Lunes, 19 de agosto de 2019

Religión en Libertad

Un lugar privilegiado para el estudio y la formación

Cuatro antiguos escolanes del Valle de los Caídos evocan sus años como «niños cantores de Dios»

Un sacerdote, un estudiante de Periodismo, otro de Historia, un músico: todos recuerdan con agrado la etapa más feliz de su vida.

Los escolanes entran con 8-9 años y salen con 1314.
Los escolanes entran con 8-9 años y salen con 1314.
"Recuerdo las cabañas que hacíamos en el bosquecillo, las guerras de piñas, las risas cogiendo peces en el riachuelo, los conciertos de Navidad, las excursiones, los paseos, los bocatas de ventresca de atún en pan Filiberto (en honor al monje que hacía el pan)": Joaquín Cañas, 24 años, con el título profesional de piano y a punto de licenciarse en Periodismo, recuerda con indisimulada nostalgia los años que pasó en la Escolanía del Valle de los Caídos, y que compartió con otros dos hermanos que también estudiaron allí.

Parece una sensación generalizada entre quienes han pasado por ese peculiar internado, y Antonio Miguel Jiménez Serrano, 20 años, estudiante de Historia y de Latín, añade algunas experiencias: "Siempre echaré de menos las tardes de buen tiempo jugando al fútbol, en las que incluso alguno de nuestros profesores se unía, o a las chapas, o a un ´polis y cacos´, o las carreras de barcas por el riachuelo que pasa junto al campo de fútbol".

"Éramos como una familia, nos lo pasábamos genial, jugando, cantando y también compartiendo los estudios", completa desde Roma, donde cursa la licenciatura en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico, el sacerdote Bernardo López Díaz, 29 años, a punto de cumplir el primer lustro desde su ordenación en la diócesis de Córdoba por monseñor Juan José Asenjo.

En cuanto a Cristian Álvarez Navarro, 21 años, estudiante de Enseñanzas Artísticas Superiores, profesor de Lenguaje Musical en la Escuela Musical Mayeusis y cantante en diferentes orquestas de Castilla y León, la frase de síntesis lo dice todo: "Mi estancia en la Escolanía fue de cuatro años, de los cuales no puedo escoger mejores recuerdos porque no tengo ninguno malo. Intento sacar algún ´mejor recuerdo´, pero soy incapaz porque todo fue genial".

Ningún otro coro de voces blancas en el mundo trabaja todo el repertorio gregoriano como la Escolanía del Valle.
Más de medio siglo al máximo nivel

Todos ellos forman parte de un selecto grupo: el de los 1383 alumnos que han pasado por las aulas de la Escolanía del Valle de los Caídos desde su fundación en 1958. Algunos han alcanzado luego relevancia internacional, como el profesor Juan Carlos Asensio, una de las máximas autoridades mundiales en Canto Gregoriano y Paleografía. [Pincha aquí para conocer la historia de la Escolanía y las razones de su reconocimiento en todo el mundo.]

Quizá un día extienda su enseñanza...
Actualmente son 38 escolanes a punto de terminar sus cursos respectivos, de 4º a 6º de Primaria y 1º y 2º de la ESO. [Pincha aquí para un recorrido visual completo por todas las instalaciones de la Escolanía.]

Hay autorización de la Comunidad de Madrid para llegar hasta 4º de la ESO, y está entre los objetivos de Fray Santiago Cantera, director de la Escolanía y prior de la abadía: "Uno de los motivos por los que deseo poner en marcha los cursos superiores es el enorme arraigo que tienen en la Escolanía, de tal forma que el primer año fuera de ella echan mucho de menos su vida aquí".

Uno de los grandes atractivos de la Escolanía, e importante factor de formación de los niños, son las salidas, por España y fuera de ella, para conciertos en diversos momentos del año.
Único en todo el mundo

Hay un tope, claro: forman un coro de voces blancas y en la adolescencia el timbre infantil se pierde. Pero no es descartable que en un futuro las posibilidades se extiendan a las voces graves cantando en polifonía y ayudando a los monjes con el gregoriano. [Pincha aquí para contactar con la Escolanía y conocer las fechas de las próximas pruebas de canto para el acceso.]

Todo es posible, dado el enorme prestigio del centro dentro y fuera de España: "Es el único coro de niños a nivel universal que canta diariamente gregoriano y que es capaz de interpretar todo el repertorio gregoriano. Muchos de los niños lo pueden hacer leyéndolo a primera vista", explica el padre Cantera.

La música entra en sus vidas
El peso de esa formación musical se nota después, cuando abandonan la disciplina escolar.

Joaquín, de hecho, volvió a esos mismos muros como profesor de música, trabajo que desempeña actualmente mientras termina su carrera periodística.  

