Miércoles, 17 de julio de 2019

Religión en Libertad

El padre Bolgan atiende 20 pueblos de montaña en varias lenguas que no conoce

Cada vez hay más cristianos entre las tribus de Tailandia: «Se liberan del miedo a los espíritus»

Las tribus de las montañas en Tailandia siguen siendo animistas, pero poco a poco están convirtiéndose al cristianismo
Las tribus de las montañas en Tailandia siguen siendo animistas, pero poco a poco están convirtiéndose al cristianismo

ReL

El padre Massimo Bolgan es un sacerdote del Pontificio Instituto de las Misiones en el Extranjero (PIME) que se encuentra destinado en Tailandia. Desde el 6 de enero del año pasado es párroco de Fang, una localidad situada en el extremo norte del país, cerca de la frontera con Myanmar. El padre Bolgan sirve en medio de tribus pertenecientes a varias minorías étnicas, que viven en medio de la pobreza y el aislamiento, tanto desde el punto de vista social como geográfico.

El PIME ha abierto dos centros educativos, uno en Fang y otro en Ban Thoet Thai, destinados a alojar a más de 100 jóvenes pertenecientes a familias pobres.  A causa de la gran extensión de territorio que cubren (hay más de 100 kilómetros de distancia entre los dos centros), se dividieron en dos parroquias distintas a petición de el propio Bolgan y el sacerdote Marco Ribolini, misionero en Ban Thoet Thai.

El padre Bolgan ha contado a AsiaNews su testimonio con las tribus de las montañas, que muestran, según él, “una mayor apertura frente al Evangelio”. Se sienten conquistadas por la idea de un Dios Creador y Padre.



Atención hacia los excluidos
“A diferencia de ellos, la cultura tailandesa está profundamente arraigada en el budismo”, explicó Bolgan, “por lo que es muy difícil para un misionero abrir brecha en los corazones de la población local, aunque siempre tratan a los sacerdotes muy bien”.

Si bien las escuelas católicas tienen una mayoría de alumnos budistas, es muy difícil conseguir que se conviertan. “Esto es distinto entre las tribus de las montañas”, ha apuntado Bolgan. “Ellos vienen de países limítrofes como Myanmar, China y Laos. No tienen una identidad nacional fuerte, ni documentos tailandeses; tan solo conocen sus dialectos”.

La situación político-económica de sus respectivos países de origen ha empujado a estos pueblos nómadas a trasladarse a Tailandia, donde han hallado más tranquilidad, pero al mismo tiempo dificultades para integrarse en una economía más desarrollada. “Desde el punto de vista religioso, estos pueblos se vinculan al culto de los espíritus. Se guían por la tradición y no requieren textos sagrados. Los primeros misioneros cristianos fueron quienes dieron forma escrita a las lenguas de estos pueblos, valiéndose del alfabeto latino”. En el caso del PIME, el primero en iniciar esta actividad entre las tribus fue el padre Giovanni Zimbaldi.


El padre Zimbaldi fue uno de los primeros sacerdotes en llegar a esta región

Enseñanzas con ayuda de la cultura local
El padre Giovanni Zimbaldi, de 88 años, es el decano de los misioneros del PIME en Tailandia, y está en Asia desde el año 1958. En 1972, junto a dos sacerdotes de su orden, se dirigió a Chiang Mai, en el norte de Tailandia, para fundar la misión del PIME en el país. Al año siguiente, el padre Zimbaldi se trasladó a Fang, a 150 kilómetros al norte de Chiang Mai, y sobre  la frontera con Birmania (actualmente Myanmar), donde se levanta una misión francesa que se encuentra abandonada desde hace años.

Llegó al lugar para ocuparse de las tribus Lahu y Akhá, que huían de Birmania, donde él ya había trabajado en el pasado, y cuya lengua conoce bien. El padre Zambaldi traduce al lahu el catecismo de la Iglesia católica, así como textos religiosos, oraciones y cantos sagrados.  

“Algunos tribales que llegaron a Tailandia ya habían oído hablar del padre Giovanni, y por eso lo convocaban desde los pueblos y lo recibían con alegría”, ha explicado Bolgan. “Él construyó la misión y ahora el PIME evangeliza a más de 20 pueblos repartidos en un amplio territorio”.

