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Lunes, 28 de mayo de 2018

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Un obispo del Vaticano alaba a China


El "tonto útil" ha sido un jugador en el tablero mundial desde los días de Lenin… aunque uno se pregunta si, en este caso, la tontería es tan extrema que empieza a disminuir la utilidad del susodicho para el régimen. 



George Weigel

11 febrero 2018

A pesar de la atención que despierta en los medios y en la blogosfera, el obispo Marcelo Sánchez Sorondo, un argentino de 75 años canciller de varias academias pontificias, es un actor de segunda fila en el drama actual de lo que tanto partidarios como detractores consideran un Vaticano crecientemente disfuncional. Sin embargo, cuando alguien, incluso de su relativa insignificancia, anuncia que “en este momento, los que mejor realizan la doctrina social de la Iglesia son los chinos”, esa disfunción adquiere tal relieve que hace obligada una corrección.
 
La doctrina social católica se construye sobre cuatro principios fundamentales: la dignidad y el valor inviolable de toda persona humana, la responsabilidad que tienen todos de ejercer sus derechos de forma que contribuyan al bien común, la importancia del pluralismo social y de la sociedad civil (y por tanto el rechazo al totalitarismo) y el imperativo de la solidaridad (la virtud de la amistad cívica, que mantiene unidas a las sociedades libres). Esos principios también intervinieron en las transformaciones democráticas de América Latina y de Asia Oriental en las últimas décadas del siglo XX. Esos principios siguen siendo hoy el núcleo de la doctrina social de la Iglesia.
 
Y en 2018, esos principios los niega sistemáticamente, en la teoría y en la práctica, la República Popular China. El obispo Sánchez Sorondo parece haber quedado muy impresionado por una reciente gira por la República Popular China, destacando en una entrevista que los chinos no tienen “villas miserias” y que los jóvenes chinos “no tienen droga”, lo que él atribuía a “una conciencia nacional positiva”. En la misma entrevista, el prelado argentino también se las arreglaba para emprenderla con el Norte, alegando que, en China, “la economía no domina a la política, como sucede en Estados Unidos”.
 
Lo que el obispo evidentemente no vio, o le escamotearon durante su gira fue lo siguiente:
 
-Hay más de mil campos laogai diseminados por China, donde el trabajo esclavo es la norma y con frecuencia se asesina a los prisioneros políticos para aprovechar sus órganos transplantados en beneficio de miembros de la población más políticamente afines.
 
-En China es el estado, y no el marido y la mujer, quien decide el número de hijos que puede tener una pareja, y aunque la célebre política del hijo único ha sido sustituida por una política de dos hijos, el régimen continúa insistiendo en que sean los funcionarios, y no los padres, quienes decidan el número de hijos que una familia puede tener.
 
-Para implantar sus políticas internas de población, el estado chino alega su derecho a obligar a abortar a las mujeres que se quedan embarazadas violando las cuotas de nacimiento determinadas por el estado: una crueldad monstruosa que se practica hoy habitualmente en la República Popular China.
 
-Las draconianas políticas chinas de control de la población han dado como resultado lo que suma ya como un genocidio de niñas no nacidas, así como la proporción niño-niña más desequilibrada de todos los países del planeta.
 
-Los chinos no tienen derecho a la libertad de movimiento dentro de su propio país, dado que el ministro de seguridad pública asigna a cada súbdito del régimen una residencia oficial, un hukou, que normalmente es el hogar de los propios padres; sin embargo muchos chinos salen de su hukou, convirtiéndose en ilegales en su propio país. Como me indicó en un informe uno de los más devotos estudiosos de China, Nicholas Eberstadt, “los campesinos que se desplazan para trabajar a una gran ciudad… no tienen derecho a servicios como la salud o la educación; habitualmente cobran menos por su trabajo que ‘nativos’ con formación y educación similares; y están virtualmente seguros de perder cualquier pleito con alguien local. Es un Soweto con características chinas”.
 
-China es oficialmente un estado ateo, controlado por el Partido Comunista Chino, y la persecución religiosa es un pilar del aparato represivo del régimen.
 
Estos son los hechos. Intentar cuadrarlos con la doctrina social de la Iglesia católica exige algo parecido a una psicótica desvinculación de la realidad… o, peor, a una obstinada ignorancia que cierra los ojos a la represión y la persecución para permitirse fantasear sobre un paraíso socialista libre de las incomodidades de la sociedad liberal burguesa.
 
Esa misma ruptura con la realidad caracterizó también su alabanza a la adhesión de China al acuerdo climático de París y su “liderazgo moral” en el campo del cambio climático. Uno se pregunta qué tipo de aire respiró el obispo en China, uno de los países del mundo con polución más severa. ¿Y se imagina Su Excelencia que un régimen totalitario, volcado en afirmarse como potencia global e indiferente a su pueblo, va a afrontar seriamente sus problemas de masiva polución de aire, agua y tierra solo porque firmó una hoja de papel en la Ciudad de las Luces?
 
El “tonto útil” ha sido un jugador en el tablero mundial desde los días de Lenin… aunque uno se pregunta si, en este caso, la tontería es tan extrema que empieza a disminuir la utilidad del susodicho para el régimen.  Las absurdas distorsiones del obispo Sánchez Sorondo sobre la realidad de la China del siglo XXI le sitúan en una galería de canallas que incluye a celebridades como Walter Duranty, quien deliberadamente se negó a informar a los lectores de The New York Times sobre el terror del hambre ucraniana en 1932-33, y Herbert Matthews, cuyos elogios a Fidel Castro desorientaron de forma similar a los lectores de lo que fue en tiempos una gran cabecera.
 
En el caso Sánchez, el problema añadido es que sus afirmaciones, aunque estrafalarias, implican inevitablemente al Papa a quien sirve, y suscitan dudas no solo sobre la prudencia de los actuales objetivos del Vaticano en sus negociaciones con la República Popular China (a las que me referí en un artículo anterior), sino la integridad de la Santa Sede.
 
Si un funcionario vaticano, no importa lo abajo que esté en el organigrama, puede soltar con impunidad tonterías para prestar cobertura a un régimen cruel, es que algo está gravemente mal en uno de los pocos centros de poder en el mundo cuyo principal valor de marca es decir la verdad.

Según el Anuario Pontificio, el pasado 8 de septiembre el obispo Marcelo Sánchez Sorondo cumplió 75 años, la edad normal de jubilación para los obispos. Quizá su escapada china sugiera a sus superiores que ya llegó la hora de aceptar la dimisión que presentó entonces, y por tanto privarle de la megafonía que ha utilizado para avergonzar a la Iglesia, tergiversar gravemente la doctrina social de la Iglesia y traicionar a los católicos perseguidos en China.

Publicado en National Review.
Traducción de Carmelo López-Arias.
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