Martes, 26 de marzo de 2019

Religión en Libertad

Degenerados y majaderos


por Juan Manuel de Prada

Opinión

El nefando asesinato de Laura Luelmo ha servido para que una patulea de majaderos ensarte las necedades más sonrojantes. Hemos escuchado y leído machaconamente que, para evitar que los degenerados sigan desgraciando muchachas, hay que «educar» a los hombres «en materia de género, feminismo y libertad sexual». Sólo una sociedad cretinizada puede soportar sin inmutarse que se culpabilice a la mitad de su población del crimen de un degenerado; y sólo una patulea de majaderos puede pretender que tal «educación» acabe como por arte de birlibirloque con los crímenes de los degenerados. Diríase que el mito roussoniano del buen salvaje, causante de tantas desgracias, hubiese sido suplantado por otro mito igualmente dañino, el del buen planchabragas.

Pero lo cierto es que el degenerado que asesinó a Laura Luelmo, después de someterla a las más bestiales sevicias, estuvo recibiendo durante dos años cursos y terapias «en materia de género y libertad sexual» que no hicieron otra cosa (como es natural) sino exacerbar sus pulsiones criminales. Combatir los crímenes aberrantes de los monstruos extendiendo la mancha de la culpabilidad sobre toda la población masculina no servirá para evitar ni un solo crimen; y, en cambio, servirá para que muchos hombres se revuelvan contra el hostigamiento y se desentiendan de la suerte de las mujeres. Así, azuzando la lucha entre los sexos, se enturbiará todavía más la convivencia social; y se acelerará ese proceso morboso, detectado por Thomas Mann, que «termina haciendo del hombre un ser enfermo, solitario, melancólico, aislado, incomprendido». Que es el caldo de cultivo perfecto para que surjan más monstruos.

Lo cierto es que monstruos con taras innatas siempre habrá (aunque sean mucho más escasos de lo que creemos); y contra ellos sólo se puede combatir mediante el reforzamiento de los frenos comunitarios que detecten su peligrosidad, para que puedan ser recluidos en centros especializados, si aún no han perpetrado ningún crimen; o para que puedan ser castigados ejemplarmente si ya lo han perpetrado. Pero nuestra época enferma hace exactamente lo contrario: dinamita los frenos comunitarios y favorece la fragmentación social, para que estos monstruos no puedan ser detectados; se niega a reconocer los trastornos sexuales, incluso los más aberrantes; y, cuando los monstruos han cometido sus crímenes aberrantes, divulga con fruición morbosa sus circunstancias, para excitar las fantasías imitativas de otros monstruos, a la vez que mitiga su castigo, para que no sirva de escarmiento a nadie.

Y, a la vez que se hace esto con los degenerados congénitos, el medio ambiental fomenta la proliferación de degenerados «sobrevenidos», escarneciendo las virtudes domésticas, alentando la destrucción de los vínculos familiares, amparando la infestación pornográfica, ensalzando las más diversas depravaciones como expresiones de «libertad sexual», promoviendo los «juegos eróticos infantiles»; en definitiva, ensalzando y jaleando las pasiones más pútridas y sometiendo el instinto a constantes estímulos. Y después de que el medio ambiental haya convertido a sus víctimas en manojos de pulsiones sexuales, los majaderos con púlpito aspiran a reconvertirlos en ositos de peluche, mediante cursos y terapias de género. En unos pocos años, comprobaremos que nadie tiene las garras más afiladas que estos falsos ositos de peluche. Sólo espero que, para entonces, los majaderos que hoy impulsan estas necedades reciban el castigo que merecen; y, honestamente, la cadena perpetua se me antoja un castigo muy liviano.

Publicado en ABC.

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