Miércoles, 02 de diciembre de 2020

Religión en Libertad

Cifuentes, la «salvapatrias»


Esto es lo realmente grave de Cifuentes: la ignorancia pública de la identidad de Europa y sus raíces.

por Roberto Esteban Duque

Opinión

La actual delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, ha solicitado la retirada de la palabra “cristiano” para su partido, considerando de “improcedente” la adscripción a una determinada “convicción religiosa”. Bien pensado, tiene razón: ninguna estructura política ni ideología fundamental es conforme con la esencia del cristianismo, según afirmara Romano Guardini. Es como si la delegada nos dijera: las convicciones significan decadencia, mejor será trascender el límite que su horizonte nos impone.

No vayan a pensar que esto es una vaga ocurrencia. Es algo que Cifuentes siente. Ella, como el “hombre fáustico”, sólo piensa en el poder, sin reparar en el daño que esa voluntad avasallante de gloria, como recién llegada a la vida, sin tradición, indigente, libre de cargas parasitarias y linfáticas de creencias en que se vive o se está, pueda llegar a producir.

Está visto que cada tiempo trae su asombro, y el nuestro ha traído esta corriente de laicización o de indeterminado humanismo, como propone la nueva delegada del Gobierno. Ese “humanismo europeo” es algo así como un humanismo sin ninguna moral, sin êthos propio, una cultura sin raíces donde cualquiera se convierte en un “salvapatrias” disfrazado de progre con el fin no sólo de desentenderse del respeto a una cultura, en el afán grotesco de reclamar derechos para todos, sino incluso de liquidar esa misma cultura.

Porque esto es lo realmente grave de Cifuentes: la ignorancia pública de la identidad de Europa y sus raíces, de la “síntesis entre el espíritu griego y el espíritu cristiano” que es el continente europeo, tal y como lo describe Benedicto XVI. El repudio y la eliminación de las raíces cristianas es el alma de la cultura progresista, del Estado neutro que acepta cualquier opinión y cualquier grupo indiscriminadamente, pero que denigra cualquier recuerdo del influjo cristiano en la historia europea.

La ideología partidista, venga de donde venga, necesita repudiar la identidad de Europa y sus raíces, porque es un proyecto incompatible con el diseño de laicización del nuevo hombre que se pretende. Ese nuevo hombre pensará que las convicciones son límites que nos mantienen en un horizonte de parálisis, mientras que la incorporación al espíritu de una sociedad tecnocrática, a las estructuras y mentalidad progresistas, es el modo correcto de vivir. Los cristianos -comenta René Rémond- nos enfrentamos así a una hostilidad deliberada y declarada, una auténtica aversión al cristianismo en general, y a los propios cristianos como personas.

En los difíciles años treinta, cuando los totalitarismos se imponían en Europa, Luigi Sturzo, el sacerdote siciliano fundador del Partido Popular Italiano (PPI), durante su exilio en Londres, proponía como objetivo prioritario para Europa “la defensa de la civilización cristiana”, la de los principios de la moralidad y del derecho. Todos los países de Europa están penetrados por la civilización cristiana, el alma que es preciso volver a darle a Europa: “¿cómo concebir Europa sin tener en cuenta el cristianismo”?, dirá De Gasperi, sin una “común herencia de la civilización cristiana”, según sostuviera el magisterio de Pío XII.

Un pueblo, afirmaba Ortega, no puede elegir entre varios estilos de vida: “o vive conforme al suyo, o no vive”. Como el semita y el romano tuvieron su estilo propio, y crearon ciencia, arte, sociedad, así el cristianismo es el alma de Europa; el continente europeo posee su propia savia, impresa durante siglos en unas costumbres, en un patrimonio recibido, en una formidable tradición, capaz de conformar un hombre, un estilo de vida, un espíritu cuyo rechazo sería tanto como provocar la desfundamentación de los derechos humanos y una crisis educativa de proporciones alarmantes.

Recusar el lazo de lo cristiano hasta el arrinconamiento, adoptar el inquietante rostro de una franca hostilidad cristiana -como hace abiertamente y con descaro Cristina Cifuentes-, es tanto como ignorar sus beneficios personales y sociales, algo inadmisible no ya para la fe, sino para la misma razón y la cultura de una nación. Este odio a lo cristiano es fracaso para comprender la historia. Pero sobre todo, renegar de las raíces espirituales de nuestro continente significa un verdadero rechazo de Dios en la vida.

En el fondo, siempre existe el mismo y único proyecto: silenciar a Dios en la ciudad de los hombres, la impugnación del sentido comunitario cristiano de nuestra historia, que es tanto como el rechazo de Dios, el intento de sustituir a Dios, la rebelión de l´homme contre lui-même, el paroxismo de ser avanzado en ideas y actitudes como el dictado más deseable en una sociedad democrática para el hombre contemporáneo, sepultando la historia y la misma razón, el desprecio de la eficacia vivificante del cristianismo.

Roberto Esteban Duque es sacerdote y profesor de Teología Moral.
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