Viernes, 22 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

En una aldea recóndita de Papúa Nueva Guinea

¿Cuánto vale un alma? La aventura de un sacerdote para salvar a un aborigen

Un sacerdote en Papúa Nueva Guinea
Un sacerdote en Papúa Nueva Guinea

Tras caminar un día y coger una canoa por fin llegó a la aldea aborigen. Allí el Señor le tenía encomendada una misión muy especial.

Javier Lozano / ReL

¿Cuánto vale un alma? Debe valer mucho porque dice San Agustín que “quien salva un alma, asegura su propia salvación”. Todos los cristianos están llamados a colaborar en esta misión pero los sacerdotes debido a su labor concreta quizá lo vean de manera más tangible.

Es lo que le ocurrió al misionero monfortiano, el padre Rozario Menezes. Nunca imaginó que una visita a una inhóspita aldea en mitad de la jungla le deparara un encuentro tan grande con Cristo.

En su experiencia este sacerdote relata que tras ser ordenado fue destinado a Papúa Nueva Guinea donde atendería a los indios aborígenes, dado que la misión específica de su congregación es anunciar a Jesús donde no llega el Evangelio.

Una recóndita aldea en la jungla
Cuenta el padre Rozario que tenía que ir un día a un pueblo situado en la zona nómada. La única forma de llegar era caminando y en canoa y para ello hacía falta un día entero. Iba acompañado por un catequista que le iba guiando y abriendo camino entre la jungla. Además, las picaduras le provocaron un gran hinchazón en las piernas.

Tras este periplo por fin llegaron a la aldea y su acompañante fue a buscar a sus habitantes. Para sorpresa de ambos sólo había un anciano y dos niños ya que el resto se había ido de caza para obtener alimentos para las fechas venideras.

“Escuchando la noticia me enfadé”, asegura, puesto que su visita había sido anunciada por un mensajero. Aunque éste nunca llegó debido a una picadura de serpiente que le dejó ingresado por el camino. En este cúmulo de hechos “no podía ni mover las piernas” y además “era imposible regresar el mismo día”. Para más inri, tampoco tenían comida.

“La mejor misa que he tenido jamás”
Una vez aceptada esta situación, el padre Menezes propuso rezar y celebrar misa. La idea gustó tanto al catequista como al anciano. “Después del Rosario el anciano me pidió si podía escuchar su confesión y acepté con gusto. No entendía ni una palabra –hablaba en un dialecto- pero percibí en su rostro que el había hecho una muy buena confesión”.

Tras escuchar al único adulto que había en la aldea “celebramos misa y fue la mejor celebración que he tenido jamás. Sentía el dolor de Jesús en la cruz por medio de mis piernas hinchadas y las picaduras sangrantes que tenía. Entendí el significado de la Eucaristía mucho mejor que en todas las clases de teología”.

Ya acabada la celebración el anciano compartió los únicos alimentos que tenía hasta que llegara el grupo días más tarde. Pusieron varios plátanos al fuego y cenaron antes de ir a dormir.

Del miedo a la Gracia
Por la mañana, cuenta Rozario, “cuando me levanté había un silencio sepulcral. El catequista fue a llamar al anciano y se dio cuenta de que estaba muerto”. Al principio este sacerdote se asustó pensando en las tradiciones de los aborígenes de Papúa y la repercusión que tendría esta muerte.

Dios me había conducido hasta el anciano
“Pero el segundo pensamiento me hizo sentir muy feliz: el hecho de que este hombre tuvo la oportunidad de prepararse para su muerte con los sacramentos de la confesión y la Eucaristía. Sentí que Dios me había llevado a Thekenai para ayudar a este anciano a entrar en la eternidad”.

“Hazme un digno instrumento”
“¡Qué sentimiento tan maravilloso!”, pensaba este misionero, que durante el camino de vuelta “agradecí a Dios por haberme dado este gran privilegio de ser sacerdote y de estar disponible para las almas”. “Señor hazme un digno instrumento en tus manos”, afirma como lema.

Actualmente, Rozario Menezes es el superior de los monfortianos en Papúa Nueva Guinea y se encarga de los jóvenes que sienten la vocación para formar parte de la Compañía de María.

Este sacerdote confiesa que la vida en la misión es “emocionante y exigente” y que cada día trae nuevos desafíos y problemas que hay que resolver aunque “en todo momento siento la presencia de Dios y es gratificante ver cómo interviene en diferentes situaciones”.

No todo es fácil en Papúa Nueva Guinea. Así lo atestigua él mismo. “Sabemos que el Señor está siempre presente en nuestras vidas pero a mí me parece que aquí su presencia es tangible”. Cuenta además que “a veces le echo retos a Él así como Él me lanza desafíos a mí”.

Los ataques de malaria y los retos a Dios
Llegó a este país a en el 2000 y asegura que en los tres primeros años allí la malaria le tumbó seis veces y cada seis meses se tenía que tomar dos semanas de descanso por este motivo. Incluso en dos ocasiones estuvo a punto de morir.

Pero la historia del Señor con él no había más que comenzado. En 2003 “me fui a Estados Unidos para recaudar fondos para la misión y cuando apenas llevaba allí un mes la malaria me golpeó de nuevo”.

Dios escuchó las quejas
“No estaba contento con la forma en que me trataba el Señor”, relata. Un día en el hospital hablaba con un amigo sobre esta situación y le decía que “Dios me había dado todo pero no una buena salud y que si tenía otro ataque de malaria no podría volver a Papúa Nueva Guinea”. Dicho y hecho. “Creo que el Señor me tomó en serio porque nunca más he tenido un episodio de malaria desde entonces”.

La situación para los sacerdotes no es nada fácil y cuenta que “los que trabajan en las misiones más alejadas citan la soledad como su principal dificultad”.

Una labor exigente
Allí, los sacerdotes “están solos, aislados con modos muy primitivos de transporte ya que no existen caminos entre los diferentes pueblos de la parroquia. Muy a menudo la única forma de transporte es la canoa. Pero todo vale para llegar a los habitantes de estos recónditos lugares porque “la única persona que los escucha y trata de ayudar es el párroco”.
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