Lunes, 28 de septiembre de 2020

Religión en Libertad

«Descendió a los infiernos». La sorpresa de Pascua


En el corazón de la Semana Santa, la aparición fuera de programa de Benedicto XVI en televisión. Con dos respuestas insólitas sobre Jesús resucitado. Los fragmentos destacados de sus homilías del Triduo Sacro.

por Sandro Magister

Opinión

En el medio de las celebraciones de Semana Santa de este año, Benedicto XVI ha insertado una aparición fuera de programa. Precisamente en las primeras horas de la tarde, a la misma hora en que murió Jesús.

A esa hora, en el primer canal de la televisión estatal italiana, en el interior de una transmisión que lleva por título "A sua immagine" [A su imagen], con millones de televidentes, el papa Joseph Ratzinger respondió a siete preguntas que le fueron dirigidas por personas de diversos países, sobre temas absolutamente cruciales.

Una niña le ha preguntado desde Japón el por qué del terremoto.

Una madre le ha preguntado desde Italia si el alma ya ha abandonado el cuerpo de su hijo de dos años en estado vegetativo.

Tres jóvenes de Bagdad han preguntado al Papa qué deben hacer con las persecuciones que golpean a los cristianos.

Una mujer musulmana le ha preguntado desde Costa de Marfil cómo restaurar la paz y la armonía entre cristianos e islámicos.

Las respuestas del Papa a este cuatro primeras preguntas han sido las más difundidas por los medios de comunicación.

Pero también las tres siguientes respuestas del Papa exigen que se les preste atención. Las dos primeras – reproducidas íntegramente más abajo – tocan temas que están especialmente en el corazón de Benedicto XVI, inclusive porque en las últimas décadas han sido frecuentemente olvidadas por la predicación corriente.

Son los temas de las realidades últimas de la vida de todo hombre – los llamados "novísimos" – presentados y explicados a la luz de Jesús muerto y resucitado.

A estos mismos temas Benedicto XVI les ha dedicado gran parte de la "Spe salvi", la más genial de sus encíclicas, enteramente escrita con su puño y letra. Pero no sólo allí. Ha vuelto a ellos en repetidas ocasiones. Por ejemplo, en una audiencia general, la del miércoles 12 de enero de 2011, dedicada al purgatorio.

Esta vez, en sus respuestas televisivas de este Viernes Santo, el Papa focalizó la atención sobre Jesús "descendido a los infiernos" – que para las Iglesias de Oriente es el modo de representar su resurrección, como muestra el ícono ruso reproducido en esta página – y sobre su cuerpo resucitado y "glorioso".

Pero al mismo tiempo, el Papa ha puesto en evidencia los efectos que la resurrección de Jesús tiene sobre los hombres, tanto sobre sus destinos últimos como sobre su camino terrenal.

En esta Tierra – explica Benedicto XVI – es la Eucaristía la que pone a los cristianos en contacto vital con el cuerpo glorioso de Jesús. En ella ya ha comenzado el mundo nuevo de la resurrección.

*

Con esta última entrevista televisiva, Benedicto XVI ha ampliado ulteriormente sus estilos comunicativos, los cuales incluyen pronunciamientos magisteriales, discursos oficiales, encíclicas, exhortaciones, cartas abiertas, ensayos de teología, lecciones sobre los Padres de la Iglesia, vidas de santos, comentarios a las Sagradas Escrituras…

Y además: un libro sobre Jesús, en tres tomos, y otro libro en forma de entrevista.

Y también: encuentros de preguntas y respuestas con los sacerdotes, con los jóvenes, con los niños, conferencias de prensa, entrevistas, filmaciones, y ahora también esta primera pregunta-respuesta televisiva.

Benedicto XVI es la Papa de la palabra. Es entonces natural que su hablar y escribir asuma estas múltiples formas, incluidas las que le permiten llegar a sus oyentes y lectores en forma directa, sin intermediaciones.

Pero si hay una palabra que está por encima de todas, para él, es la de las homilías, porque en la liturgia la palabra se hace realidad y "el Verbo se hace carne".

No debe entonces sorprender que Benedicto XVI dedique a las homilías un cuidado sin igual.

Como se ha podido advertir también en esta última Semana Santa, de la que www.chiesa ya ha anticipado algunas ideas. Y ofrece otras en esta misma página, líneas abajo.


De la entrevista a Benedicto XVI en la TV italiana

Viernes 22 de abril de 2011


– Santidad: ¿Qué hizo Jesús en el tiempo que separó a la muerte de la resurrección? Y, ya que en el Credo se dice que Jesús después de la muerte descendió a los infiernos: ¿Podemos pensar que es algo que nos pasará también a nosotros, después de la muerte, antes de ascender al Cielo?
– En primer lugar, este descenso del alma de Jesús no debe imaginarse como un viaje geográfico, local, de un continente a otro. Es un viaje del alma. Hay que tener en cuenta que el alma de Jesús siempre está en contacto con el Padre, pero al mismo tiempo, este alma humana abraza hasta los últimos confines del ser humano. En este sentido baja a las profundidades, hasta los perdidos, hasta todos aquellos que no han alcanzado la meta de sus vidas, y trasciende así los continentes del pasado.

