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Miércoles, 22 de noviembre de 2017

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Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, evoca su formación y destaca la importancia de Santo Tomás

Germán Masserdotti / ReL

22 agosto 2017

Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, evoca su formación y destaca la importancia de Santo Tomás
Monseñor Aguer se reconoce heredero de la gran tradición tomista argentina en el siglo XX.
El 4 de abril su cumplieron 25 años de la ordenación episcopal de monseñor Héctor Rubén Aguer, arzobispo de La Plata (Argentina), recibida en 1992 en la catedral de Buenos Aires de manos del cardenal Antonio Quarracino (1923-1998). A él consagró unas palabras en la misa celebrada en el Seminario Mayor San José de La Plata: “Quiero expresar una mención del recuerdo siempre vivo que guardo del cardenal Antonio Quarracino, sobre todo de su bonhomía y de su sentido común; lo considero mi padre en el episcopado, aunque yo no descuelle en estos dos valores suyos”.

El 21 de abril se ofició una misa de acción de gracias presidida por monseñor Aguer y concelebrada por numerosos obispos y sacerdotes en la catedral de La Plata. 
El Papa Francisco envió un saludo especial: “Con todo gusto queremos enviarte, Venerable Hermano, unas palabras de cercanía espiritual y de acción de gracias, alegrándonos contigo en el Señor, que se ha dignado colmarte de tantos dones en tu vida y en tu itinerario pastoral, y que tú has procurado acrecentar con ánimo agradecido y dispuesto”.

Con este motivo, Germán Masserdotti, filósofo, antiguo profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Católica de La Plata y miembro de la Sociedad Tomista Argentina, ha entrevistado a monseñor Aguer sobre sus orígenes familiares, su formación humanística, el paso por el Seminario Metropolitano de Buenos Aires y su itinerario de estudios y magisterio teológico.
 
-Una de las particiones de su escudo episcopal evoca el Camino de Santiago en su paso por el Béarn, el país del Soule y la Navarra francesa, la tierra de origen paterno. ¿Cómo llegaron los Aguer a la República Argentina?
-Mi bisabuelo Aguer tuvo 12 hijos. De ellos vinieron a la Argentina: Pierre Constant (Constante, como lo llamaban porque ya el mayor era también Pedro), Marcelo, Juan, Catalina y el mismo Pedro. A todos los conocí siendo yo niño. Especialmente a Catalina, a la que en mi adolescencia visitaba con frecuencia. Supongo que habrán ido llegando en los últimos años del siglo XIX y primeros del XX. Recuerdo que mi abuelo Constante trajo de Francia a un tío suyo, Jean Hourdebaigt, bearnés, que hablaba poco y con dificultad el castellano; yo lo llamaba “el viejito”.


 
-¿Recibió la formación religiosa de su familia? ¿Sus padres tuvieron algo que ver con la llamada al sacerdocio?
-Por razones de la tempranísima viudez de mi abuelo y de su trabajo, sus hijos no recibieron una formación religiosa. Fue mamá quien me inscribió al catecismo en la parroquia San Francisco Solano, cuando yo tenía 7 años; a esa edad hice la Primera Comunión. Mis padres fueron ajenos a mi discernimiento vocacional; se preocuparon, eso sí, de que recibiera una buena instrucción y educación, y mamá cuidó que además estudiara inglés y varios años de dibujo y pintura. Papá siempre tuvo dos trabajos; mamá era la señora de la casa, donde tenía tantísimo para hacer y para ocuparse de mí y de mi hermana, ocho años menor.
 
-El ambiente social durante su infancia era más cristiano que en nuestros días. ¿Cuánto influye en la formación de un niño y un adolescente ese ambiente?
-El ambiente familiar, social y cultural influye enormemente en la formación de un niño. No podría afirmar que entonces dicho ambiente fuera más cristiano que en nuestros días; era más humano, era normal. Doy gracias a Dios de haber nacido en un hogar sencillo, y de haber tenido los padres que tuve. Tengo la impresión de que la Argentina fue siempre un país de paganos bautizados. Aunque se respetaba a la Iglesia (salvo los ataques de Perón en su segundo gobierno). En la actualidad es claramente peor, ya que se ha destruido el orden natural, hasta por ley, todo lo cual hubiera resultado escandaloso 70 años atrás. Recuerdo una frase extraordinaria de Eva Perón, en un mensaje dirigido a un Congreso de Mujeres celebrado en Barcelona en 1946, si la memoria no me falla: “El nuestro será el siglo del feminismo victorioso [se refería al siglo XX]; la victoria del feminismo consiste en la indisolubilidad del matrimonio y la presencia de la mujer en el hogar”. Hoy sería repudiada hasta por su propio partido (si es que existe), pero la discutida Evita, que fue sin duda una mujer extraordinaria, en esto tenía toda la razón. Aquello era un logro del humanismo cristiano.
 
