Jueves, 22 de octubre de 2020

Religión en Libertad

Un culto del sinsentido y del feísmo

Cómo se manipula a las personas a través del arte «moderno»: una operación «agresiva y masificada»

Conveciendo a la gente «normal» de que «no entienden» obras que no significan nada, las élites que dirigen esta revolución cultural intentan incapacitar la percepción natural que tiene el hombre de la Belleza. Foto: Edgar Chaparro / Unsplash.
Conveciendo a la gente «normal» de que «no entienden» obras que no significan nada, las élites que dirigen esta revolución cultural intentan incapacitar la percepción natural que tiene el hombre de la Belleza. Foto: Edgar Chaparro / Unsplash.

ReL

Los críticos de arte y el mercado de subastas y museos se ha convertido en un instrumento para cambiar la percepción de la realidad, y en particular de la Belleza, que tienen las grandes masas de personas con sentido común. Valentina Sessa explica el proceso en un artículo en el mensual de apologética Il Timone:

Imponer la belleza

Hoy en día se propaga un auténtico culto del sinsentido y el feísmo, que oscila entre lo banal y lo vulgar o lo sórdido, tanto estético como moral.

Por desgracia, la producción artística no representa una excepción, especialmente a partir de la segunda posguerra y hasta hoy: constituye una experiencia difundida no sólo una cierta fatiga para comprender su significado sino también, muy a menudo, la impresión de que es banal, absurda, obscena, "fea".

Algunos ejemplos de famosas obras discutibles son la Fontana (orinal) de Marcel Duchamp, las mesas monocromáticas de Yves Klein, la Mierda de artista de Piero Manzoni, las Marilyn o las Sopas Cambell's de Andy Warhol, los animales embalsamados y sumergidos en formol de Damien Hirst, los cortes de Lucio Fontana, los niños ahorcados de Maurizio Cattelan, los telares de Maria Lai. Lo mismo puede decirse de las numerosas instalaciones hechas con objetos de cualquier tipo.

Los intérpretes de lo bello

Aun así, la crítica juzga muchas de estas obras como "obras maestras", aumentando en el público la sensación de no tener los instrumentos culturales para comprender tales "obras".

"Mierda de artista", de Piero Manzoni (1961), "obra" icónica del concepto moderno del arte.

¿Es correcto este juicio? ¿No deberíamos todos llegar a comprender el significado de lo que vemos, sobre todo cuando la obra no es la expresión de una cultura diferente a la nuestra? ¿Acaso el sentido de la belleza no es innato, de modo que cada uno pueda expresar un juicio estético incluso sin ser un historiador o un crítico de arte?

Estas preguntas son fundamentales para valorar muchas de las obras -exaltadas como producción de "artistas" considerados los iconos de nuestro tiempo- que, en realidad, no son obras maestras como se nos quiere hacer creer. 

En las últimas décadas, de hecho, el enorme auge de los medios de comunicación ha permitido a una élite imponer una auténtica dictadura cultural a través de instrumentos de manipulación sofisticadísimos, con los cuales se corrompe la percepción de lo que es "bello" y lo que es "feo", de lo que tiene valor y lo que es banal.  

En los niños existe una capacidad de juzgar si la obra que ven es bonita o no: esta capacidad en el tiempo puede desarrollarse o, por el contrario, puede ser aniquilada por el contexto cultural.

En nuestra sociedad, muchos pierden el sentido crítico o, si lo mantienen, ante una obra que no transmite ningún significado o que es fea tienen dificultades en dar un juicio negativo. De hecho, a nivel psicológico, la dictadura cultural activa una serie de mecanismos que inducen a no expresar un juicio o a adquirir una percepción incorrecta del valor de tales obras. Esta actitud indulgente o acrítica se genera inculcando en las personas un complejo de inadecuación cultural, a través de la persuasión de que el arte moderno y contemporáneo, prevalentemente conceptual, es algo demasiado alto y complejo para que pueda estar al alcance de cualquiera: así, el observador, en vez de expresar un juicio probablemente negativo de la obra, acaba por creer que, simplemente, es incapaz de entenderla. 

Quien se resiste a la idea de la superior comprensión de los críticos con respecto al resto, de la necesaria corrección de sus juicios, sufre por parte de la comunidad adoctrinada y plagiada una forma de "aislamiento social": apoyándose en el miedo inconsciente de las personas a quedarse solas, la comunidad les concede la integración en el contexto de los "cultos" a cambio de que cada individuo rinda tributo de valor a las obras propuestas.

