Lunes, 26 de julio de 2021

Religión en Libertad

Habla el padre de una chica que sigue en los miguelinos: «Aquello de Iglesia cada vez tenía menos»

Abraham Coco/ABC

Miguel Rosendo, creador de Orden y Mandato de San Miguel con algunas chicas de la organización
Miguel Rosendo, creador de Orden y Mandato de San Miguel con algunas chicas de la organización
A Joaquín García nunca la terminaron de encajar las piezas de un puzzle llamado Orden y Mandato de San Miguel Arcángel.

Ha sido siempre un hombre de Iglesia y el hermético y rígido funcionamiento del grupo le llevó a sospechar pronto, mucho antes de que la diócesis de Tui-Vigo decidiera apartar al líder y fundador, Miguel Rosendo, el pasado mes de marzo por conductas que se parecían demasiado a las de una «secta».

Joaquín, como decenas de pontevedreses que pertenecieron a este colectivo asentado en Oia y del que hoy quedan rescoldos en Madrid, han guardado un doloroso silencio durante años. Prefirieron la cautela y la discreción. Hasta esta semana.

Primero advirtieron al obispo, que tomó buena nota y no tardó en intervenir al constatar que los rumores eran más que eso.

Después, contrataron un detective privado cuyas pesquisas terminaron en los juzgados de Tui, donde este domingo declarará Rosendo tras haber sido detenido el pasado jueves en la localidad madrileña de Collado Villaba. Le rodean sospechas de asociación ilícita y una retahíla de acusaciones pendientes de ser probadas que van desde los abusos sexuales hasta la estafa.

Fue Joaquín quien llevó a su hija Lorena a Orden y Mandato y es Joaquín quien hoy lo lamenta. No imaginaba que aquella decisión le iba a costar una hija que hoy continúa fiel en San Lorenzo del Escorial al líder arrestado. Allí vive junto a otros miembros emigrados de Galicia disfrazada de monja, pues el colectivo con el queRosendo ha intentado reflotar a su organización, conocido como La Voz de Serviam, no forma hoy parte de la Iglesia.



Joaquín García estaba contento de la devoción religiosa
de su hija y al principio le gustaba Orden y Mandato de
San Miguel, pero luego fue descubriendo cosas extrañas

—¿Confía en recuperar a su hija?
—Sería maravilloso, pero ahora mismo las esperanzas más bien son escasas. Tristemente es así la realidad. Yo estaría encantado de recuperarla y de que reconduciese su vida como religiosa si ella quiere o por otro camino.

Pero Lorena no quiere. E incluso, en la última conversación telefónica que mantuvieron el pasado 25 de noviembre, advirtió a Joaquín:«Papá, o te separas de ese grupo [en alusión a los familiares que habían comenzado a movilizarse para denunciar esta supuesta secta] y te mantienes al margen o te olvidas de que tienes una hija».

En una generosa charla con ABC, Joaquín explica cómo comenzó el calvario para él. «Tristemente, ella conoció el grupo a través de mí». Joaquín sabía de Orden y Mandato porque es una persona activa en la diócesis viguesa. Existía ya desde los 90, pero hasta 2009 no se constituyó como asociación pública de fieles, la forma de pertenencia a la Iglesia habitual en grupos como, por ejemplo, las cofradías de Semana Santa.

Joaquín le propuso a Lorena participar en la fiesta anual que Orden y Mandato realizaba en lugares diferentes. «A partir de ese momento, quedó enganchada y poco a poco la fueron absorbiendo». Primero unas horas a la semana, después al día, más tarde los sábados y domingos. Nada fuera de lo habitual, no obstante.

«Su labor era fenomenal, increíble. Colaboraban con enfermos y minusválidos, mi hija participaba en la pastoral penitenciaria e iba a la cárcel de A Lama o a un piso de acogida en Vigo para presos en tercer grado».

Un jueves marchó a unos «ejercicios espirituales» y cuando el sábado regresó, anunció que quería formar parte de las religiosas de Orden y Mandato: «Decidió entrar de una manera rarísima».

