ser arrestado por hurto de documentos en el apartamento papal cuando, dentro y alrededor del Instituto para las Obras Religiosas, el banco vaticano, ha tenido lugar una disputa de una violencia inaudita, registrada con igual brutalidad, primero en un comunicado oficial de la misma Santa Sede y, después, en un documento interno, deliberadamente filtrado a la prensa, para que el mundo supiese que todos los miembros del consejo de supervisión del banco habían votado una moción de censura al presidente del IOR, Ettore Gotti Tedeschi.

Y se ha votado esta moción -se ha podido leer- por evidente incapacidad de desarrollar sus funciones, por frecuente abandono del puesto de trabajo, por ignorancia culpable de sus deberes, por un comportamiento personal "cada vez más extraño" y, sin duda también, por sospecha de difusión de documentos reservados. En resumen, por un total de nueve cargos de acusación sobre el filo del insulto, votados y aprobados uno por uno por la junta de renombrados consejeros: el alemán Ronaldo Hermann Schmitz del Deutsche Bank, el americano Carl Albert Anderson de los Caballeros de Colombo, el español Manuel Soto Serrano del Banco de Santander y el italiano Antonio Maria Marocco, notario en Turín y el último incorporado.

Los tres primeros, en 2009, habían dado su pleno apoyo al nombramiento de Gotti Tedeschi como presidente del IOR. Y este apoyo lo habían mantenido hasta hace poco tiempo, cuando las diferencias entre Gotti Tedeschi y el director general del banco, Paolo Cipriani, hombre fuerte de la vieja guardia, eran ya desabridas. No se hablaban desde hacía seis meses.

El comunicado con la moción de censura a Gotti Tedeschi terminaba diciendo que el día siguiente, viernes 25 de mayo, se reunía la comisión cardenalicia de vigilancia sobre el IOR, la única que podía ejecutar la moción de los consejeros.

En efecto, la reunión ha tenido lugar, pero sin un comunicado final. Formalmente, Gotti Tedeschi no ha sido aún destituido, y está preparando las armas para exponer sus razones.

Mientras tanto el conflicto se ha desplazado donde más cuenta, dentro de la comisión de los cardenales. En ella está Bertone, que es el presidente, pero también están Attilio Nicora, que casi nunca ha estado de acuerdo con él, y Jean-Louis Tauran que, como ex-ministro de asuntos exteriores de la Santa Sede, no ha digerido nunca que se haya confiado la secretaría de Estado a una persona no experta en diplomacia como, precisamente, Bertone.

Los otros dos cardenales de la comisión, Telesphore Placidus Toppo y Odilo Pedro Scherer, viven, respectivamente, en la India y en Brasil. Ausencias justificadas.

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Entre Bertone y Nicora, el último terreno de disputa ha sido el reglamento introducido en la Ciudad del Vaticano para la admisión a la white list internacional de los Estados con los estándares más altos de oposición al blanqueo de capitales.

Asombra que en el comunicado contra Gotti Tedeschi no se mencione este nudo esencial de la discusión.

Para escribir dicha normativa, Gotti Tedeschi y el cardenal Nicora habían llamado a los dos máximos expertos italianos en la materia, Marcello Condemi y Francesco De Pasquale, ambos de la cantera del Banco de Italia. La ley, la 127 en la numeración vaticana, entró en vigor el 1 de abril de 2011 y contextualmente Benedicto XVI, con un motu proprio, dotó al Vaticano de una Autoridad de Información Financiera, presidida por Nicora, con poderes absolutos sobre cualquier movimiento de dinero llevado a cabo en cualquier oficina interna o vinculada con la Santa Sede, incluidos el IOR y la secretaría de Estado.

Pero en el momento en que esta normativa fue aprobada, inmediatamente partió la contraofensiva.

La dirección del IOR, la secretaría de Estado y el gobernatorado objetaron que con esta normativa el Vaticano perdía su soberanía y se convertía en un "enclave" de poderes externos bancarios, políticos y judiciales. Solicitaron a un abogado americano de su confianza, Jeffrey Lena, la nueva redacción de la ley y el invierno pasado, por decreto, hicieron entrar en vigor un segundo texto que limitaba los poderes de inspección de la Autoridad de Información Financiera, sometiéndolos a los de la secretaría de Estado.

Según sus promotores, el nuevo reglamento sería el que respondería mejor a las peticiones internacionales de transparencia.

Pero tanto Nicora como Gotti Tedeschi tienen una opinión diametralmente opuesta. Juzgan la nueva ley 127 "un paso atrás", que costará a la Santa Sede la no admisión a la white list.

En julio se espera un primer veredicto por parte de las autoridades internacionales sobre la normativa contra el blanqueo de capitales en vigor en el Vaticano.

Pero los juicios preliminares expresados por los inspectores de Moneyval, después de dos sesiones investigativas en el Vaticano, no hacen presagiar nada bueno.

La primera versión de la ley 127, examinada bajo diez aspectos distintos, había recibido seis votos a favor y cuatro en contra.

La segunda versión ha tenido, en cambio, ocho votos en contra y sólo dos a favor.