-En 1964 comienza el estudio de las Humanidades y Filosofía en el Seminario Metropolitano de Buenos Aires, en Devoto. ¿De qué modo lo ayudó la formación previa para aprovechar mejor los cursos? La secundaria, por ejemplo en nuestros días, a veces es más un impedimento que un auxilio. ¿Fue así en su caso?
-Fui alumno de las escuelas estatales, que en aquella época eran muy buenas, aun las de barrio, como aquellas a las que concurrí. Tuve excelentes maestras y profesores. En lo referente a las Humanidades, puedo reconocer el aporte del doctor Natalio Pisano en Historia (3 años) y el de Susana Navarro Lahitte en Literatura Española. El secundario no era obligatorio y había examen de ingreso, con un curso previo de preparación. Mis padres estaban orgullosos porque arrebaté todos los premios.
 
-El comienzo de los estudios en el seminario puede vincularse con los años del Concilio Vaticano II –un tema al que podríamos volver más adelante–. ¿Cómo vivía un joven seminarista de Buenos Aires ese acontecimiento eclesial al que algunos señalan como “un antes y un después” en la historia de la Iglesia? ¿Se vivía, en concreto, como un “antes y un después”?
-Durante el desarrollo del concilio ecuménico, lo que discutían los padres conciliares en el aula solía ser materia de discusión entre los seminaristas al día siguiente. A la luz de mi experiencia posterior de empeño en la formación sacerdotal, pienso que aquello no era positivo, creaba un clima de provisoriedad, de inseguridad; también de división. Sin embargo, no he conservado la impresión de “un antes y un después”. En todo caso, esa situación apareció claramente más tarde, cuando el Concilio verdadero fue, por muchos, reemplazado por el “espíritu del Concilio”, a pesar del admirable magisterio del Beato Pablo VI, que intentaba, con sus catequesis y sus iniciativas pastorales, poner las cosas en su punto.
 
-También son los años del Mayo francés (1968), de los documentos finales de Medellín (1968), de la aparición del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, de una Argentina que no podía dejaba de recibir el influjo de los acontecimientos internacionales, tanto en lo que se refiere a la vida de la Iglesia como del mundo.   
-El año 1968 fue muy particular. El Santo Padre lo declaró Año de la Fe, y el Credo del Pueblo de Dios resumía las verdades católicas que es preciso creer siempre, y que eran puestas en riesgo por las opiniones de algunos teólogos que hicieron mucho daño, además de la multitud de macaneadores que se jactaban de ser intérpretes del Concilio. Aunque no podría reproducir los términos exactos me impresionaron unas palabras de Pablo VI: “Nosotros esperábamos una floreciente primavera, y sobrevino un crudo invierno”. Recuerdo de ese 68 –yo estaba en primero de Teología– mi primer contacto con Kierkegaard: me impresionó su Ejercitación del cristianismo, una especie de Imitación de Cristo luterana. Siempre la lectura del gran danés me hizo mucho bien. Cornelio Fabro, el gran renovador del tomismo en el siglo XX, estudió danés para traducirlo. La edición italiana del Diario nos permite asomarnos al corazón de ese gran cristiano.
 
-En esos días -¿podrían calificarse de “contestatarios”?-, usted y otros compañeros del seminario resuelven traducir el Curso de Metafísica de Cornelio Fabro. ¿Eso no resultaba ir contra la corriente del ambiente eclesial de entonces? La filosofía, Santo Tomás de Aquino y su obra en particular, parecían estar “bajo examen” y con perspectivas de ser “liquidados” según el pensamiento y las intenciones de algunos.
-La traducción del Curso de Metafísica de Cornelio Fabro fue una iniciativa mía. El texto era un apunte de clase que estaba muy deteriorado. Creo que me lo dio Marcelo Sánchez Sorondo. Aunque me ocupé de revisar y poner a punto todo el texto, trabajaron en la traducción Antonio Marino, Pablo Gazzarri y Ricardo Román. El libro tuvo después una difusión enorme entre estudiantes de filosofía de distintas facultades. Ya no poseo ni el original ni la traducción. No recuerdo que haya producido en el seminario ninguna conmoción especial, al contrario, porque –además– no reinaba un clima antitomista; en filosofía, por lo menos, ocurría todo lo contrario.


El sacerdote italiano Cornelio Fabro (1911-1995) fue uno de los grandes filósofos tomistas del siglo XX.

