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Así ve estos casos Mario Binasco, del Pontificio Instituto Juan Pablo II

Los casos del hombre-serpiente, gata o niña: el «Y yo, ¿qué soy?» desvelado por un psicoanalista

Los casos del hombre-serpiente, gata o niña: el «Y yo, ¿qué soy?» desvelado por un psicoanalista
Las consecuencias psicológicas de las transformaciones corporales pueden ser devastadoras, advierte el profesor Binasco.

ReL

11 mayo 2016

El avance de la ideología de género es arrollador e implacable. Lo que hace unos años habrían parecido absurdas excentricidades empiezan a configurarse como derechos y a perturbar la más elemental racionalidad, como en el caso de las llamadas "guerras del cuarto de baño": la reivindicación de que cada cual, pudiendo elegir el sexo al que pertenece, pueda elegir también el vestuario donde cambiarse de ropa o los servicios públicos que utilizar. Un especialista ha explicado a Benedetta Frigerio en Tempi las consecuencias de esta locura en su trasfondo último de rechazo a la realidad y a esa parte de la realidad que es el propio cuerpo:

«Estamos en una sociedad que quiere eliminar el drama del yo a través del uso de la técnica que amputa y modifica el cuerpo personal y el cuerpo social». Dentro de este marco es donde se puede entender cómo, tras decenas de transformaciones, a la edad de 55 años, el ex-empleado de banco Richard Hernandez, convencido de ser una "lady dragón", inspirándose en su tótem, la serpiente de cascabel, ha hecho que le amputaran las orejas y la nariz, le tatuaran el cuerpo y le insertaran dos cuernos en la frente.


Richard Hernández, un transexual que quiere ser serpiente de cascabel.

Antes de él se había hablado de Dennis Avner, de 54 años, di Tonopah, Nevada, ex-veterano de la Marina estadounidense, que después de varias operaciones de todo tipo para intentar parecerse a un gato, se suicidó.


Dennis Avner gastó miles de dólares en intentar convertirse en gata.

Fue objeto de discusión también el caso de Stefonknee Wolscht, padre de siete hijos operado para convertirse en mujer y comportarse, posteriormente, como una niña, hasta el punto de que fue adoptado por una pareja de amigos que lo acogieron como una hija en nombre de su derecho a vivir como se sentía.


Stefonknee Wolscht, padre de siete hijos, consiguió ser adoptado como niña de seis años.

Hablamos de todo ello con Mario Binasco, psicoanalista profesor del Instituto Pontificio Juan Pablo II para Estudios sobre Matrimonio y Familia, en la Pontificia Universidad Lateranense.

-Además de estos casos, se multiplican las personas que dependen de la cirugía estética y las mujeres que intentan transformarse en verdaderas Barbies, modificando sus glúteos, pechos, cintura y labios. ¿Qué empuja a la sociedad a esta intervención obsesiva sobre el cuerpo, en algunos casos incluso monstruosa?
-Estos son fenómenos que confirman que el hombre está siempre en busca de su identidad, que es humana aunque se revista de símbolos totémicos animales: una identidad que se vive siempre en relación con otros humanos, un identidad a la que se quiere adherir de manera estable, que implica por lo tanto algo a lo que pertenecer.

»Sólo el ser humano tiene el problema de la identidad y, de hecho, el ser humano es el único que tiene y da nombres. Los animales tal vez tengan una identidad, pero la viven sin saber nada de ella, sin preguntarse: «Yo, ¿qué soy?».

»Nosotros sabemos que tenemos una identidad, partiendo del hecho de que tenemos un nombre: y, sin embargo, la seguimos buscando porque un ser humano no se puede reducir nunca totalmente a lo que es, no es nunca sólo él mismo: incluso para estar vinculado a sí mismo (esto quiere decir identidad) tiende siempre a adherirse al vínculo con otro que está ante él. Es una paradoja increíble: el hombre encuentra su identidad en el vínculo con otro antes que con sí mismo.

