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La misionera Francisca Galache

«Las balas entraron en nuestra casa, mataron a 10 personas que conocía», pero no dejó a los niños

El terrorismo de Sendero Luminoso o las bandas violentas de Medellín no han frenado a esta comboniana en su trabajo con los niños más pobres. La Infancia Misionera ha sido siempre una ayuda para ella.

Pablo J. Ginés/ReL

21 enero 2013

«Las balas entraron en nuestra casa, mataron a 10 personas que conocía», pero no dejó a los niños
Francisca Galache, misionera comboniana
Francisca Galache es una misionera comboniana que ha servido más de 30 años en América Latina. Nació en Miguel Esteban (Toledo, España), se crió en Ciudad Real y entró en el noviciado con 19 años. “A esa edad yo me imaginaba en África”, recuerda, “pero luego siempre he estado en Hispanoamérica”.

De 1975 a 1983 vivió en Ecuador; después, hasta 1994, en Perú; del 2000 al 2010 en Colombia. Ahora está en España, cuidando a su madre enferma de Alzheimer, y aprovecha para participar en actividades de animación misionera.

La crisis del millón por uno
“Hay cosas en América Latina que han ido mejorando. A mí en Perú me tocó la época de terrorismo de Sendero Luminoso, y una crisis económica fuerte de verdad, que deja a la española pequeña: la recuerdan por la famosa devaluación del millón por uno. Pues bien, todo eso Perú lo ha ido remontando”, señala.

Pero hay otras cosas que han ido empeorando. Más dinero en efectivo no significa mejor nivel de vida real.

“Cuando llegué a Esmeraldas en 1975, la zona con más población negra de Ecuador, la gente no tenía dinero, pero en los pueblos se podía pescar, se recogían moluscos comestibles en los manglares, como unas almejas grandes. Tenían plátanos. No había dinero pero sí comida y estabilidad. Llegabas a un pueblo y la gente dejaba lo que estaba haciendo y venía a escuchar el Evangelio, o atender, con libertad, sin horarios”.

Hoy las cosas son muy distintas: “Ya no hay manglares ni moluscos ni huertos de plátanos, sino camaroneras y plantaciones masivas de palma. Cobran un poquito de dinero por estar todo el día en las plantaciones o camaroneras como mano de obra barata. Es difícil acordar un momento para hacer actividades con la gente. Se desestructuran las familias y se destruye el medio ambiente. Ya no hay pesca. Ha cambiado toda la cultura”.

"Las balas en nuestra casa"
Sus peores recuerdos de misiones van ligados a la violencia. “Yo estaba en Lima en la época que Sendero Luminoso realizaba secuestros y atentados. Hubo una época en que en mi barrio, en tres años, mataron a 10 personas que yo conocía, incluso a una niña de 12 años. Una vez dispararon frente a mi casa, mataron a uno, y las balas entraron en nuestra casa, dieron en nuestra pared, por dentro”. 

Atesora historias de violencia y perdón de su paso por el barrio de La Sierra en Medellín, Colombia, tan violento que se rodó un documental en 2005 sobre él (véalo aquíy ganó un premio en el festival de cine de Miami.

Hombres buenos que perdonan
“Conocí al padre de un cabecilla pandillero, un chico al que mataron, pero el padre era un hombre bueno, de enorme bondad. Conocí también una mujer llamada Leopoldina. Ella y su familia eran desplazados, reubicados en la selva, en un lodazal, dependían de la caridad, vivían en una chabolita. Les habían dado un día para marchar con lo puesto, con 6 nietos bogando en una canoa toda una noche. Pero pudieron volver 2 años después. Perdonaba, sin odio”, recuerda.

La hermana Francisca saca diversas conclusiones de su experiencia. “Hay gente muy buena, en parte por su naturaleza personal, y en parte por la fe. Porque en esos países hay una fe fuerte, arraigada. Estoy segura de que si en Colombia no ha habido más violencia es por la fe cristiana de su gente, que ha perdonado mucho.”

Lo que mata la fe
“Mi experiencia es que lo que mata la fe no es la educación, ni el progreso ni la alfabetización. Lo que mata la fe es el materialismo, es la idolatría a otros dioses, por lo general al dinero. En el caso de Colombia, esto va ligado al narcotráfico, que es quien mantiene la guerrilla”, asegura.

Al final, concluye, “la fe es una respuesta personal, que cada generación ha de conquistar. Cada generación ha de ser evangelizada y decir sí al Evangelio. También en España: la fe podría perderse si no se pasa de una generación a otra”.

Por eso, los niños son la clave del futuro y una herramienta que ayuda a muchos niños es la Infancia Misionera, que en España celebra su colecta este domingo 27. En Perú la hermana Francisca fue secretaria nacional de Infancia Misionera, y vio como los niños de allí también querían ayudar a los niños de África o de Asia con pequeñas colectas.

Un movimiento multitudinario
En Colombia, trabajó en la “Pastoral de Primera Infancia”, que no es un trabajo burocrático de despachos sino un auténtico movimiento multitudinario nacido en Brasil. Lo inició la doctora Zilda Arns en los años 80 con el apoyo de los obispos católicos. Cuando ella falleció (fue una víctima más del terremoto de Haití hace 3 años), dejó una red de 260.000 voluntarios que atendían a casi 2 millones de niños en 4.000 localidades brasileñas. Y la fórmula, eficaz y ejemplar, se había extendido a Colombia, donde hace 10 años que funciona.

“Es una forma de acompañar a madres gestantes y a niños de hasta 6 años”, explica la misionera comboniana. “En una parroquia, aunque sea muy pobre, salen 10 o 15 voluntarios adultos. Cada uno de ellos acompañará y se responsabilizará de 10 o 15 familias de su mismo barrio en situaciones de riesgo: las visitará al menos 1 vez al mes, se fijará en cómo están los niños, controlará su desarrollo. Además, se juntarán estas familias para una fiesta mensual, las madres y los niños. Se da leche, galletas, alimentos básicos a los niños. Las madres harán amigas, crearán una red de apoyos que a veces se han perdido”.

“Más adelante se pueden ofrecer microproyectos que generen algún ingreso a las mamás, cosas que ellas pueden hacer. Se enseñan técnicas de nutrición, se les enseña a preparar la multimezcla, una combinación barata de harinas, hojas, semillas y suplementos alimenticios”.

Es duro ver morir un niño
La misionera visitaba en la región de Antioquía y en otras diócesis a estas comunidades centradas en los niños más vulnerables para impartir, por ejemplo, talleres sencillos de medicina natural. “Enseñamos remedios naturales, baratísimos, para expulsar los parásitos intestinales, por ejemplo. Es muy duro ver morir un niño porque no hay dinero ni para sacar sus parásitos. Y en todos estos proyectos se parte de una base: conseguir que las personas tengan conciencia de su dignidad y de la dignidad de los niños, como seres humanos”.

Para apoyar la Infancia Misionera:
http://ompes.blogspot.com.es/2013/01/como-se-puede-colaborar.html
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