-¿A quién considera sus “formadores esenciales” en los años de Seminario? Hay personas que dejan “huella” en la vida de uno.
-Cuando entré al seminario llevaba el aporte del querido padre Julio Meinvielle, que iniciaba a los jóvenes en la lectura de la Suma Teológica. Muchas veces le oí decir que a Santo Tomás hay que estudiarlo en sus textos, no en manuales real o supuestamente “tomistas”. Monseñor Carmelo Giaquinta, que fue mi director espiritual en los primeros años, me transmitió el amor a los Padres de la Iglesia; recuerdo su entusiasmo al exponer a San Ignacio de Antioquía. No puedo olvidar al padre Rafael Tello, un aristotélico-tomista con el cual mantuve innumerables y larguísimas charlas filosóficas. Monseñor Eduardo Briancesco, que dictaba Historia de la Filosofía Medieval, me introdujo años después como colaborador en su cátedra de la Facultad. De él aprendí un método de lectura de textos medievales; él lo desarrolló en un seminario inolvidable sobre la trilogía moral de San Anselmo (De veritate, De libertate arbitrii y De casu diaboli) que luego intenté aplicar al De Veritate de Santo Tomás.
 
-A propósito de Santo Tomás y su obra, ¿qué recuerdos conserva del padre Julio Meinvielle? ¿Asistía a esos famosos cursos sobre la Suma de Teología?
-Ya me he referido al padre Meinvielle y los encuentros de los domingos a las 10 de la mañana en la Santa Casa de Ejercicios, de Independencia y Salta, de la que era capellán (yo iba en tranvía desde mi casa). Allí conocí a amigos que he conservado hasta el presente, entre ellos monseñor Antonio Marino, el doctor Daniel Menazzi, el doctor Alberto Solanet y otros a los que recuerdo con afecto, aunque hace décadas que no los veo.


El sacerdote porteño Julio Meinvielle (1905-1973) formó a generaciones de jóvenes en el estudio de la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino e iluminó desde su magisterio en numerosos libros los principales problemas políticos, sociales y culturales de su tiempo.

-En 1968 termina el estudio de la filosofía y comienza con la teología. ¿Cuáles eran sus intereses académicos?
-¿Intereses académicos? Yo era un muchacho en el 68 y lo que hacía era estudiar lo que se me presentaba programáticamente. Además del descubrimiento de Kierkegaard debo mencionar algo que, en realidad fue mucho más importante: la lectura de San Agustín, que ya venía desde los años del filosofado. Era mi “lectura espiritual”, como entonces se decía. Leí completa las Enarrationes in Psalmos, que luego me proporcionó el tema de mi licenciatura. Sin olvidar, claro está, las Confessiones.
 
-Entre 1965 y 1967 estudia también Lengua Hebrea. ¿Su interés por las Sagradas Escrituras estuvo desde los comienzos? ¿Tuvo que ver algo el nuevo impulso dado por el Concilio Vaticano II a los estudios escriturísticos? Podría pensarse en la constitución Dei Verbum, por ejemplo.
-El interés por la Sagrada Escritura y sobre todo por el Antiguo Testamento me viene de las clases espectaculares en todo sentido del padre Jorge Mejía, luego arzobispo y cardenal. No podré olvidar jamás sus cursos sobre la Ley en el Pentateuco, Profetas, con el detallado comentario de los Cánticos del Servidor de YHWH de la segunda parte de Isaías, y el estudio que nos ofreció sobre los Salmos. Él dictaba un curso de Lengua Hebrea que, por razón de las circunstancias, no podía sino ser la presentación de las características de ese idioma bíblico. Nos sugirió, a los que quisiéramos aprender hebreo, concurrir al Departamento de Estudios Bíblicos del Instituto de Cultura Religiosa Superior. Así lo hicimos varios, Marino, Gazarri, Román y yo. Lo dirigía el reverendo padre Severino Croatto, C.M., que años después abandonó el ministerio. El griego bíblico que exponía el padre Miguel Mascialino mostraba las variantes; no fue un curso importante y poco después también abandonó el ministerio. El clásico lo aprendí con un hermano suyo, el doctor Lorenzo Mascialino, profesor de la UBA [Universidad de Buenos Aires]; el curso fue muy intenso; en el examen final había que analizar y traducir un pasaje del diálogo platónico Ion, sobre la poesía. La posibilidad de acceder a los textos originales permite gustar más profundamente la Palabra de Dios y descubrir una multitud de detalles significativos.
 