»Efectivamente, cuando nos preguntamos quiénes somos, sólo por el hecho de plantear la pregunta se la estamos planteando a alguien. El pastor errante de Asia de Leopardi [el entrevistado se refiere a la poesía de Giacomo Leopardi (1798-1837), Canto nocturno de un pastor errante de Asia, ndt], por ejemplo, para plantearse esta pregunta se dirige a la Luna y le pregunta: «Y yo, ¿qué soy?». La respuesta sólo puede venir de otro, de fuera; si no fuera así, no tendríamos ni siquiera la pregunta. Juan Pablo II dijo: «Familia, sé lo que eres», legitimando el dicho nietzschiano «conviértete en quien eres», para hablar del drama del hombre que tiende continuamente hacia algo que ya es, o bien no es o no lo sabe aún.

»Es precisamente en el cuerpo donde se anudan las cuestiones vinculadas a la identidad. Creo que el objetivo de nuestra sociedad es eliminar este drama ofreciendo al hombre de hoy, errante en un sentido diferente porque ya no habla con la Luna sino que sube a ella, la posibilidad de intervenir sobre la realidad del cuerpo a través de la tecnociencia.


Mario Binasco, psicólogo y filósofo, destaca la importancia del cuerpo en la configuración de la propia identidad y en su expresión ante los demás, pero también la necesidad de aceptar la realidad tal cual es.

-Sin embargo, el hombre que se ha identificado con un dragón ha afirmado que «yo soy lo que soy, yo soy mi creación», eliminando precisamente la posibilidad de la alteridad.
-Ciertamente, porque ha querido hacer de sí mismo un monumento, ha querido "instituirse" como dragón. Sin embargo, es evidente que no se ha operado y se ha cubierto de tatuajes, incluso eliminado partes de su cuerpo, para ser un dragón entre dragones, para vivir entre dragones. El hecho de que su acción de "cambio" se dirija al exterior y que este hombre quiera mostrarla al mundo a través de las imágenes, nos dice que está intentando afirmarse de este modo ante sí y ante los demás.

»¿Qué ventajas le permite su nueva "identidad" corpórea en el contacto con sus familiares, en el abrazo con su mujer y sus hijos? ¿O tal vez comporta un sacrificio? Sólo el hecho de que declare a un periódico que «yo soy lo que soy, yo soy mi creación» describe la necesidad de ser considerado alguien, pues en caso contrario no necesitaría decirlo. Incluso cuando afirmamos: «Por fin soy yo mismo», al decirlo admitimos otra cosa, damos un paso más allá de nosotros mismos.

»No hay nada que objetar a la invención de sí mismo; cada ser humano inventa su vida y la convierte en su identidad. El problema es si te inventas haciéndote algo a ti mismo con ese ser y esa realidad que te han sido dados, a los que te has encontrado inscrito, o rechazando de manera más o menos radical ese ser y esa realidad. Por lo tanto, yo le preguntaría: ¿qué te ha obligado a este rechazo, que había que fuera insoportable en tu condición de ser humano? La invención puede ser libre, pero rechazar la realidad es muy poco libre.

-Hace unos años, la reacción del público hubiera sido, instintivamente, unánime: «Es una locura». ¿Qué ha cambiado?
-La locura es un efecto de la libertad humana, porque es la negación inconsciente de una realidad por parte de la libertad: es una libertad llevada al límite, por lo que en la locura somos libres de todo, pero precisamente por esto lo único que podemos hacer es sufrir la vuelta a la realidad de lo que hemos rechazado, es decir, nuestra dependencia inconsciente del Otro y de la realidad.

»La locura se deduce por lo tanto del tipo de relación que uno tiene con la realidad, directa, sin mediaciones simbólicas o imaginarias, como se ve en la alucinación: en esta relación ya no eres tú el que va hacia la realidad con tus instrumentos de significado y de sentido, sino que es la realidad la que te sale el encuentro, la que se impone sobre ti sin sentido y sin pedirte permiso. En el delirio lo real se llena de cosas y de acontecimientos imaginarios, que sin embargo son más reales que la realidad compartida: ésta, privada de sentido, ya no es una casa para el sujeto. Pero esta relación de locura se establece también con tu misma realidad, contigo mismo, hasta el punto que te empuja a eliminar algo de ti, incluso a mutilarte y a matarte.