Y Joaquín no paraba de preguntar. ¿Cómo iba a ser eso si la asociación no estaba formalizada como orden religiosa, del estilo de carmelitas o franciscanas, para poder ser monjas? Sólo contaba «con el permiso del obispado para vivir en comunidad a modo experimental como paso previo a una futurible fundación». Lorena tenía entonces 30 años. «Cuanto más le insistía, más rápido tenía que marcharse. No podía esperar ni un día, ni veinte ni un mes».

Entonces se agudizaron las rarezas: «Te decían que entraba a formar parte de una familia y que con la de fuera iba a tener sólo contactos muy esporádicos». Y así fue:«una llamada al mes —que Joaquín realiza cada día 25— y, cada cuatro meses, una visita siempre controlada por una tercera persona, primero en la ‘Casa Madre’ de Oia y luego en un locutorio», pues pasaron a ocupar un antiguo convento deshabitado en Vilariño, que se mantenía de forma paralela a la fortaleza principal ahora vacía, que fue registrada el viernes y que ha sido señalada como lugar de las supuestas vejaciones, donde vivían familias enteras, personas mayores, jóvenes, pseudoreligiosos...

«Hablaba con amigos de la Iglesia y me preguntaban cómo era posible que en tantos años mi hija no hubiera venido ni un sólo día a casa, que no me llamara alguna vez porque le apeteciera más allá del día del santo, del cumpleaños...».

Había tantas voces de alarma que «la diócesis comenzó a tomar medidas desde el verano de 2012». Encargó un análisis a un sacerdote que comenzó a frecuentar el lugar.

Terminó con Rosendo apartado este año:«Él lo aceptó, pero afirmaba que todo eran calumnias y montajes».

«El informe confirmó las sospechas de que había algo que no iba en relación con la moral católica ni concordaba con los estatutos».

Muchos abandonaron; los menos (unos treinta) aún siguen bajo la dirección de una comisario episcopal, y algunos (unos cuarenta, entre ellos Lorena) se fueron a Madrid con Rosendo, «a pesar de que el obispo les pidió expresamente que se quedaran a esperar siempre pensando en que eran víctimas inocentes». Ese es el instante en que dejan de ser un grupo católico.

Intentaron buscar cobijo en la archidiócesis de Madrid y comenzaron a acudir como coro en diferentes parroquias, pero su nuevo prelado, Carlos Osoro, les cerró el paso con un comunicado en noviembre.

En agosto, Joaquín había visitado a su hija, que insiste en que «allí está muy bien y todo es maravilloso». Él la avisó:«Le dije que cuando esto se supiera iba a ser un escándalo nacional. Lo asumió». Tras las detenciones, no ha intentado contactar con ella. «Hay compañeros que sí: a algunos no les han cogido el teléfono y a otros les han colgado».

Se reparten en al menos tres casas, según estima el progenitor: el Escorial, Collado Villalba y otro piso donde habría personas a las que han «perdido la pista».

Planes frustrados y control
Lorena tiene hoy 35 años y, aunque estudió Informática Técnica de Gestión en Orense, no terminó el proyecto de fin de carrera que planeaba iniciar cuando comenzó a vestir un hábito sin ser monja.

«Le dejaron sacarse el carnet de conducir, pero le dijeron que la carrera no le hacía falta para nada dentro del grupo». Joaquín no se resignaba: «Yo estaba orgulloso de que mi hija fuese religiosa. ¡Bendito sea Dios! Estaba encantadísimo. Pero te das cuenta de que eso de Iglesia cada vez iba teniendo menos».

Su hija pensará lo contrario porque «les dicen que todo es un montaje organizado por sus familiares».

—¿Usted conocía a Miguel?
—A raíz de entrar mi hija en el grupo mantuve contacto con él.

—¿Lo veía como una persona normal?
—Sí, complemente normal y aparentemente sencilla. Creyente, te transmitía tranquilidad, paz... Una persona de esas que te hacen sentir bien, las cosas como son. Y veías que el grupo trabajaba haciendo una labor social enorme. Pensabas que no podía ser malo.

—Hasta que habla con otros...
—En el grupo había como un pacto de silencio. No se hablaba de nada que no quisieran los dirigentes. Tengo anécdotas de haber salido de un locutorio con mi hija y a la media hora me llamaba Miguel con comentarios sobre cosas que yo había estado hablando con ella. Era un control íntimo impropio de una asociación religiosa.

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