Jueves, 14 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

El cardenal Zen, de Hong Kong, señala los puntos turbios de la exigencia china de registrar al clero

ReL

El cardenal Zen señala todos los abusos de las autoridades comunistas chinas que utilizan a su favor los acuerdos con el Vaticano
El cardenal Zen señala todos los abusos de las autoridades comunistas chinas que utilizan a su favor los acuerdos con el Vaticano

El cardenal Joseph Zen Ze-kiun, arzobispo emérito de Hong Kong, de 87 años, que pastoreó esta diócesis de 2002 a 2009, ha difundido un análisis señalando los aspectos oscuros de la nueva normativa china que obliga a registrar a todo el clero católico... y castiga al que no colabora. Lo ha difundido a través de la agencia AsiaNews.

Dudas del Cardenal Zen sobre las Orientaciones pastorales de la Santa Sede respecto al registro civil del clero en China

por Joseph Zen Ze-kiun, arzobispo emérito de Hong Kong

En los párrafos 1 y 2, el documento expone el problema y los lineamientos generales para resolverlo.  El problema es que el gobierno reniega de sus promesas de respetar la doctrina católica, y en el registro civil del clero, casi siempre exige aceptar el principio de independencia, de autonomía y de auto-administración de la Iglesia en China (que debiera completarse con lo que la carta del Papa Benedicto XVI dice en el punto 7, párrafo 8: “...que obligan a las personas implicadas a asumir actitudes, a realizar gestos y a adquirir compromisos que son contrarios a los dictámenes de su conciencia como católicos”).

Frente a una situación tan compleja y que no siempre es la misma en todas partes, la Santa Sede brinda un lineamiento general sobre cómo comportarse: por una lado, no pretende forzar la conciencia de nadie y por ello pide (omitiendo decir, explícitamente “al gobierno”) que se respete la conciencia católica; por otro, plantea como principio general que “la clandestinidad no está contemplada en la normalidad de la vida de la Iglesia”, es decir, lo normal es que se salga de ella. 

En cuanto a la cita de la Carta del Papa Benedicto XVI en su punto 8, párrafo 10, me permito transcribir el párrafo casi completo: 

a. “Algunos de ellos [los obispos], no queriendo someterse a un control indebido ejercido sobre la vida de la Iglesia, y deseosos de mantener su plena fidelidad al Sucesor de Pedro y a la doctrina católica, se han visto obligados a recibir la consagración clandestinamente”.

b. “La clandestinidad no está contemplada en la normalidad de la vida de la Iglesia”,

c. Y “la historia enseña que Pastores y fieles han recurrido a ella sólo con el doloroso deseo de mantener íntegra su fe”

d. “y de no aceptar injerencias de organismos estatales en lo que atañe a la intimidad de la vida de la Iglesia”.

El presbítero Jeroom Heyndrickx y el cardenal Parolin aman citar la parte b); el Papa Francisco también añade la parte c); sin embargo, me parece que también son importantes las partes a) y d).

El párrafo muestra con claridad que la no-normalidad no es una opción de los clandestinos, sino una decisión inevitable. ¡Es que lo anormal es la situación!

¿Acaso hoy en día ha cambiado esta situación? 

3. El largo párrafo 3 trata de probar que se justifica aquello que será sugerido más adelante, en el párrafo 5

Primera prueba: la Constitución

¿Qué nos dice la larga historia de persecución, a pesar de la [existencia] de la Constitución? 

Segunda prueba: Después del Acuerdo, como es lógico, la independencia ya no debe entenderse como una independencia absoluta, sino…

Ante todo, si no veo el texto del Acuerdo, me es difícil creer que realmente hayan reconocido el “rol peculiar del sucesor de Pedro”

¿Existe alguna lógica en los sistemas totalitarios? La única lógica es que, tal como fuera expresado por Deng Xiaoping, un gato blanco es lo mismo que un gato negro, siempre que sirve a los fines del Partido.  

En la etapa posterior al Acuerdo, no ha cambiado nada. Todo ha sido reafirmado oficialmente y los hechos son una prueba de ello.

Tercera prueba: El contexto del diálogo “consolidado” 

¿Pero el documento mismo no reconoce acaso que el gobierno ha renegado de sus promesas, tal como se afirma en el primer párrafo y luego en el párrafo 9 de este mismo documento?

Cuarta prueba: Todos los obispos están legitimados. 

