Viernes, 28 de enero de 2022

Religión en Libertad

El autor de terror más famoso de Rusia se bautizó en 2002

Sangre y repugnancia contra los vampiros glamurosos de Crepúsculo: el éxito de Lukiánenko

Recuerda que la magia es incompatible con el cristianismo, que hay quien hace grandes males por motivos supuestamente elevados y que el consumismo, como demuestran los vampiros, nunca sacia.

Tatiana Fedótova / ReL

Serguey Lukiánenko es probablemente el más famoso escritor ruso actual en el campo del terror y la ciencia ficción, a partir del éxito, primero en ruso, y luego en inglés y en otras lenguas, de sus novelas sobre vampiros y seres con superpoderes. En 2003 la Convención Europea de Ciencia Ficción le nombró mejor autor europeo del año, y en 2004 se estrenó la película rusa sobre su novela "Guardianes de la Noche", que arrasó en los cines del país y después llegó al resto del mundo. En 2006 se estrenaba la segunda película de la serie. 

Nacido en Kazajstán en una familia ruso-ucraniana, se formó como psiquiatra infantil pero siempre ha dedicado la mayor parte de su tiempo a escribir. A los 34 años, en 2002, se bautizó como cristiano ortodoxo.

Escribir terror ¿es propagar el satanismo?
Algunos lectores y espectadores cristianos, por lo general poco acostumbrados a la literatura de terror o a la fantasía contemporánea, le han acusado de hacer propaganda del satanismo y la magia negra. Él lo niega con rotundidad en una detallada entrevista en la revista ortodoxa Fomá, en la que habla con el periodista Aleksandr Tkachenko de literatura, consumismo, vampiros lamentablemente glamourosos y gente cruel que cree hacer el bien.

"Personajes cuya existencia es perfectamente admisible en un cuento de hadas, en tiempos lejanos o en género fantástico, en “Los Guardianes” aparecen entre la gente normal, viviendo aquí y ahora. Resulta que muy cerca de nosotros viven brujas y magos camuflados. Eso, evidentemente, provoca un cierto malestar en cualquier persona de sentido común, da igual si es creyente o no", explica el escritor.

"Para mí el uso de tales personajes no es nada más que un método literario, una lente de aumento para ciertas cualidades humanas normales, para que se perciban como superpoderes. Este método me permite mostrar unas relaciones y problemas humanos cotidianos con más agudeza, más relieve y, lo que también es importante, atrapar el interés del lector".

Así, por ejemplo, "muchos lectores aceptan entusiasmados un mundo precisamente de estas características y estarían encantados si todo fuera como lo estoy describiendo. Es, en su mayoría, la gente joven que con el mismo entusiasmo podrían aceptar la irrupción en nuestro mundo de las tortugas ninja, terminators, transformers, elfos, hobbits o varitas mágicas."

Lukiánenko pide emplear el sentido común: "Un cuento ha de ser leído como un cuento. Si no, se puede encontrar significado esotérico hasta en Pulgarcito”.

El bautismo no cambia la técnica literaria
El novelista especifica que "cuando comencé a escribir las novelas de Los Guardianes” (la primera salió en 1998), aún no era creyente. Me lo pensaba, lo discutía, lo dudaba, pero aún no me identificaba con la Iglesia Ortodoxa. Me bauticé más tarde: en 2002."

Antes de bautizarse, tenía ya clara su motivación literaria. "Quería demostrar, a través de la lente de un argumento fantástico, dos tipos muy frecuentes de relación de las personas con el mundo y con sus semejantes, las dos tendencias eternas del ser humano: el egoísmo y el altruismo. Para mí, todos los magos de la Luz, en mis novelas, simbolizan a altruistas que sinceramente desean el bien a los hombres y seguros de que lo están llevando al mundo. Quizá esta seguridad puede ser característica de los bolcheviques de los primeros años tras la revolución de octubre de 1917: aquella gente, con el fulgor en los ojos, iba a demostrar su verdad por todas partes sin temor de dejar su vida en la lucha por aquello que se creían bien y verdad. Los de la Luz están seguros de que son ellos que llevan la verdad, el bien a la gente y mejoran el mundo. Por tal elevado fin, pueden cometer actos feos".

"Los Oscuros, en cambio, son unos egoístas en estado puro", distingue Lukiánenko. "Ellos quieren el bien para ellos mismos. Por ello están dispuestos a mejorar el mundo un poquito, o empeorarlo, según les convenga en cada caso concreto. Estos son los dos tipos de las aspiraciones humanas que yo quería demostrar en “Los Guardianes” en una forma de cuento, de fantasía. Aunque en realidad “Los Guardianes” no son fantasía en absoluto. Mejor decir, mimetiza adoptando forma de fantasía, y con éxito. Por desgracia, a una categoría determinada de lectores le interesa en mis libros sólo este aspecto externo, el atrezzo de magia, hombres lobo y vampiros… Pero, espero que para algunos de ellos, “Los Guardianes” pueden convertirse en la puerta hacia una literatura más seria".
 