-Esto, ¿qué relación tiene con el cuerpo?
-En las sociedades del pasado las personas se disfrazaban, se tatuaban, se maquillaban y se ponían máscaras como signo de pertenencia a un tótem, a un dios o a un grupo, pero era una pertenencia simbólica, que daba un sentido social al cuerpo. En esta pertenencia el yo, o el alma como se decía en el pasado, se hacía visible; en todas las civilizaciones el cuerpo está velado como signo del hecho de que el cuerpo no es sólo algo real que se ve, sino que es eso a través de lo cual es el sujeto el que se hace visible al otro. El cuerpo revela el sujeto, no lo des-vela nunca de manera directa ni total, porque «lo esencial es invisible a los ojos», como dice Saint-Exupéry. Aquí nos deberíamos detener sobre el delirio contemporáneo de la transparencia y del “yo no tengo nada que esconder”, pero dejemos de lado esta cuestión.


La joven de la perla, de Johannes Vermeer (1632-1675).

»El cuerpo, con su aspecto y apariencia, con sus marcas o vestimenta, pide al otro poder evocar en él el deseo, el eros, el amor: piense en la sugestión y seducción ejercida por el pendiente del retrato La joven de la perla de Vermeer. Un cuerpo nos dice qué tipo de relación podemos tener con el sujeto que lo presenta en un cierto modo; por consiguiente, tiene también una función social. El uniforme del ejército, por ejemplo, nos dice mucho sobre cómo comportarnos con la persona que lo lleva, si bien no define totalmente su identidad.

»Con la llegada del siglo XX cada imagen simbólica compartida por nuestra sociedad es ignorada: los signos y las acciones humanas ya no hacen referencia a significados compartidos. Esto es fuente de disgregación.

»De hecho, cuando en un grupo de hombres que conviven falta un "otro" social compartido, que asigna significado a las acciones y signos a los que adherirse, cuando este otro al que mirar para medir el valor de nuestras acciones desaparece y cuando cada valor es puesto en discusión, ¿hacia dónde pueden mirar las personas para orientarse y entender para qué sirven las cosas y, por lo tanto, también su cuerpo y cómo pueden gozar de él de manera humana? Los únicos fenómenos sociales de compartición del valor de las apariencias corporales son las modas, es decir, la moda. Si ya no hay fines, es lo único que queda como refugio en el que encontrar un poco de consistencia. Y en dicha debilidad se ha introducido la tecnociencia, permitiendo un paso ulterior.

-¿Es decir?
-Cuando la sociedad tenía referencias compartidas a un "más allá", el cuerpo era en función de éstas, por lo que no pedías a una religiosa o a una madre que te diera la emoción estética de una modelo perfecta, sino "llevar puesto" su cuerpo para enseñar al otro y servirle. Con la introducción, en el siglo XX, de la negación de estas referencias al más allá, lo único que queda es la estética como fin en sí misma.

»Pero mientras hace algunos años nos limitábamos a asumir apariencias dictadas por la moda estética, ahora, gracias a la técnica, se actúa directamente sobre la realidad. La difusión de la anorexia a partir de la mitad del siglo pasado, por ejemplo, ya era un síntoma y un efecto de esta inconsistencia identitaria, pero con la cirugía estética hemos llegado a la amputación del cuerpo, con efectos sobre la psique de las personas que pueden ser muy traumáticos.

»Aquí está el aspecto de la locura: la técnica actúa directamente sobre la realidad del cuerpo más allá de cualquier sentido, por lo que tiende a crear condiciones de relación con la realidad tendencialmente delirantes. Obsérvese cuántos desarrollan momentos psicóticos después de someterse a una intervención de cirugía plástica.