Esto no es sino una prueba de la infinita generosidad del Papa o, quizás, de la presión de un gobierno que todo lo puede. Lo cierto es que no vemos ningún cambio en los perdonados y “premiados”; no hay signos de arrepentimiento, sino claros actos de pavoneo triunfante, mofándose de los demás por haber apostado al caballo errado.

4. El párrafo 4 dice que las razones expuestas más arriba justifican la toma de una actitud nueva. Por lo menos aquí es honesto al decir que lo que se propone es una novedad y que, por tanto, no hay una continuidad con el pasado, sino que apunta a negar el pasado en cuanto ya pasó, es decir, en tanto éste ya no es válido. 

Incluso se dice que la Santa Sede está tratando de acordar con el gobierno una fórmula (que permita matar dos pájaros de un tiro). Pero nos preguntamos: ¿una fórmula? 

Lo que se exige y se acepta no es la declaración de una teoría: es todo un sistema, un régimen donde ya no habrá libertad pastoral, sino que en todo deberán seguirse las órdenes del Partido, incluyendo la prohibición de que los menores de 18 años participen en actividades religiosas de cualquier tipo. 

5. En el párrafo 5 no hay verdaderas orientaciones pastorales. En síntesis: se acepta todo lo que exige el gobierno, posiblemente con una observación por escrito en la que se niega lo que a continuación se firma. Si poner esta observación por escrito no es posible, se la hace verbalmente, haya o no un testigo delante. Basta que exista la intención de no haber aceptado lo que, de hecho, se ha firmado

Se firma un texto contra la fe y se declara que la intención es favorecer el bien de la comunidad, una evangelización más adecuada, la gestión responsable de los bienes de la Iglesia. Esta es, obviamente, la norma general. 

6. En el párrafo 6 se dice que la Santa Sede comprende y respeta a quien, a conciencia, no acepta la regla expuesta anteriormente. Obviamente, se trata de una compasión hacia una minoría “obstinada” que aún no logra entender la regla nueva. 

7. El párrafo 7 habla de ciertos deberes de los obispos, citando un documento que nada tiene que ver con nuestra cuestión.  

8. En el párrafo 8 de dice que los fieles han de acoger la decisión de sus pastores. ¿Qué significa esto? ¿Que no tienen la libertad individual de elegir? Y su conciencia, ¿no debe ser respetada? 

A los hermanos que me preguntan  qué hacer, siempre les he dado una respuesta similar a la contenida en estas orientaciones: respetar las decisiones de los demás y permanecer firmes en la convicción de la conciencia de uno mismo. Y esto es porque no tengo autoridad alguna para imponer a los demás mis juicios sobre aquello que es justo o equivocado.

Pero la Santa Sede, ¿no tiene la autoridad y por lo tanto el deber de esclarecer esto a los miembros de la Iglesia? 

9. En el párrafo 9 se dice que la Santa Sede, mientras tanto, pide (y nuevamente omite la palabra “al gobierno”) que no se ejerzan presiones intimidatorias en relación a las comunidades católica no-oficiales, como de hecho ya ha sucedido. 

El hecho de no mencionar la palabra “gobierno” es casi como la tradicional reverencia cuando no se menciona el nombre del emperador.

Por último, se recomienda a todos discernir la voluntad de Dios con paciencia y humildad. Pero yo me pregunto: ¿entonces se ha echado por la borda la firmeza en la fe? 

Luego dice que “el camino presente también está marcado por muchas esperanzas, a pesar de las dificultades”. A mí me parece en cambio, que los hechos están destruyendo todos los fundamentos de la esperanza humana.

En cuanto a la esperanza en Dios, ésta jamás puede ir separada de la sincera voluntad de querer incluso sufrir, con tal de cumplir Su voluntad. 

Este documento ha invertido radicalmente lo que normal y lo que es anormal, lo que es un una obligación y lo que amerita compasión.  Quizás sus redactores esperan que la minoría de la cual compadecerse morirá de muerte natural. Al decir esta minoría me refiero no solamente a los sacerdotes clandestinos, sino también a muchos hermanos en la comunidad oficial, que con gran tenacidad, han trabajado a favor de un cambio, esperando ser sostenidos por la Santa Sede. 

Que el Señor no permita el cumplimiento de estos deseos, de quien quiere la muerte de la verdadera fe en mi querida patria. 

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