El entorno natural y arquitectónico del Valle de los Caídos favorece el estudio, la diversión a cielo abierto y la vida cristiana de los niños.
Antonio Miguel, por su parte, que entró en la Escolanía como un fan de Estopa, amplió su gusto "de forma inimaginable": "Siguieron gustándome los grupos pop-rock o rumba, que además me dejaban escuchar allí en mis ratos libres, pero descubrí el maravilloso canto gregoriano, que con el paso del tiempo se ha convertido en mi banda sonora vital, o la extensísima música polifónica, cuyos autores en su momento canté y hoy escucho gustoso, como Mendelssohn, Brahms, Fauré o Victoria". Se está incorporando a la célebre Schola Antiqua, consagrada exclusivamente al gregoriano.

Cristian tenía un hobby desde muy pequeño: la guitarra, y llevaba ya cuatro años tocándola cuando llegó al Valle de los Caídos: "Pero creo que si no hubiese sido por la Escolanía no hubiese comenzado mis estudios musicales a nivel profesional", que continuó al salir en los conservatorios de Valladolid y Vigo. Y remata: "El hecho de que un niño de nueve años aprenda a valorar la música, y a transmitir con ella, creo que hoy en día es un milagro, y ellos lo consiguen".

Rumbo a Cuelgamuros
La Escolanía del Valle de los Caídos es un semi-internado y se entra en ella con nueve años, alguno con ocho. Así que nos ha interesado preguntarle a los antiguos escolanes cómo dieron ese paso.

En el caso de Joaquín el empuje paterno fue decisivo, no en vano tres de los cuatro hermanos (la cuarta es era una chica) cursaron en el Valle de los Caídos sus primeros años de estudio: "Mis padres consiguieron que el padre Laurentino me hiciera una sencilla prueba de canto a la edad de siete años". Así que, en cuanto él y su hermano mayor tuvieron la edad mínima, ingresaron de muy buen grado: "Atraídos por la idea de empezar algo nuevo e interesante en nuestras vidas", precisa.

Antonio Miguel apenas recuerda cuál fue su primer contacto, pero sí el buen impacto que le produjo: "Sólo sé que tras realizar la semana de pruebas durante el verano de 2002, algo me empujó a decir a mis padres que quería ir allí, y cuando llegué me gustó lo que me proponían, y decidí quedarme".

Parecido es cuanto relata Cristian: no había oído hablar del centro hasta que hizo la prueba de canto y fue seleccionado. "En un principio mis padres no estaban muy por la labor, pero gracias a la insistencia de mi querida abuela mis padres me lo permitieron, y ahora tanto mi familia como yo, de no haber sido así, estaríamos arrepintiéndonos toda la vida".

Un poco más alambicado fue el recorrido de Don Bernardo: "Una de mis tías quería ser benedictina y conocía a unas benedictinas de Murcia. Ella me llevó a su monasterio y me escucharon cantar. Y las mismas monjas son las que le hablaron al padre Laurentino de mí en un concierto que fue a dar a Murcia con Schola Antiqua. Entré a los dos meses de haber comenzado el curso... y fueron los mejores años de mi vida".

La vida monástica atrae
¿Cuajó tal vez allí la vocación de quien luego entraría en el seminario? Desde luego, sí sirvió para el discernimiento: "Desde muy pequeño sentí la llamada a la vocación sacerdotal. Pero al principio, incluso antes de ir al Valle, lo que me atraía no era la vocación sacerdotal, sino la vocación monástica. Después descubrí que el Señor me llamaba por otros caminos, pero la formación religiosa de los monjes me ayudó a conservar esta semilla que Dios había sembrado en mi corazón", explica Don Bernardo.

Antonio Miguel llegó a plantearse "muy seriamente" la vida benedictina: "Notaba que me llenaba de alegría y paz cada vez que pasaba allí algunos días. Pero los planes de Dios eran distintos a los míos".

Cristian nos hace una revelación personal, y es que en algún momento llegó a pensar en el claustro: "Esto es algo que nadie sabe. Antes de salir de la Escolanía e incluso al año siguiente de salir en mi cabeza daban vueltas muchas cosas, la vida del monasterio me llamaba mucho la atención, me transmitía algo especial", aunque con el paso del tiempo tuvo claro que su vida "estaba fuera".

En cuanto a Joaquín... se ríe: "Francamente, nunca me he visto con vocación de monje, he sido demasiado bicho". Eso sí, subraya que "la relación con la comunidad es muy buena, muchos de ellos fueron profesores y educadores míos cuando pasé por el Valle. Estoy muy agradecido".

Semillero de vocaciones
La Escolanía sí ha sido semilla de vocaciones benedictinas y de otras órdenes, o diocesanas, y Fray Santiago hace recuento: "Cuatro monjes actuales de nuestra comunidad son antiguos escolanes" (entre ellos, Fray Javier, que fue compañero de Cristian), "y a ellos hay que sumar al menos media docena de sacerdotes seculares, más varios seminaristas menores en estos momentos".

