Jueves, 22 de abril de 2021

Religión en Libertad

Instrucción y educación

El proceso educativo incluye simultáneamente la instrucción y la formación de la conciencia: La distinción entre instruir y educar no es la respuesta al adoctrinamiento del Estado o de cualquier otro grupo de presión.

Carlos Jariod

 El reciente conflicto que ha supuesto y sigue suponiendo la materia de Educación para la ciudadanía es de índole moral. Con la citada asignatura el gobierno socialista quiso por real decreto orientar las conductas de nuestros jóvenes según unos criterios morales impuestos torticeramente. Aceptando la peregrina idea de que toda democracia es moralmente relativista, rechazaron cualquier código moral (religioso o no) que apuntara a una cierta objetividad. Educación para la ciudadanía legitimó el subjetivismo más rancio y extremista hasta extremos grotescos, como se puede comprobar en muchos libros de texto.

            Como suele ocurrir en esos casos lo que está en juego no es otra cosa que el deseo de ciertos ideólogos de imponer su moralidad –y la antropología y metafísica aparejada a ella-; la coartada es que la democracia asume una ética pública, compartida por todos los ciudadanos,  frente a las éticas privadas, que cada cual puede vivir en su vida doméstica. La moral de Educación para la ciudadanía –afirman sus defensores- no es más  que una exposición inocua de una ética pública, democrática, que no colisiona con ninguna ética privada. De ahí que quienes rechazamos esa materia seamos calificados como antidemocráticos, cavernícolas, fascistas, títeres de la Iglesia y otras lindezas “democráticas”.

            No deseo detenerme en este momento en la distinción entre ética pública y ética privada, base del proyecto totalitario socialista. Sí quiero analizar brevemente una respuesta que se ha dado contra aquella distinción demagógica. Me refiero a la diferencia que algunos han hecho  entre educación e instrucción.

            El argumento es aproximadamente el siguiente. Frente al papel adoctrinador de la escuela asignado por los socialistas y la izquierda en general, colegios e institutos deben limitarse a transmitir conocimientos objetivos (matemáticas, física, biología, literatura, filosofía, latín, historia, etc), mientras que la educación moral es responsabilidad de las familias. La escuela instruye, la familia educa. Los valores morales se enseñan en las familias y en la escuela lo que el niño aprende es todo aquello que los padres no pueden o saben enseñar, esto es, las diferentes disciplinas indispensable para que el individuo sepa en qué mundo vive. En el mejor de los casos quienes defienden esta separación entre educación e instrucción, aceptan la posibilidad de que la escuela pueda educar moralmente siempre y cuando las familias conozcan y acepten la formación moral impartida en las aulas. La elección de centro cobra en este punto una relevancia esencial, pues uno de los criterios para elegir centro es que la moral impartida sea coincidente con la deseada por la familia.

            En mi opinión este esquema es pobre y muy simplificador. Crea además más problemas de los que resuelve. Haré un catálogo en absoluto exhaustivo de los falsos presupuestos de los que parte:

1. Es posible la transmisión amoral de conocimientos. Desde este punto de vista, la transmisión de conocimientos nada tiene que ver con la moral, la antropología, la política; en suma, nada que ver con el hombre. La escuela sería la institución social encargada de efectuar esa transmisión pura de saberes. Espero que no sean necesarias muchas explicaciones  para darnos cuenta de la falsedad de este primer presupuesto.

2. La familia es la única institución social encargada de la educación. Establecido el primer presupuesto, se hace de la familia el único agente educativo portador de valores morales. Como único agente educativo se reserva a la familia, igualmente, la responsabilidad de dotar al niño  de una cosmovisión tejida de moral, religión, política y hábitos sociales que permita  al infante introducirse en la sociedad con éxito.

Este segundo presupuesto es extremadamente importante. De afirmar que la familia es el principal agente educativo y las instituciones públicas –Estado e Iglesia- poseen sólo un papel educativo subsidiario, se pasa con inadvertida frecuencia a declarar que el Estado carece del derecho a educar (moralmente) a los ciudadanos. Esta afirmación en absoluto es evidente y va en contra de lo que nos enseña la historia de los pueblos.

3. La labor educativa está determinada por la relación padres-hijos y muy secundariamente por la relación profesor-alumno. Los procesos de aprendizaje verdaderamente importantes se ventilan en la convivencia del hogar; el aula, el colegio es o debería ser una extensión lo más fidedigna posible de la relación educativa padres-hijos. La calidad del colegio, desde este punto de vista, se medirá  en su capacidad de reproducir las relaciones paterno-filiales.

Volvemos aquí a traspasar un peligroso umbral. De tener el legítimo deseo de que la escuela eduque moralmente a los hijos según las convicciones familiares, se pasa con insólita facilidad a ignorar o desconsiderar en su compleja naturaleza el trabajo educativo del centro y del docente con sus alumnos.

4. La educación estatal debe reducirse a un aprendizaje aséptico de las materias objetivas, mientras que las de iniciativa social pueden tener ideario. Según esta concepción el pluralismo moral y religioso de nuestras sociedades se resuelve mediante la elección de centros: las familias eligen según sus convicciones. La educación estatal –mal llamada pública- debe limitarse a dar una concepción evanescente, líquida o light desde un punto de vista moral: neutralidad ética y carencia de una cosmovisión social, puesto que el Estado usurparía a la familia esa potestad.

Si lo pensamos un poco, las cuestiones de fondo de esta concepción superficial del hecho educativo plantean problemas de calado que aún no están resueltos. Sí deseo indicar que los conflictos que aún colean con la materia de Educación para la ciudadanía obedecen a que no están resueltas algunas de esas cuestiones profundas. Quizá la principal se puede expresar así: ¿Existe o puede existir una ética común en nuestras sociedades democráticas?, ¿es conveniente que exista? Si existe, ¿qué valores la componen?

Recurrir a una materia axiológicamente neutral para dentro de dos cursos, como pretende el ministro, no cancela la cuestión, sino que la resalta aún más. Lejos de recluirnos en nuestros lugares comunes, los católicos españoles deberíamos aportar mucha luz a cuestiones tan fundamentales para la convivencia de todos. 

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