Martes, 24 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

Pedir perdón para ser perdonado


por Jordi-Maria d´Arquer

Opinión

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Pidamos perdón. Debemos pedir perdón a Dios y a nuestros hermanos en Cristo y a todo hombre o mujer a quien hayamos fallado en algo. A Dios, en el sacramento de la confesión, que deberíamos tener como algo habitual, frecuente en nuestra vida, recordando que somos pecadores y no seres perfectos a quienes los demás deben reverencias. También a los hermanos les fallamos, y por eso también a ellos debemos recurrir a limpiar nuestra conciencia y a poner paz, que buena falta nos hace. Para eso pedir perdón es una salida poderosa: la que nos hace ganar el cielo obra por obra en nuestra lucha cotidiana.

Con el revoltijo actual es difícil amar siempre y pedir perdón siempre. Porque hay quien considera que como cristianos que somos pueden hacer lo que quieran con nosotros, porque nosotros siempre vamos a rendirles pleitesía. ¡Y están equivocados! Buenos intentamos serlo, pero no por seguir a Cristo vamos a aguantarlo todo, como algunos esperan y hasta nos exigen. Como aquella persona que va apretando, apretando, y tú cediendo, cediendo, hasta que te cuadras, y entonces, al sentirse “traicionada”, exclama: “¡Eso no es perdonar! ¿No es eso lo que tú proclamas?”. Y están aquellas personas que ni aceptan tu perdón. Es difícil encontrar, hoy, el punto medio, el del equilibrio, porque se nos está exigiendo ser auténticos malabaristas. Intentemos, no obstante, hacer el bien sin mirar a quién, como dice el proverbio.

¿Qué sucede? La soberbia está campando a sus anchas. El pecado de los pecados, la raíz de todos ellos, el Pecado Original, en la época del reinado del Príncipe de este mundo, el Padre de las Tinieblas. Sabe muy bien, por experiencia, por dónde solemos fallar, y nos aprieta por ahí, más por viejo que por diablo. El pobre falla en eso también, porque es el Fallador por naturaleza. ¿Pero no quedamos en que lo sabe? Si lo sabe, es que lo acierta. Visto así, sí; pero podemos mirarlo con perspectiva de eternidad, que es la que nos pide Dios Omnipotente, y veremos que acertando por ahí falla, porque está ganándose el Infierno donde mora. Y así se gana el Infierno toda persona que hiere al hermano y todo hermano que no perdona. Porque es vivir instalados en la mentira.

Para luchar contra la mentira debemos ser prestos. Podemos aplicar aquí la catequesis del Papa Francisco comentando en el Ángelus un domingo el Evangelio del día, aquel en que se encuentra tres vocaciones que le piden demora (Lc 9, 51-62). Anotó el Papa que Jesús “tiene la intención de afirmar la primacía del seguimiento y la proclamación del Reino de Dios, incluso por encima de las realidades más importantes, como la familia”. Y que el “énfasis” debe estar “en el objetivo principal”, que es “convertirse en discípulo de Cristo”. Eso es amar. Y el amor nos exige pedir perdón para ser perdonados. “Es que yo no sé perdonar”, replican algunos, tratando de escurrir el bulto. Es una expresión que demuestra un soberano orgullo, puesto que esconde el intento de mantener el estatus de señor de la Creación, cuando uno de los efectos que consigue el pedir perdón es poner a cada uno en el lugar que le corresponde.

No podemos perdonar si primero no somos perdonados. La iniciativa siempre parte del Espíritu. Para eso tenemos el ejemplo a seguir. Nos lo resaltó el arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro, en la oración del acto de consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús este 2019, centenario de la primera consagración. “El Corazón de Cristo nos muestra la realidad de Dios y la del hombre que desea vivir en Verdad y no negociar con la Verdad, sin acomodarse a las circunstancias”. “Haznos hermanos que tengamos necesidad de amarnos, de pedirnos perdón y de perdonar”. Así sea.

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