Este descenso del Señor a los infiernos significa, sobre todo, que Jesús alcanza también el pasado, que la eficacia de la redención no comienza en el año cero o en el año treinta, sino que llega al pasado, abarca el pasado, a todas las personas de todos los tiempos.

Dicen los Padres de la Iglesia, con una imagen muy hermosa, que Jesús toma de la mano a Adán y Eva, es decir a la humanidad, y la encamina hacia adelante, hacia las alturas. Y así crea el acceso a Dios, porque el hombre, por sí mismo, no puede elevarse a la altura de Dios. Jesús mismo, siendo hombre, tomando de la mano al hombre, abre el acceso. ¿Qué acceso? La realidad que llamamos cielo. Así, este descenso a los infiernos, es decir, a las profundidades del ser humano, a las profundidades del pasado de la humanidad, es una parte esencial de la misión de Jesús, de su misión de Redentor y no se aplica a nosotros. Nuestra vida es diferente, el Señor ya nos ha redimido y nos presentamos al Juez, después de nuestra muerte, bajo la mirada de Jesús, y esta mirada en parte será purificadora: creo que todos nosotros, en mayor o menor medida, necesitaremos ser purificados. La mirada de Jesús nos purifica y además nos hace capaces de vivir con Dios, de vivir con los santos, sobre todo de vivir en comunión con nuestros seres queridos que nos han precedido.

– Santidad, cuando las mujeres llegan al sepulcro, el domingo después de la muerte de Jesús, no reconocen al Maestro, lo confunden con otro. Lo mismo les pasa a los apóstoles: Jesús tiene que enseñarles las heridas, partir el pan para que le reconozcan precisamente por sus gestos. El suyo es un cuerpo real de carne y hueso, pero también un cuerpo glorioso. El hecho de que su cuerpo resucitado no tenga las mismas características que antes, ¿qué significa? ¿Y qué significa, exactamente, "cuerpo glorioso? Y en nuestra resurrección, ¿nos sucederá lo mismo?
– Naturalmente, no podemos definir el cuerpo glorioso porque está más allá de nuestra experiencia. Sólo podemos interpretar algunos de los signos que Jesús nos dio para entender, al menos un poco, hacia donde apunta esta realidad.

El primer signo: el sepulcro está vacío. Es decir, Jesús no abandonó su cuerpo a la corrupción, nos ha enseñado que también la materia está destinada a la eternidad, que resucitó realmente, que no ha quedado perdido. Jesús asumió también la materia, de manera que la materia está también destinada a la eternidad.

Pero asumió esta materia en una nueva forma de vida, este es el segundo punto: Jesús ya no vuelve a morir, es decir: está más allá de las leyes de la biología, de la física, porque los sometidos a ellas mueren. Por lo tanto hay una condición nueva, diversa, que no conocemos, pero que se revela en lo sucedido a Jesús, y esa es la gran promesa para todos nosotros de que hay un mundo nuevo, una nueva vida, hacia la que estamos encaminados. Y, estando ya en esa condición, para Jesús es posible que los otros lo toquen, puede dar la mano a sus amigos y comer con ellos, pero, sin embargo está más allá de las condiciones de la vida biológica, como la que nosotros vivimos. Y sabemos que, por una parte, es un hombre real, no un fantasma, vive una vida real, pero es una vida nueva que ya no está sujeta a la muerte y esa es nuestra gran promesa.

Es importante entender esto, al menos por lo que se pueda, con el ejemplo de la Eucaristía: en la Eucaristía, el Señor nos da su cuerpo glorioso, no nos da carne para comer en sentido biológico; se nos da Él mismo; lo nuevo que es Él , entra en nuestro ser hombres y mujeres, en el nuestro, en mi ser persona, como persona y llega a nosotros con su ser, de modo que podemos dejarnos penetrar por su presencia, transformarnos en su presencia. Es un punto importante, porque así ya estamos en contacto con esta nueva vida, este nuevo tipo de vida, ya que Él ha entrado en mí, y yo he salido de mí y me extiendo hacia una nueva dimensión de vida.

Pienso que este aspecto de la promesa, de la realidad que Él se entrega a mí y me hace salir de mí mismo, me eleva, es la cuestión más importante: no se trata de descifrar cosas que no podemos entender sino de encaminarnos hacia la novedad que comienza, siempre, de nuevo, en la Eucaristía.
 

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