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Mientras tanto, en el Vaticano, es la guerra. Al cardenal Bertone se le echa en cara la campaña por él guiada en 2011 para la adquisición, con dinero del IOR, del San Raffaele, el hospital de vanguardia creado en Milán por un discutido sacerdote, don Luigi Verzé, precipitado en una vorágine de deudas.

Al inicio, Gotti Tedeschi apoyó la oferta de compra, pero muy pronto pasó a estar entre los opositores, entre los cuales estaban los cardenales Nicora y Angelo Scola, neoarzobispo de Milán, y el mismo Benedicto XVI, muy contrarios a la adquisición, no sólo por la implicación directa de la Santa Sede en un asunto mundano, demasiado alejado de sus fines espirituales, sino también porque en el San Raffaele y en la universidad anexa se practican actividades y se imparten enseñanzas en total oposición con la doctrina católica: y no se pueden sustituir en bloque, ciertamente, médicos, científicos y profesores.

Al final Bertone se ha rendido y el San Raffaele ha sido adquirido por Giuseppe Rotelli, empresario italiano de primera magnitud en el sector de la sanidad.

Pero para el exuberante secretario de Estado es duro abandonar el sueño de crear un grupo hospitalario católico bajo el control y la guía del Vaticano. Como prueba, su otra empresa fracasada: la conquista del Gemelli, el policlínico romano de la Universidad Católica del Sagrado Corazón, famoso en todo el mundo por haber acogido y curado a Juan Pablo II.

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Para la conquista del Gemelli había un pasaje obligatorio: el control del instituto fundador y promotor de la Universidad Católica, el Toniolo, a su vez controlado por la conferencia episcopal italiana y tradicionalmente presidido por el arzobispo de Milán.

El Toniolo era desde hacía años el objetivo de un abordaje, cuyo fin era excluir con cualquier medio a sus exponentes más vinculados al cardenal Camillo Ruini, presidente de la CEI hasta el año 2007.

El ataque que en el año 2009 afectó a Dino Boffo, miembro del Toniolo y director del periódico de la Conferencia Episcopal Italiana Avvenire, con acusaciones de homosexualidad, después reconocidas como falsas por el mismo periódico que las había publicado, fue el momento más feroz de esta lucha.

Bertone no le defendió. Peor: Giovanni Maria Vian, director del periódico editado por la secretaría de Estado vaticana, L´Osservatore Romano, inundó de críticas a Boffo en una despiadada entrevista en el Corriere della Sera, justamente en el momento crucial del ataque contra este último.

Hoy no habría sido necesario leer las pesarosas cartas escritas por Boffo en esa situación, aparecidas entre los documentos robados al papa. La dinámica sustancial de los hechos ya estaba entonces a la vista de todos.

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La operación San Raffaele, el ataque a Boffo, el intento de conquista del Gemelli, la pretensión de Bertone de suplantar a la CEI en el papel de guía de la Iglesia en Italia: todo está enlazado.

En 2010, el incontenible secretario de Estado, alardeando de un presunto mandato de Benedicto XVI, llegó incluso a requerir por escrito al cardenal Dionigi Tettamanzi que dejara la presidencia del Toniolo. El arzobispo de Milán se enfadó. Y Benedicto XVI dio la razón al segundo, tras haber llamado a ambos contendientes ante él.

También este carteo ha sido robado y hecho público, pero esta historia ya era conocida. Hoy la presidencia del Toniolo ha pasado pacíficamente al sucesor de Tettamanzi en la cátedra de Milán, el cardenal Scola.

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En 2009, en una carta pública a los obispos de todo el mundo Benedicto XVI advirtió: "Si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente".

El Papa había tomado estas palabras de San Pablo, pues también en la cristiandad de los orígenes había contrastes feroces.

También con Jesús, entre los apóstoles, había quien se peleaba por los puestos de poder, como había quien protestaba contra el derroche del valioso ungüento versado sobre los pies del Maestro, en lugar de "venderlo y dar cuanto obtenido a los pobres".

Benedicto XVI tiene la delicadeza y la humildad de no identificarse jamás con Jesús, pero sí se asocia con Él. El pasado 21 de mayo, en el brindis de una comida con los cardenales, concluyó confiado: "Estamos en el equipo del Señor, por tanto, en el equipo victorioso".

Pero, ¡qué esfuerzo!, cuando todo juega contra él, incluso "disfrazado del bien".

Justo antes, el Papa había citado a San Agustín a los cardenales: "Toda la historia es una lucha entre dos amores: amor a uno mismo hasta el desprecio de Dios; amor de Dios hasta el desprecio de uno mismo".

Y había añadido: "Nosotros estamos en esta lucha y es muy importante tener amigos. Y en mi caso estoy rodeado de los amigos del Colegio cardenalicio: (…) me siento seguro en esta compañía".

También el padre Federico Lombardi ha garantizado el 29 de mayo: "No hay ningún cardenal entre las personas investigadas o los sospechosos".

Pero sin incomodar a los gendarmes, no todos los cardenales "amigos" juegan en equipo como espera el papa.
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