Sábado, 21 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

El filósofo Danilo Castellano ve en él «el canto del gallo de la Modernidad»

Lutero identificó la política con el poder: «Es una revolución gnóstica integral», afirma un experto

Danilo Castellano es un destacado filósofo católico italiano especializado en cuestiones sociales y políticas.
Danilo Castellano es un destacado filósofo católico italiano especializado en cuestiones sociales y políticas.

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El 31 de octubre se abrieron formalmente los fastos conmemorativos del quinto centenario de la Reforma protestante, simbólicamente concretada en una fecha, el 31 de octubre de 1517, en la que el fraile agustino Martín Lutero (14831546) clavó en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg sus 95 tesis, condenadas como heréticas tres años después, el 15 de junio de 1520, por el Papa León X en su bula Exsurge Domine.
 
El profesor Danilo Castellano, filósofo de la Universidad de Udine (Italia) y decano de la facultad de Derecho, y discípulo en su día del gran maestro del pensamiento católico italiano Augusto del Noce (19101989), ha escrito un trabajo sobre las consecuencias del luteranismo en el plano ético, político y jurídico: Martín Lutero. El canto del gallo de la Modernidad (Marcial Pons), sobre el que fue entrevistado por Lorenzo Bertocchi para La Nuova Bussola Quotidiana:
 
-¿Por qué “el canto del gallo de la Modernidad”?
-Lutero anuncia la “Modernidad” como el canto del gallo anuncia el amanecer. El reformador alemán, aunque entre incertidumbres, replanteamientos y contradicciones, está en el origen del “mundo moderno”, tanto en las grandes cuestiones éticas (piénsese, por ejemplo, en su forma de entender la conciencia) como en las cuestiones políticas (su modo de entender la libertad y, sobre todo, el pueblo).
 
-Pero ¿qué entiende por “Modernidad”?
-La “Modernidad” no debe entenderse en sentido cronológico, esto es, no se identifica con la época moderna, aunque encuentra en ella su desarrollo, sino en sentido axiológico, o sea, como visión del mundo. Lutero es padre del absolutismo y de la democracia moderna, que son las dos caras de la misma moneda. Puede parecer extraño, pero es así. Creo haberlo explicado ampliamente en las páginas del libro. El absolutismo es una lógica consecuencia de la doctrina política luterana, como la democracia moderna: tanto la que teorizó magistralmente Rousseau, implantada en Europa por la Revolución Francesa y exportada por los ejércitos napoleónicos, como la elaborada en Estados Unidos con base en las premisas del protestantismo más riguroso, que coherentemente rechazó la paz de Augsburgo.



-Por tanto, también el liberalismo es hijo de Lutero…
-El liberalismo es una reacción interna a la Weltanshauung protestante, no su alternativa. Diré más: también parte de la cultura política “católica” “depende” de Lutero, a veces por oposición, como por ejemplo con Francisco Suárez (15481617), a veces asumiéndola, como sucedió en la época contemporánea con Jacques Maritain (18821973), por ejemplo, y con algunos intelectuales de nuestro tiempo. La Reforma es una revolución gnóstica integral que caracterizó y aún caracteriza las diferentes teorías políticas (a veces contrarias, pero sólo en apariencia) del “mundo moderno”.
 
-¿Podemos afirmar que Lutero es el padre del laicismo y por tanto de una antinatural separación entre la Iglesia y el Estado?
-Lutero, personalmente muy religioso aunque herético, apóstata e inmoral, y también muy supersticioso, pone las bases del laicismo. Tanto del europeo continental (la “laicidad excluyente” de la Revolución Francesa) como el norteamericano (la “laicidad incluyente” del americanismo). En lo que respecta a las relaciones Iglesia-Estado, Lutero no es partidario de su separación (de por sí inaceptable porque la doctrina católica ortodoxa defiende la distinción, no la separación), sino que teoriza sobre la subordinación de la Iglesia al Estado, como sucedió en la Paz de Augsburgo (1555), como sucede en nuestro tiempo en coherente aplicación de las diversas teorías. Las cuales tienen en cualquier caso esta “laicidad” como denominador común. En Italia, por ejemplo, llegó con el Risorgimento y con el fascismo (a pesar de los Pactos de Letrán) y, quizá de forma más radical, con la Constitución republicana de 1948.
 
-¿Cuál señalaría como la mayor transformación de la política en aplicación de las ideas luteranas?
-La política, con Lutero y después de Lutero, se identifica con el mero poder. Es una identificación absurda, inhumana. El poder es (o puede o debe ser) un instrumento de la política, no se identifica con la política. Ésta es la ciencia y el arte del bien común, que es el bien “natural” del hombre, de todo hombre, y por tanto común a todos los hombres. Eso es algo difícil de comprender hoy, pero se comprendía perfectamente en otras épocas, sobre todo por parte de los pensadores, como por ejemplo Aristóteles, no influidos, obviamente, ni por su adhesión ni por su oposición al cristianismo.
 
-¿Cuál es, en su opinión, el resultado de esta transformación?
-Que la política como poder no está regulada por el bien. Si estuviese regulada por el bien, sería lo que debe ser por su naturaleza: una potestas que ayuda a los hombres a ser mejores. La política como mero poder, sin embargo, es un bien aparente. Se considera un bien en cuanto consiente a quien ejerce el poder, ya sea el soberano, el dictador o el pueblo, que haga su voluntad sin estar guiada por la razón. Lo que cuenta entonces es la efectividad, la imposición de cualquier voluntad por absurda e inicua que sea. Piénsese, por ejemplo, en muchas leyes de nuestro tiempo que consienten o incluso prescriben el mal.
 
-Finalmente: ¿por qué este libro?
-En mi trabajo sobre los aspectos éticos, políticos y jurídicos del pensamiento de Martín Lutero he intentado demostrar el estrecho e insoslayable vínculo que hay entre la teoría y la práctica, llamando la atención sobre algunos hechos históricos que evidencian cómo las ideas luteranas están en el origen de diversos regímenes y, consiguientemente, de muchas de sus decisiones. Las teorías luteranas son racionalmente inaceptables. Por eso nadie, y digo nadie, puede “rehabilitar” a Lutero y mucho menos proponerlo como maestro y ejemplo a imitar y seguir.

Traducción de Carmelo López-Arias.
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