"No veo el por qué un cristiano ortodoxo no tenga derecho a usar este procedimiento literario. Lo que importa no es el procedimiento sino el mensaje que con él se transmite. Pues bien, yo no veo nada incompatible con el cristianismo en las novelas de la saga de Los Guardianes que he escrito después de mi bautizo", afirma.

Contra los vampiros glamurosos
Lo que Lukiánenko detesta, coincidiendo con otros escritores cristianos del género de terror, como Dean Kootz, es que se presente el mal como algo glamuroso. Y pone como ejemplo las novelas de vampiros para adolescentes de "Crepúsculo": "Creo que esta imagen es un engendro directo de la ideología del consumo contemporánea", lamenta. Y señala que en el folclore y la sabiduría popular, el vampiro sólo despertaba horror y repulsión, mientras que ahora lo presentan como un ser romántico, "antes inexistente".

"Si nos paramos a pensar, el vampiro simboliza el ideal de un consumista radical", denuncia. "Siempre ha de consumir: la sangre de otros, la vida de otros. No tiene otros fines. Si los vampiros pudieran chupar dinero, se alimentarían con el dinero. Pero el dinero es un sucedáneo mientras que la sangre es la esencia de la vida. El lema de la sociedad del consumo es “Dare for more” ("Atrévete a más", eslogan publicitario de Pepsi), y en este sentido la imagen del vampiro hoy es un arquetipo de un consumidor ideal que toma de la vida lo que puede, incluidas las vidas de otras personas. Siempre vestido a la moda, siempre de aspecto impecable, posee unas posibilidades vedadas a la gente vulgar, gracioso, guapo, fuerte… O sea, para la generación de “Gran Hermano” criada con el caleidoscopio de las imágenes glamurosas de la tele, el vampiro es uno más de la movida de la moda. Y para el auditorio ya no es tan importante qué bebe exactamente el vampiro, la sangre humana o champán de diez mil dólares por botella. Las dos cosas se perciben como una bebida accesible sólo para los elegidos, entre los cuales se desea estar a cualquier precio".

Consumismo que no sacia
Uno de los grandes problemas del consumismo, sin embargo, es que no sacia, no satisface a la persona. Y requiere dosis más grandes.

"Preste atención", pide el novelista. "Los vampiros siempre tienen hambre. Resulta que el consumidor ideal nunca puede alcanzar la satisfacción: compró un Seat, después empieza a aspirar a un Ford. Compró un Ford, ahora sueña con Lexus. Compró un Lexus, pero un Bentley tampoco estaría mal… Y así con todo. Y la cultura publicitaria forma y estimula esta hambre permanente con todos sus medios. “¡Consume, consume!” Esta es la llave de oro que da cuerda a la sociedad de hoy: crear en el ser humano las necesidades que éste antes no experimentaba. Hoy el efecto de la publicidad en el alma humano se asemeja al mordisco del vampiro siempre hambriento que en su víctima también despierta una sed insaciable".

El cristiano no usa magia
Lukiánenko señala además que hay algo incompatible entre el cristianismo y la magia. Eso se expresa en una de sus novelas, cuando el protagonista busca a un Otro, un mago "ilegal", y tacha de la lista de sospechosos a una persona en cuanto descubre que es cristiano.

"Considero que para un cristiano ortodoxo el uso de la magia, aunque sea con los fines más benéficos, es imposible", admite el popular novelista. "Daré un ejemplo algo divertido: existen los juegos de rol por ordenador donde se puede crear a un personaje mago o a un personaje clérigo, pero no se puede unir los dos en un solo personaje. O sea, se puede crear un caballero-clérigo. O un caballero-mago. Pero es imposible ser mago-clérigo a la vez. Quizás los creadores del juego saben o intuyen que la magia y el cristianismo son incompatibles".

Como novelista, reflexiona también acerca del lector. Cierto lector, afirma, "tiene empatía no con los poderes y cualidades del protagonista sino con su postura moral, su elección, sus actos". Es lo normal, se da en todos los géneros. Pero hay gente menos madura que "se identifica con el personaje precisamente gracias a su fuerza, su poder de crujir mandíbulas, hacer caer a sus pies multitudes de fans femeninas, hacer milagros… Eso ya deja de ser un proceso creativo para convertirse en un mecanismo compensatorio para personas con viejos complejos adolescentes. Por desgracia, es posible ser un adolescente acomplejado pasados los cuarenta", lamenta.