Se trata de una operación cultural agresiva y masificada, perpetuada mediante la acción conjunta de diversos actores: por una parte, los críticos de arte, que han contribuido a difundir en el público algunas obras y a sus autores dando a entender -con su "autoridad"- que dichas obras, tan poco bellas a los ojos del individuo (carente de una competencia específica), son obras maestras; por la otra, las casas de subasta, los galeristas y los directores de instituciones culturales y museos de varios estilos que, a través de estas obras, han creado un mercado floreciente, encaminando grandes inversiones a una serie de direcciones preestablecidas, en detrimento de otras formas de arte más auténticas.

Élite y masa

Las motivaciones de estas operaciones son sustancialmente dos. La primera, influir en el mercado del arte: exaltando a falsos artistas, no sólo se evita la costosa búsqueda de artistas de verdad, sino que se crean fenómenos controlables por parte de quienes dictan el gusto, fenómenos que mueven enormes inversiones de compradores y coleccionistas.
La segunda, más sutil, consiste en dirigir el gusto estético de las masas ejerciendo sobre ellas un poder: la deformación perceptiva de lo que es "bello". De hecho, a la larga, influye sobre la percepción misma de la realidad, convirtiéndose en persuasión, primero conceptual y, después, moral, plagiando la identidad y la libertad de la persona.

Efectivamente, quien está capacitado para imponer su propio concepto de belleza, está capacitado para amaestrar a las masas, encaminándolas hacia una "no cultura" privada de espesor, sensibilidad, inteligencia y valor estético. Así, es posible transmitir contenidos decadentes, que progresivamente difuminan el sentido de lo bello, domestican la capacidad crítica, alejan de las reflexiones profundas y llenas de significado que el verdadero gran arte puede favorecer -no es casualidad que Dostoievski escribiera que "la belleza salvará el mundo" - y de las emociones auténticas. En vez de educar a la personas, se crean individuos que renuncian a aspirar a las cosas grandes, se les priva de la capacidad de discernir en la realidad lo que tiene valor, se les acostumbra a una existencia pobre y vulgar que, a su vez, no está capacitada para crear cosas bellas. Sustancialmente, aprovechando la escasa educación del sentido crítico, lo primero que se hace es distorsionar la percepción de la realidad, presentándola como un conocimiento más profundo de la realidad misma, atribuyéndole significados que, en cambio, no tiene y, finalmente, justificándola en el plano estético e ideal. Así es cómo se plasma la identidad de un individuo que, aunque persuadido de ser dueño de sí mismo y, de hecho, satisfecho porque cree haber tenido acceso a una cultura "elevada" que no todos entienden, es en realidad un ser débil que está siendo manipulado por las élites intelectuales

Reeducar el gusto 

Las consecuencias para el ejercicio efectivo de la libertad y la maduración de la persona son, por tanto, dramáticas. ¿Cómo es posible oponer resistencia a una violencia tal por parte del poder cultural? Es fundamental educar. Sin educación a la belleza no hay ninguna posibilidad de discernir qué tiene valor y qué no lo tiene. Pero esta educación no es la comprensión "heterodirecta" del significado de las obras. Si así fuera, se volvería a caer en la idea de que para "entender" el arte es necesario formarse a través de la mediación de una élite intelectual portadora de las claves de lectura del arte.

Esto no implica negar la importancia que tiene el estudio de la historia del arte y el contexto histórico en el cual se produjeron las obras, pero es necesario utilizar tales conocimientos para una mejor comprensión de la obras que, ya por sí mismas, son capaces de entrar en comunicación con la parte más íntima del hombre.

Hace falta, por consiguiente, ayudar a redescubrir la belleza verdadera, partiendo de nuevo de los grandes maestros, de la tradición, comenzando por la belleza clásica, medieval y renacentista, sin denigrar las verdaderas (pocas) obras de arte contemporáneo.

La grandeza del arte verdadero está, efectivamente, en la capacidad de vehicular significados y emociones prescindiendo de una pre-comprensión intelectualista de las intenciones del artista; es decir, en su ser universal dado que está capacitado para comunicar con todos al ser capaz de tocar a cada uno de nosotros en relación a nuestra propia historia y sensibilidad.

Traducción de Elena Faccia Serrano.

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