Lunes, 21 de octubre de 2019

Religión en Libertad

El obispo de Menorca pide abrir las parroquias el máximo de horas y formar laicos para acoger

ReL

Francisco Conesa, obispo de Menorca, diócesis turística -como media España- anima a abrir las puertas de las parroquias muchas horas, a todos
Francisco Conesa, obispo de Menorca, diócesis turística -como media España- anima a abrir las puertas de las parroquias muchas horas, a todos

El obispo Fran­cis­co Si­món Co­ne­sa, que tomó posesión de la diócesis de Menorca hace algo más de dos años, anima a mantener abiertas las iglesias tanto tiempo como se pueda, y también a organizar entre los parroquianos grupos encargados de acogida para mostrar el templo a los curiosos y visitantes.

Menorca tiene sólo 90.000 habitantes (es una de las diócesis españolas más pequeñas) pero recibe 700.000 turistas cada año. En un día cualquiera de agosto se pueden contar más de 220.000 personas. La isla cuenta con una veintena de parroquias: ¿logrará mantenerlas abiertas y acogedoras para esta multitud de visitantes?

A continuación, publicamos íntegro el artículo del obispo Conesa.

***

Abrir las puertas de nuestros templos

por Francisco Conesa, obispo de Menorca

Un signo de que so­mos Igle­sia de puer­tas abier­tas es man­te­ner las puer­tas de nues­tros tem­plos abier­tas el ma­yor tiem­po po­si­ble.

Es tris­te en­con­trar que mu­chas igle­sias abren sólo el tiem­po in­dis­pen­sa­ble para que se pue­dan ce­le­brar los ac­tos de cul­to.

Du­ran­te el res­to del día, los fe­li­gre­ses no tie­nen la opor­tu­ni­dad de en­trar al tem­plo para re­zar o rea­li­zar una vi­si­ta al Sa­gra­rio. Una igle­sia que, por sis­te­ma, tie­ne las puer­tas ce­rra­das da la im­pre­sión de algo que está muer­to.

El Papa Fran­cis­co es­cri­bió en Evan­ge­lii Gau­dium que “uno de los sig­nos con­cre­tos de esa aper­tu­ra es te­ner tem­plos con las puer­tas abier­tas en to­das par­tes. De ese modo, si al­guien quie­re se­guir una mo­ción del Es­pí­ri­tu y se acer­ca bus­can­do a Dios, no se en­con­tra­rá con la frial­dad de unas puer­tas ce­rra­das” (n. 47).

Y en una de la au­dien­cias dijo que “las igle­sias, pa­rro­quias e ins­ti­tu­cio­nes con las puer­tas ce­rra­das, no se de­ben lla­mar igle­sias, se de­ben lla­mar mu­seos” (9-9-2015).

Sé que es di­fí­cil man­te­ner abier­tas todo el día las puer­tas de las igle­sias, por­que el te­mor a que se pro­duz­can ro­bos o se de­te­rio­ren las co­sas, re­co­mien­da que no se deje el tem­plo sin vi­gi­lan­cia, y los sa­cer­do­tes no pue­den es­tar todo el día pen­dien­tes de ello.

Por eso, para man­te­ner abier­tas las puer­tas, se re­quie­re la ayu­da de los se­gla­res.

Me cons­ta con sa­tis­fac­ción que hay pa­rro­quias que han for­ma­do un gru­po de se­gla­res que se van tur­nan­do para te­ner­la abier­ta.

En la an­ti­güe­dad exis­tía un ofi­cio sin­gu­lar den­tro de la co­mu­ni­dad que se lla­ma­ba “os­tia­rio” (de la pa­la­bra la­ti­na “os­tium”, que sig­ni­fi­ca “puer­ta”). El os­tia­rio era el que abría las puer­tas y aco­gía a la gen­te. Has­ta la re­for­ma del Con­ci­lio Va­ti­cano II era una de las ór­de­nes me­no­res que se re­ci­bía an­tes del pres­bi­te­ra­do.

Hoy se­ría ne­ce­sa­rio re­vi­ta­li­zar este ser­vi­cio ecle­sial: que hu­bie­ra per­so­nas dis­pues­tas a te­ner abier­tos los tem­plos, a aco­ger, es­cu­char y aten­der a todo el que lo re­quie­ra, para que to­dos pue­dan sen­tir que la Igle­sia es casa aco­ge­do­ra.

En las orien­ta­cio­nes para la pas­to­ral del tu­ris­mo que emi­tió re­cien­te­men­te el Con­se­jo de Pas­to­ral de la Dió­ce­sis se re­co­mien­da ser hos­pi­ta­la­rios y brin­dar al vi­si­tan­te una aco­gi­da cor­dial, tra­tán­do­le con dul­zu­ra y res­pe­to.

Se su­gie­re tam­bién la for­ma­ción de gru­pos de aco­gi­da: “se­ría con­ve­nien­te que al­gu­nos miem­bros de nues­tras co­mu­ni­da­des se en­car­ga­ran del mi­nis­te­rio de aco­gi­da, sa­lu­dan­do en nom­bre de la co­mu­ni­dad a las per­so­nas que vie­nen a nues­tras ce­le­bra­cio­nes y aco­gién­do­las en la mis­ma”.

Las puer­tas abier­tas de nues­tros tem­plos son un signo pre­cio­so de lo que quie­re ser nues­tra Igle­sia. ¡Oja­lá en­con­tre­mos fór­mu­las para man­te­ner­las abier­tas!

+ Fran­cis­co Si­món Co­ne­sa Fe­rrer
Obis­po de Me­nor­ca

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