Miércoles, 02 de diciembre de 2020

Religión en Libertad

Recordando a don Agustín García-Gasco


A pesar de las dificultades, nunca observé a don Agustín cabizbajo o malhumorado… y dificultades no faltaban… internas y externas. Siempre sonriendo, acogiendo a todos, contundente cuando era necesario, pero con mano izquierda

por Álex Rosal

Opinión

Creo que fue un guiño del Cielo el que don Agustín pudiera seguir la ceremonia de beatificación de Juan Pablo II desde lo alto; algo así como un regalo del nuevo santo por todo el esfuerzo e implicación que tuvo en ayudar en introducir en España esa pastoral atractiva que llevaba por nombre «nueva evangelización».

Han pasado algunos años y la Iglesia en España ha cambiado mucho. Se ha fortalecido en su fe y cada vez hay más comunidades cristianas que viven con pasión a Cristo. Pero hay que hacer memoria para recordar que en los años ochenta y noventa el pontificado de Juan Pablo II no había penetrado del todo en el corazón de algunos sectores de nuestra Iglesia. En la base, sí, sobre todo entre la juventud, pero para muchas cabezas pensantes, curiales, episcopales y religiosas, el Papa polaco suponía una cierta indigestión que había que deglutir con paciencia.

Don Agustín dejó atrás la etiqueta de taranconiano de pro, para impulsar con pasión y vitalidad las nuevas líneas que marcaba el pontificado de Don Karol. Lo hacía con decisión pero sin perder nunca su talante. No quería dejar a nadie en el camino, y hacía esfuerzos, a veces sobrehumanos, para que la comunión eclesial no se rasgara, y fuera lo más plena posible.

Lo demostró cuando el cardenal Taracón le endosó la Vicaría que engloba a Vallecas, en Madrid. El también obispo auxiliar Iniesta, encargado de pastorear las comunidades vallecanas, dimitió del encargo, harto de los bochinches y problemas que le empujaron al precipicio de una severa depresión. Don Agustín, sin dejar otras obligaciones, se ocupó de poner orden, encauzar los problemas, además de restituir una fraternidad sacerdotal que a punto estuvo de romperse por las diatribas que se lanzaban los unos contra los otros.

En otras ocasiones, daba respuesta laboral para aquellos sacerdotes que dejaban la pastoral, y no tenían con qué ganarse la vida. De él fueron muchas iniciativas para crear talleres de formación, o hacer de modesta agencia de colocación laboral de tantos curas.

Por eso, algunos le llamaban el obispo-estrella del cardenal Taracón, o bien, el obispo-bombero, por aquello de estar apagando fuegos a troche y moche en una época especialmente convulsa para la Iglesia en Madrid.

Como era un torbellino de ideas e iniciativas se embarcó en la fundación del Instituto de Teología a Distancia, ante la imperiosa necesidad de poder formar a religiosos, sacerdotes y laicos de habla hispana. Una revolución silenciosa que sigue dando sus frutos.

Doy gracias a Dios por tener la inmensa suerte de haber colaborado con don Agustín durante tres intensos años en la Conferencia Episcopal española (19901993). Yo era un pipiolo comunicador, pero sobre todo ajeno al mundo de los llamados añastrólogos (dícese de los periodistas que cubren la información de la Conferencia Episcopal en la calle Añastro). Pero tanto el cardenal Suquía, un grandísimo arzobispo de Madrid, como don Agustín, eran de la opinión de que el mundo de la comunicación eclesial necesitaba aire fresco; una cierta revolución. Había una generación de periodistas que informaban del hecho religioso con una historia personal más bien amarga, y esa amargura traslucía con frecuencia en las informaciones de Iglesia, no dejando nada bien parada a ésta. En plena época del PSOE de González y Guerra, utilizando todos los medios públicos (TVE, RNE, EFE, televisiones autonómicas de feudos socialistas…) para atacar a la Iglesia, unidos a los del grupo Prisa, con El País y Ser como estandarte, y sumando Diario 16, el Mundo, El Independiente, El Sol, Tele 5, Tribuna, Tiempo, El Periódico… había poca ayuda de los que se consideraba como propios (Ya, Antena 3 Televisión…). Los únicos altavoces que daban realmente la cara por la Iglesia era el ABC del añorado José Luis Martín Descalzo y Santiago Martín, COPE, la agencia Europa Press y algunos diarios de provincias y revistas religiosas de pequeña tirada, en especial Vida Nueva, en la etapa cuyo director era el gran Vicente Alejandro Guillamón, y Época, con Miguel Platón. Para llorar…