-Obtuvo la licenciatura en Teología. ¿De qué tema se ocupó? ¿Pensaba continuar con el mismo asunto en el doctorado?
-Preparé la tesis de licenciatura y cumplí con los requisitos previos mientras ejercía el ministerio pastoral en las parroquias Inmaculada Concepción de Belgrano, y San Pedro González Telmo; nunca obtuve facilidades de tiempo para dedicarme a ello. El tema provino de mis lecturas de San Agustín: Infirmitas Christi [La debilidad de Cristo] en el comentario agustiniano de los Salmos.
 
-Llama la atención que no se haya doctorado. Por cierto, incluso en el ámbito eclesiástico, no es frecuente encontrar vocaciones intelectuales como la suya. Usted es una rara avis en el ambiente científico teológico argentino. ¿O no tanto?
-Si no me doctoré fue porque no se me concedieron las oportunidades necesarias. Cuando terminé la licenciatura, a través de una vinculación circunstancial, se me ofreció una beca para completar los estudios en la Facultad de Teología de la Universidad de Friburgo de Suiza, que estaba a cargo de los dominicos; en aquella época enseñaban en ella filósofos, teólogos y biblistas extraordinarios. Le escribí al padre Jean-Hervé Nicolas, OP, que era el decano, el cual estuvo dispuesto a admitirme como discípulo suyo. Cuando presenté el proyecto a mi arzobispo, que era el cardenal Juan Carlos Aramburu, me contestó: “¡De ninguna manera! ¡Mis sacerdotes sólo estudiarán en Roma! Buscate una beca en Roma”. Esto, obviamente, no estaba a mi alcance. Meses después se creó la diócesis de San Miguel, y el obispo designado, monseñor Horacio Alberto Bózzoli, me pidió ir a colaborar con él. Estuve allá casi 14 años. Entre tanto enseñaba en la Facultad de Teología: asociado a monseñor Briancesco dictaba en su cátedra de Virtudes Teologales el Tratado de la Esperanza y los Dones del Espíritu Santo. Más tarde se me confió el Tratado de la Gracia, que expuse durante varios años, aun durante el primer año de mi episcopado, como me lo solicitaron. También con una beca del CONICET [Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas] había trabajado varios años en el Instituto de Filosofía Práctica, que dirigía en Buenos Aires el doctor Guido Soaje Ramos. Fue allí donde estudié y escribí mis conclusiones sobre las cuestiones 1-6 y 10 del De Veritate tomasiano.
 
»Cuando el cardenal Quarracino fue arzobispo de Buenos Aires quiso “repatriarme” y dejar que entonces cumpliera con esa supuesta “vocación intelectual”, pero rápidamente se le ocurrió hacerme obispo auxiliar. Tenía 48 años, y la Providencia misteriosa del Señor me indicaba otro camino. Que se me diga que soy una rara avis me deja perplejo; ¿qué ambiente teológico argentino, si yo no cuento en él, no existo? Además he tenido que ocuparme de las cuestiones más variadas, más por deber pastoral que por gusto. Soy un “especialista en generalidades”. Por otra parte, aspiro a aquella sabiduría que no se adquiere principalmente en el estudio. La tradición habla de studium sapientiae, entrega, dedicación fervorosa a su búsqueda en el amor a Jesús y la intimidad con él. En cuanto a la teología pienso en lo que escribió Orígenes en su Perí eujés [Tratado de la oración]: “Si oras verdaderamente eres teólogo; y si eres teólogo orarás verdaderamente”. Es muy difícil llegar a eso. Me atrevo a señalar un caso: el Papa Ratzinger, hombre de Dios y gran Doctor de la Iglesia. Su obra teológica y su trayectoria personal indican –en mi opinión- que él lo logró.
 
-¿Qué balance haría de los años de seminario? ¿Pudo aprovechar esa experiencia para el Seminario de la Arquidiócesis de La Plata?
-Todas las experiencias, aun aquellas que parecen insignificantes, pesan en la vida a medida que transcurren los años. Advertí que mis años de seminarista no habían sido muy positivos en algunos aspectos. En el Seminario Diocesano de San Miguel, cuya creación y conducción me confió monseñor Bózzoli siendo yo muy joven, procuré plasmar lo que el Vaticano II expresó tan sencillamente, y tan bien, en el decreto Presbyterorum Ordinis: una teología y una espiritualidad del clero diocesano. Es lo mismo que desde hace 19 años procuro hacer en La Plata ocupándome cercanamente de este histórico seminario, que produjo hombres como Quarracino, Primatesta, Rau, Derisi, Pironio, Ponferrada, Blanco y tantos más. Desde hace unos años me he preocupado especialmente de que un buen número de jóvenes sacerdotes se preparen en centros destacados del exterior para continuar la tradición de excelencia académica que ha caracterizado al Seminario Mayor San José.
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