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Martes, 20 de febrero de 2018

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De Hegel a Justin Trudeau


Lo natural es acercarse a Dios, lo preternatural es alejarse de Él en primera instancia y luego suplantarle. El panteísmo que hoy llevan de la mano Trudeau, Macron y toda la hornada de vástagos del Nuevo Orden Mundial ya daba vueltas a la cabeza de Hegel.



Eduardo Gómez

14 febrero 2018

Aquellos que solo tienen fe en la razón son incapaces de explicar las razones de la fe. Hegel decía en su época poskantiana que la Iglesia no era más que una realidad política y social que despojaba al ser humano de toda capacidad para ser algo por sí mismo. Pero, en primer lugar, hay que diferenciar el hecho de ser algo por sí mismo, del adanismo creador que empodera al hombre al considerar que Dios y el mundo son uno solo, tal como los concebía Hegel. En segundo lugar, equiparar la Iglesia con una institución política no deja de ser un ejercicio de simpleza anticlerical propio de un idealista que, como todos los idealistas, es incapaz de comprender todas las ideas, mucho menos las que proceden de Dios o de lo más hondo de la humanidad, esa palabra que empieza a ser tabú en el Canadá de Justin Trudeau, casi doscientos años después de la muerte de Hegel.
 
Feuerbach (hegeliano en primera instancia y más tarde renegado del idealismo) fue aún más allá: invirtiendo los términos de la Creación, arguyó que Dios no había creado al hombre a su imagen y semejanza, sino que “el hombre había creado a Dios a su imagen y semejanza”. Semejante especulación queda refutada por la Santidad. El hombre es poseedor de la capacidad para discernir entre el bien y el mal, pero tal como muestra el pecado original desde nuestros primeros ancestros, es débil (muy débil) por naturaleza. La Santidad no es fuente de lo humano sino de lo divino. Así que el presupuesto de Feuerbach es falso.

Otra máxima de Feuerbach era que los hombres que sufren son los que han inventado o seguido a Dios. En cualquier caso, la Historia demuestra justamente lo contrario; véase la trayectoria de San Francisco de Asís (que dejó una vida fácil y acomodada para seguir a Cristo) o del mismísimo San Pablo, de perseguidor a seguidor. Los discípulos y seguidores del Señor, como siempre, dejando en mantillas a idealistas y renegados del idealismo.
 
Recientemente, el primer ministro canadiense Justin Trudeau corregía a una joven que le hablaba de "humanidad" para decirle que lo correcto era decir “genteidad”, por aquello de que la palabra en ingles (mankind) pudiera no ser inclusiva con ambos sexos. Sin embargo, tal afirmación, allende a la corrección política, tiene un trasfondo temerario, puesto que la dignidad humana la confiere Dios, pero los derechos de las “gentes” los otorga el Estado. En el fondo del asunto, la idea de civilización de Trudeau no es muy distinta a la de Hegel, pasando por Feuerbach. Es, en cambio, una síntesis de ellas: el hombre duda sobre las instancias superiores a su ser, después ‘descubre’ que él ha creado a Dios, finalmente, en consecuencia, no le necesita y se convierte en el creador de su propio ser, en su propio dios. Ese prototipo de hombre actual ha construido un antidios a la imagen y semejanza de sus debilidades.
 
Lo natural es acercarse a Dios, lo preternatural es alejarse de Él en primera instancia y luego suplantarle. El panteísmo que hoy llevan de la mano Trudeau, Macron y toda la hornada de vástagos del Nuevo Orden Mundial ya daba vueltas a la cabeza de Hegel. Al menos el famoso planteamiento hegeliano “tesis-síntesis-antítesis” tiene alguna utilidad; la de poder explicar todo ese dislate existencial:

-Tesis: Hegel
-Antítesis: Feuerbach
-Síntesis: Trudeau
 
Moraleja: los modernos como Trudeau siempre fueron muy antiguos.
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