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Sábado, 18 de noviembre de 2017

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Defensa de Baler


En "Defensa de Baler" se nos cuentan aspectos que el anticlerical Martín Cerezo nos escamoteó: así, por ejemplo, el fervor religioso que galvanizaba a los soldados.



Juan Manuel de Prada

22 octubre 2017

En cualquier país respetuoso de su pasado la aparición de Defensa de Baler (Espuela de Plata, Sevilla, 2016), narración de fray Félix Minaya (1872-1936) sobre el trágico sitio de once meses sufrido por un destacamento militar (los celebérrimos «Últimos de Filipinas») en la iglesia de Baler, habría sido un acontecimiento. Sobre las vicisitudes ocurridas durante tan afamado episodio sólo contábamos hasta la fecha (aparte del testimonio fragmentario de algún soldado) con la crónica El sitio de Baler, publicada por Saturnino Martín Cerezo, teniente al mando del destacamento tras la muerte del capitán Las Morenas.
 
En El sitio de Baler, Martín Cerezo hace una crónica pormenorizada de los once meses de asedio, resalta el heroísmo de la mayor parte de los soldados a sus órdenes y hace alarde de sus indudables dotes de mando y estrategia. Pero también revela aspectos más discutibles de su personalidad y una justificación no siempre convincente de algunas decisiones adoptadas durante los once meses de encierro.
 
Testigo privilegiado
Cuando preparaba mi novela Morir bajo tu cielo tuve ocasión de consultar el manuscrito de esta Defensa de Baler que ahora el gran filipinista Carlos Madrid pone a disposición del lector curioso. Su autor, el padre franciscano Félix Minaya, fue utilizado por los insurrectos filipinos como emisario para convencer al capitán Las Morenas que entregase la plaza. La rendición no se produjo; y Minaya se negaría a salir de la iglesia tras concluir su embajada, compartiendo la suerte de los soldados españoles. De este modo, sería testigo privilegiado de los avatares ocurridos allí durante los 290 días restantes del asedio.


 
En Defensa de Baler se nos cuentan aspectos que el anticlerical Martín Cerezo nos escamoteó (así, por ejemplo, el fervor religioso que galvanizaba a los soldados) y se nos confirma que el fusilamiento de dos desertores ordenado por el teniente, discutible desde el punto de vista militar, fue además una ignominia, pues no se les permitió confesar sus pecados, habiendo dos frailes en la iglesia. Fray Félix Minaya pasa de puntillas sobre esta gravísima vileza; y nos sugiere que en diversas ocasiones Martín Cerezo actuó muy calculadamente, arrastrando a los soldados en sus desvaríos, para no comprometer su responsabilidad personal.
 
Pero Defensa de Baler es un documento valiosísimo también por otras razones. Nos ofrece una visión de los primeros cincuenta días del sitio de Baler desde el bando insurrecto; y, en su tercera y última parte, Minaya nos narra su desgraciada vida tras la rendición del destacamento. Pues, extrañamente, el acta de capitulación firmada por Martín Cerezo sólo se preocupa de especificar que la «fuerza sitiada» no quedaría como «prisionera de guerra» y que sería conducida hasta lugar seguro. En cambio, los dos franciscanos que, tras la fallida embajada, habían compartido las penalidades del sitio, fueron apresados por los insurrectos y sufrieron todavía muchos padecimientos (no, por cierto, de la hospitalaria población autóctona, sino de los cabecillas de la revuelta, envenenados de consignas masónicas), hasta que los americanos los liberaron. Fray Félix Minaya nos ofrece, además, descripciones muy vívidas de su peregrinar por la selva, en contacto con tribus de negritos e ilongotes.
 
Sorprende el gallardo estilo de fray Félix Minaya, sobre todo si consideramos que escribió su narración a vuelapluma, sin corregirla apenas. Pero aquellos frailes de antaño tenían un castellano vibrante –fruto de una esmerada formación– que en nada se parece al estilo lamerón y bardaje que emplea la actual clerigalla.
 
Fervor patriótico
Tampoco es comparable, por cierto, la tibieza de esta clerigalla con el ardor doliente de fray Félix Minaya, que toma vuelo en varios pasajes de su Defensa de Baler: «Pobre España, adorada patria, ¡cómo te han puesto! –escribe Minaya–. ¡Eres digna de mejor suerte! ¡Todavía tienes soldados dignos de ti! Despierta y sal del letargo en que yaces, pisoteada y despreciada por los mismos que en otros tiempos te temieron! ¡Ya es hora, despierta, levántate y marcha! ¡Aún tienes hijos que con gusto te dedicarán todos los latidos de sus corazones, todas las energías de sus almas y hasta la última sangre de sus venas! Por ti, querida España, no perdonarán desvelos, no evitarán sacrificios, no se ocultarán a las fatigas, ni los peligros los acobardarán, ni las calamidades les harán desfallecer. ¡Anda y no retrocedas!».
 
Pero fray Félix Minaya, a diferencia de nuestros intrépidos obispones, era un evangelizador y un patriota. Por eso murió en Filipinas, entre los españoles de aquellas islas: «Los vecinos de Baler –escribe hacia el final de su crónica– siempre existirán en mi corazón. Mientras la sangre corra por mis venas, mientras el aire alimente mis pulmones, mientras me quede un momento de vida, su nombre ocupará un lugar preferente en mi corazón. Sí, pueblo querido, te amé, te amo y te amaré».
 
Y, como obras son amores, fray Félix Minaya se quedó en Filipinas hasta que su corazón entregó su último latido.

Publicado en ABC.
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