Terreno complicado
La vida pastoral de un sacerdote en el norte del país requiere mucha energía. En parte, por el hecho de que se trata de regiones remotas y difícilmente accesibles. Además, los pueblos que allí residen utilizan lenguas y dialectos que los misioneros no conocen, lo cual hace muy difícil la comunicación con los fieles.

“El territorio de la parroquia es enorme y difícil de transitar por el terreno accidentado. A pesar de ello, trato de llegar a todos los 1.600 fieles, visitando cada pueblo una vez cada dos meses. Nuestra actividad es complicada porque los misioneros no hablamos las lenguas tribales, pero nos acompañan en el trabajo cotidiano católicos y catequistas que desarrollan el rol de intérpretes”.

Ayuda espiritual y económica

Cada comunidad es autónoma, aunque a veces necesitan ayuda económica de los misioneros. “En comparación con lo que sucedía hace algunos años, la situación en los pueblos ha mejorado.  Aunque joven, la fe de los tribales está estrechamente ligada a los sacramentos, a la oración y a las celebraciones religiosas. Por eso, los católicos sienten la necesidad de nuestra presencia como sacerdotes, y, poco a poco, se liberan del miedo que su anterior creencia religiosa infundía en ellos”, afirmó Bolgan.

Sin embargo, a causa de las dificultades económicas, que empujan a la gente a mudarse a las grandes ciudades, cuesta mucho asegurar la presencia de catequistas en cada pueblo. “Lo mismo pasa con los chicos que alojamos en nuestros centros: una vez que terminan la escuela suelen irse a otro lado y no vuelven a sus comunidades de origen. Sin embargo, es fundamental que estos jóvenes reciban una educación cristiana que los lleve a ser líderes para los católicos en un futuro”.


El padre Bolgan prosigue la labor de Zimbaldi

Las numerosas conversiones que se producen entre los pueblos que residen en el norte alimentan a la joven Iglesia tailandesa y constituyen un cambio radical en la vida de las tribus. “Son varios los motivos que impulsan a estas tribus a buscar el contacto con los misioneros”, explica Bolgan. “Uno de ellos es la educación de los niños, que los pueblos no pueden impartir por su cuenta por falta de estructuras. El único modo de hacer que los jóvenes estudiasen era confiarlos a los centros educativos dirigidos por el padre Giovanni en Fang y en Mae Suay”.   

Miedo a los espíritus y a las antiguas tradiciones
Otro aspecto a tener en cuenta es el deseo de liberarse de la influencia y del miedo a los espíritus, presente en estas poblaciones. El testimonio de los pueblos que ya han tenido contacto con los misioneros y, por otro lado, los beneficios que las comunidades cercanas han obtenido a partir del abandono de las creencias tradicionales, empujan a los tribales a acercarse a los sacerdotes. “Una vez acogidos en las cabañas, éstos retiran los ídolos y los objetos sagrados, antes de comenzar un camino de conversión que se inicia con la enseñanza de las oraciones y de los sacramentos”.

“Al vivir un nexo fuerte con la naturaleza, los tribales son atraídos por la idea de un Dios Creador, propia del cristianismo”, comenta Bolgan. “La imagen de un Dios que además es Padre, que ama al hombre, es otro aspecto que los conmueve mucho, que conquista su corazón”.



Sentimiento de pertenencia
La conversión a una nueva fe infunde en los tribales, que padecen el prejuicio de gran parte del pueblo tailandés, la alegría de pertenecer a una familia más grande: la Iglesia universal. “En los pueblos católicos, cuando hablamos de la Iglesia, los misioneros nos referimos a algo que supera los límites de las comunidades y de las naciones".

"Al mirar las imágenes del Papa y de los cristianos de todo el mundo, los tribales se sienten orgullosos de formar parte de la familia católica. En esta zona hay muchos protestantes, misioneros provenientes de los Estados Unidos y de Corea del Sur, pero la diferencia de advierte, porque ellos están un poco encerrados en sus comunidades, mientras que los católicos abrazan al mundo”, concluye el padre Bolgan. 

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