-Son dos visiones de la sociedad totalmente opuestas. ¿Cómo se puede establecer cuál es la justa?
-No sé si podemos elegir, hay que estar en esta realidad social observando con atención cómo funciona y a qué pruebas nos expone y esto sólo podemos hacerlo partiendo de ese más allá del que hablaba antes. La sabiduría milenaria dice que en cada sociedad que quiere organizarse es necesario elegir un significado, una tarea en la que colaborar y que al menos en un determinado nivel sean reconocidos y compartidos por todos; en caso contrario, ya no es una sociedad humana, sino un campo de concentración.

»¿A qué se adhiere un hombre que se pregunta: «Y yo, ¿qué soy?»? Sin alguien o algo que le diga quién es y que existe un significado más alla de la apariencia mendaz de las cosas, ¿en qué terreno podrá caminar? Sólo le queda una alternativa: intentar salir adelante "instituyéndose" en un fugaz goce estético que haga que la pregunta sea inútil.

-¿Qué consecuencias sociales tiene esta revolución?
-Habría que preguntárselo a los sujetos en cuestión. Antes decía que la locura consiste en ver en la realidad algo "más" que se percibe como persecutorio. El hombre que sostenía que era un gato se ha suicidado y, por consiguiente, es difícil saber qué vivía dentro de él.

»Como decía antes, al hombre que dice que es un gato o un dragón le preguntaría: «¿Por qué? ¿Qué necesidad tenías de cambiar así tu cuerpo? ¿Qué es lo que no soportabas de ti? ¿A quién piensas que le gustarás sin orejas y sin nariz?». No puedo establecer con certeza si está loco sin haberle planteado preguntas, aunque exista la presencia de ese indicador que es la intervención irreversible sobre la realidad de su cuerpo.

»El transexualismo es un ejemplo de esto: la persona siente que el órgano que tiene le sobra, incluso que le persigue, por lo que lo elimina con la técnica. El límite entre la normalidad (que existe de manera muy limitada) y la locura se sitúa entre una estética extraña, en la que modificas tu apariencia, y la mutilación real del cuerpo. Pero en el fondo esto es importante sólo para los médicos apasionados de la estructura subjetiva humana: en cualquier caso, todos debemos vivir de manera humana con cualquiera que, esté o no esté loco, nos pida que existamos para él, que seamos parte de la Luna leopardiana a la que el pastor puede dirigir su monólogo.

-¿Podemos afirmar que lo que antes era considerado locura hoy en día es un derecho?

-Si el problema fuera el derecho a la autodeterminación de la persona, no estaríamos aquí discutiendo. La gente siempre se ha arrogado el derecho a suicidarse, atribuyéndoselo precisamente contra el mundo, la sociedad, Dios, etc. Pero entonces, ¿por qué se quiere legalizar la eutanasia? Porque así se le quita a la gente la facultad de adjudicarse ese derecho, cumpliendo un acto humano aunque sea límite: el derecho ahora está concedido, es dado, lo que quiere decir que también matarte es obedecer al poder. Hoy el derecho se ha convertido en la respuesta a una pregunta íntima que está prohibido plantearse y plantear: «Y yo, ¿qué soy?». Se impide así que la verdad de la persona emerja.

»El poder reconoce estos nuevos derechos para dar un espacio de inmunidad al ciudadano que está exento de obligaciones, pero también exento de plantearse y de que le planteen preguntas sobre su acción. Quién pregunta a la mujer que ha abortado es tachado de cruel y subversivo sólo porque quiere dar voz al sujeto y no a su marioneta ideológica. Del mismo modo, quien vive una discordancia sexual no puede ser preguntado y mucho menos puede preguntarse a sí mismo. ¡Imaginemos pedir ayuda! De este modo se elimina también la idea de arrepentimiento, porque pondría en crisis el orden constituido. La técnica penetra precisamente en este designio delirante; y así, interviniendo sobre la realidad, se cree que se controla a la persona eliminando para siempre su drama subversivo: «Y yo, ¿qué soy?».

Traducción de Helena Faccia Serrano (diócesis de Alcalá de Henares).
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