Lectores que quieren ¡volver al comunismo!
El autor no deja de sorprenderse de cómo reaccionan algunos lectores, y trata de redibujar sus historias para evitar malentendidos.

"El director de la película, Timur Bekmambetov, me dijo que le vino una carta de una asociación de veteranos de policía donde estaba escrito: “Gracias por su película, usted habla bien de nosotros. Los Otros de la Luz somos nosotros. Sí, hoy nos desprecian y apartan, pero seguro que podremos volver al poder ¡para restablecer los ideales del comunismo!“ Y su gratitud era sincera y alegre. Al mismo tiempo, un personaje conocido entre nuestros liberales cree que los Otros de la Luz son precisamente los liberales. O sea, cada lector entiende el libro como quiera. ¡No soy capaz de prever todo el abanico de posibles reacciones!", admite.

Pero admite "el famoso principio de ´Eres responsable para siempre de aquello que has domesticado´. Es muy difícil influir directamente. Cualquier fan, si le intentas explicar que no ha entendido bien algo de tu novela, se le activa la reacción conocida gracias a los amantes del mundo de Tolkien: “El Profesor Tolkien no tenía razón, nosotros los fans sabemos mejor cómo fueron las cosas”. Esos lectores siempre están seguros de que entienden todo mejor que el autor mismo. Y yo intento influir en esta parte de mi auditorio sólo a través de nuevos libros. Cuando yo veo que existe una tendencia, para mí incorrecta, de interpretación de alguna obra o fragmento, desde otros libros intento revivir aquel fragmento para explicarme. Esto funciona con mucha mayor eficacia que una polémica directa o explicaciones desde el púlpito".

Y un ejemplo precisamente está en los vampiros, que consiguen una capa de glamour incluso contra la voluntad del escritor. Y para erradicarla, hace falta cierta brusquedad.

"Los vampiros interpretados por los actores buenos y además queridos por el público de las películas comenzaron a percibirse como positivos. Cuando vi que en la versión cinematográfica los vampiros salieron tan simpáticos, premeditadamente incluí en el libro “Los Últimos Guardianes” el episodio sobre el padre de Konstantín que había matado a decenas de personas para convertirse en un vampiro superior. Escribí una escena dura y hasta fisiológicamente repugnante para destruir la imagen cinematográfica de un vampiro romántico que glamurosamente toma sangre humana enlatada con pajita y sin perjudicar a nadie. Por mi parte ha sido una jugada totalmente consciente. Aunque no soporto tales escenas negras de pura fisiología, pero decidí hacerlo para que mis lectores dejen de simpatizar con los vampiros aunque sólo sean de celuloide. Decidí mostrar que, junto con todos sus superpoderes y algunas cualidades positivas, los Otros practican los vicios más variados. Sí, es un método muy duro pero, según parece, el único que funciona. Porque, si no, habrá que escribir unos libros muy distintos, algo al estilo de “El Señor de los Anillos”, donde todo esté bastante claro, donde esté el bien y dónde esté el mal y dónde un elfo honrado nunca se rebajará a untar sus flechas con cadaverina".

Felicidad no es poder
Lukiánenko considera que una clave de su obra es distanciar la felicidad del poder. "La felicidad, por suerte, no depende de los poderes y posibilidades de la persona, de su aspecto físico, cantidad de dinero, etc. Se puede ser muy feliz siendo pobre y enfermo, o sentirse desgraciado con un yate de doscientos metros y un estadio con equipo de fútbol en propiedad. Diría que la felicidad radica en la armonía de la persona consigo misma y con el mundo a su alrededor. Quizás, los Otros de por sí no pueden ser felices porque su propia existencia es una constante insatisfacción. Porque son consumidores natos. Cuanto más tienes, mejor te das cuenta de cuánto aún no tienes. Por eso aquí no puede haber ninguna armonía. Sólo dándose a sí misma, la persona puede ser feliz."

Otra clave la señala en el protagonista de “Los Guardianes”, Antón Gorodetskiy, que aunque ha obtenido los poderes de un Otro, se mantiene humano en sus motivaciones. "Es un arquetipo del héroe contemporáneo que protesta contra la ideología imperante del consumismo, donde los Otros son una élite, unos consumidores VIP. Y me era importante demostrar que Gorodetskiy, al verse entre los invitados a la fiesta, en su interior no acepta esta ideología del vampirismo. Él entiende que los Otros de la Luz y los oscuros no son las fuerzas del Bien y del Mal sino sólo representantes de dos tipos de relaciones humanas que paradójicamente convergen en los motivos egoístas de sus actos. Pero siempre queda la tercera vía: siempre seguir siendo persona. Aunque todo a tu alrededor te presione a dejar de serlo".
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