La familia, muy presente
Sin duda, a los padres que desean llevar a sus hijos a la Escolanía el primer año lo que más les hace dudar es la separación, más por ellos mismos que por los niños, a quienes, por lo que cuentan, les cuesta al principio pero acaban compensando con la excelente relación de compañerismo: "Una vez que estabas con ellos se iban todos los males", recuerda Cristian. Y Don Bernardo anima: "No pierden a su hijo, sino que ganan a otros tantos, pues la Escolanía es una gran familia, así lo experimenté yo".

Por eso a los padres les tranquilizará saber que ese primer año les tendrán en casa todos los fines de semana. Los demás años, en fines de semana alternos, pero pudiendo pasar con ellos todos los domingos enteros tras la misa conventual. Y hablan con ellos por teléfono todos los días.

Joaquín, desde la triple experiencia fraternal, apunta además un beneficio del semi-internado: "Aprendes que no van a estar tus padres para darte todas las cosas, sabes que una parte importante depende de ti, que ellos no siempre pueden estar para salvarte las castañas. Y cuando te equivocas, apechugas, y asumes con responsabilidad tus actos. Eso te hace crecer".

¿Aburrimiento? ¿Qué es eso?
Otro punto que valoran los antiguos escolanes es lo que, aparentemente, más podría preocupar a un niño en plena edad de bullicio y trasiego constante: el orden, el silencio, el recogimiento. "Los profesores se implican para que los alumnos aprovechen el tiempo. Pocas cosas resultan aburridas, porque cuando uno tiene todo el día programado el tiempo pasa volando", dice Joaquín. No es solamente el tiempo de estudio y ensayos, son también los viajes por toda España, y en ocasiones fuera de ella, para conciertos que van labrando la fama de la Escolanía.

En clases de entre siete y diez personas, los profesores "se centran al máximo en ti y en tu formación", recuerda Cristian, quien elogia el ambiente de estudio, el que cualquier estudiante querría: "Un lugar tranquilo, rodeado de naturaleza, alejado de la ciudad y sin que nadie te moleste. ¿Aburrimiento? Creo que en cuatro años no supe lo que era el aburrimiento porque si le diésemos el horario del día a día de un escolán a algún político, se cansaría de sólo mirarlo". [Pincha aquí para conocer al detalle cómo es el día a día de los escolanes.]

Antonio Miguel lo traduce en una lección que no olvidará: "En la Escolanía no sólo me enseñaron a estudiar, sino que me enseñaron algo que me servirá el resto de mi vida: a administrarme correctamente el tiempo. Los profesores, además, estaban a nuestra disposición siempre, y el clima de estudio favorecía la concentración y el sosiego".

Y lo agradecían: "Nuestros ratos de silencio eran pequeñas adaptaciones de oración y meditación, de unos diez minutos antes de ir a la cama, y un poco más en los días que nos proponían Adoración al Santísimo. En los demás momentos que no eran aquellos o clases, gritábamos y saltábamos como hacen los niños de esa edad", recuerda Antonio Miguel.

Los sacramentos y la vida de la gracia
Pero recogimiento, sí hay, y lo ven bueno, pues como argumenta Joaquín, "los niños de hoy (en general) deberían aparender a hacer más silencio en sus vidas porque viven rodeados de ruidos, de chismes, de televisiones, de ordenadores, de tablets, y no valoran cosas como aprender a escuchar o aprender a hacer silencio ante un crucifijo, o en la exposición al Santísimo". 

Con lo cual llegamos al punto verdaderamente importante, según el padre Cantera: "El cuidado de la vida sacramental y espiritual que se fomenta en la Escolanía". 

Así lo vivió Joaquín: "Pude asimilar conductas y hábitos básicos como son el saber guardar las formas en una capilla o basílica, en una iglesia, vamos... o el llegar preparado, predispuesto, gracias a la vida de los sacramentos, a las celebraciones litúrgicas".

"Ha sido un punto de inflexión en mi vida que me ha acercado más a Cristo", apunta Antonio Miguel.

El momento más importante del curso no fue un concierto
"Los niños de nuestra Escolanía son verdaderos niños cantores de Dios, niños cantores de Jesús y de María, y lo son no sólo cantando bien, sino viviendo bajo la acción de la gracia divina", proclama como su mayor satisfacción el padre Cantera. El 8 de abril consagraron la Escolanía a los Sagrados Corazones de Jesús y de María en el Carmelo del Cerro de los Ángeles: "Lo hemos considerado el acto más importante de la Escolanía en este curso, muy por encima incluso de los conciertos", concluye su director.

Y esas prioridades son las que se graban de por vida en el corazón de los escolanes, que saben por qué cantan, pero sobre todo a Quién cantan.

[Pincha aquí para acceder a la página web de la Escolanía del Valle de los Caídos.]
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