A pesar de las dificultades, nunca observé a don Agustín cabizbajo o malhumorado… y dificultades no faltaban… internas y externas. Siempre sonriendo, acogiendo a todos, contundente cuando era necesario, pero con mano izquierda. Ante los problemas se crecía. Buscaba un ángulo constructivo y ahí estaba su fe y esperanza en Dios. siempre solicita ba la ayuda de la Gracia. Era de un optimismo arrebatador. «Ya verás –me decía– como en unos años tendremos más altavoces católicos y una generación de periodistas que informen de la Iglesia con pasión». Y acertó…

En esos tres años de trabajo intenso, casi a diario con don Agustín, como director de la Oficina de Información de la CEE, aprendí a amar a la Iglesia mucho más de lo que pudiera estudiar en algunos libros de eclesiología. Pueden decir lo mismo Fernando Navascúes, José Ángel Agejas, Carlos García Costoya, Mar González o Mari Luz Alsasua, el magnífico equipo con el que tuve la suerte de trabajar. Esa impronta que nos dejó Añastro nos ha llevado a intentar servir a la Iglesia desde diferentes campos. Y en eso, tiene también mucha «culpa» el muy admirado padre José Luis Huescar, el «pater», su fiel secretario, y hoy vicario en Madrid, que bien podría ser un magnífico obispo cualquier día de estos.

Don Agustín, ya en Valencia como arzobispo, desechó de entrada el proyecto de Universidad Católica que le había dejado su predecesor, don Miguel Roca, un obispo muy querido en el levante. Pero, pasados unos años, y tras la insistencia machacona de José Luis Sánchez, accedió a estudiar las líneas diseñadas que el propio José Luis soñó: crear una universidad de clara identidad católica, partiendo de las facultades que la Iglesia ya tenía en marcha a través de la fundación Edetania (Psicología, Psicopedagogía, Ciencias de la Actividad Física y del Deporte, Antropología Social y Cultural y Ciencias del Mar), e incorporar otras carreras más de corte humanista... Para la mayoría del clero ese proyecto era una locura, pero poco a poco don Agustín fue viendo que no era tan descabellado. Y así surgió lo que hoy es la Universidad Católica San Vicente Mártir, dirigida magníficamente por José Alfredo Peris desde su nacimiento, y posiblemente el legado pastoral más importante que el cardenal García-Gasco ha dejado en Valencia. Antonio Corbí, el sacerdote valenciano que más ayudó al cardenal en el día a día, con consejos, trabajo y ejecución, también puede estar orgulloso de ese gran proyecto universitario, que con tanto empeño ayudó a construir.

Aunque no luzca tanto como la universidad, don Agustín logró también consolidar los 67 colegios que la diócesis tiene en propiedad, con más de 35.000 alumnos, logrando que todas las escuelas diocesanas tuvieran una identidad católica, removiendo convenientemente el personal y dando un impulso mayor a nuevas directrices de enseñanza. Para este cometido también contó con la fiel colaboración de don José Luis Sánchez, al que con cariño y cierta sorna le decía que «era demasiado afectivo y rojillo», al menos en su juventud.

Demasiados buenos recuerdos para tan poco espacio… Ya termino. Gracias don Agustín por su testimonio de fe, de amor a la Iglesia y de humanidad; y desde el Cielo, le ruego que interceda por todos nosotros.

Álex Rosal
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