Lunes, 10 de agosto de 2020

Religión en Libertad

La «neolengua», un instrumento fundamental para impedir pensar

Orwell anticipó en «1984» el yugo actual de la corrección política, pero también nos dio el antídoto

Una escena de «1984», la película que dirigió ese año Michael Radford según la novela de Orwell.
Una escena de «1984», la película que dirigió ese año Michael Radford según la novela de Orwell.

ReL

Fallecido hace setenta años, George Orwell, el autor de 1984, sigue siendo un analista insustituible de los totalitarismos de ayer, de hoy y de mañana: nos dejó las claves para comprender el imperio de la corrección política, pero también para defendernos del mismo. Es el planteamiento de Mathieu Bock-Côté en un reciente artículo en Valeurs Actuelles:

Orwell, profeta del antitotalitarismo

Si bien ningún gran titular de prensa se ha olvidado de señalar que, en 2020, se cumplen los setenta años de la muerte de George Orwell, nombre de pluma por el que es conocido Eric Blair (1903-1950), no es seguro que esta conmemoración hasta estado a la altura de su obra que, desde hace veinte años, ha encontrado un nuevo eco en Francia.

Jean-Claude Michéa ha tenido un papel relevante en este renacimiento desde la aparición, en 1995, de su libro Orwell, anarchiste tory, en el que el filósofo francés se apoya en el escritor para llevar a cabo una crítica severa de la mística del progreso, denunciando la traición del socialismo original a manos de la izquierda ideológica.

Michéa ha contribuido también a la revalorización del concepto "common decency", para recordar la importancia del común de los mortales y de las personas ordinarias en una época obsesionada con el culto a la "diversidad". A partir de ese momento este concepto ha ido invadiendo el espacio público, un poco como ha sucedido con la noción de hegemonía cultural de Antonio Gramsci que, actualmente, es citada por todas las familias políticas. Antaño, citar a Orwell era sofisticado; hoy se ha convertido en algo casi banal.

Una parte de la joven izquierda se ha apoderado con tanto ahínco de Orwell que lo ha transformado en baluarte de sus propias luchas decrecientes, hasta el punto de querer convertirlo en un coto privado, acusando a la "derecha" de "recuperarlo" a fin de identificarse con él. Que Orwell es una figura del socialismo, es algo innegable: él se declaraba abiertamente socialista. Su vida y su obra -pensemos sobre todo en libros como Sin blanca en París y Londres y El camino de Wigan Pier- no se pueden separar de su compromiso contra la miseria y las injusticias que le hacían sufrir en lo más hondo de su ser.

En una de sus primeras novelas, Que no muera la aspidistra, Orwell dejó una importante argumentación contra el aborto.

Pero el socialismo de Orwell no se parece en nada a la doctrina que tenemos la costumbre de designar como tal, y estaba muy lejos de las racionalizaciones doctrinales del marxismo erudito. Se trataba, sobre todo, de un llamamiento a luchar contra la miseria y las extremas desigualdades, algo que él no consideraba contradictorio con una sana defensa del patriotismo y de las tradiciones de un país.

Era también divertido: basta leer las descripciones irónicas que hacía de los intelectuales de izquierda, en los que veía claramente a los peores defensores de su propia facción, que atraían "con su encanto magnético a todos los bebedores de zumos de frutas, los nudistas, los iluminados en sandalias, los pervertidos sexuales, los cuáqueros, los charlatanes homeopáticos, los pacifistas y las feministas de Inglaterra".

Orwell tenía la valentía física de sus ideas: de hecho, fue también en nombre del socialismo por lo que se comprometió, durante la Guerra Civil española, con el bando republicano. Temerario, estuvo en el frente, sin caer nunca en el fanatismo. Relató su guerra en Homenaje a Cataluña, publicado en 1938.

Esta experiencia le marcó de por vida. Conoció sobre el terreno el comunismo estalinista y, sobre todo, su extraordinaria capacidad de deformar la realidad y someterla íntegramente a un proyecto de reescritura ideológica. La cuestión del totalitarismo se convertirá en el centro de su vida y de sus últimos años.

La asociamos, claro está, a Rebelión en la granja, publicada en 1945, pero sobre todo a 1984, que se publicó en 1949, una auténtica obra maestra que una parte de la izquierda orwelliana trata, hoy en día, con un absurdo menosprecio. Y sin embargo, fue a partir de este libro que él dejó una huella definitiva en la historia de la filosofía política, descifrando la experiencia del mal radical en el corazón del siglo XX.

1984 tiene forma de novela de anticipación en una Inglaterra post-revolucionaria, convertida en una sociedad totalitaria. Esto le permite a Orwell explorar sus efectos psicológicos sobre quienes la sufren a través de la historia de Winston Smith, torturado interiormente por la posibilidad de la disidencia cuando descubre la naturaleza del sistema que grava sobre él, encarnado por la figura del Gran Hermano.

Porque el totalitarismo va mucho más allá de la lógica del régimen del partido único. Se caracteriza, fundamentalmente, por la sustitución total de la realidad por la ideología, que debe llegar a ser todopoderosa. Es necesario aprender a "no ver lo que vemos", y a traducir todos los acontecimientos con la lógica del sistema ideológico oficial. El totalitarismo, explica Orwell, deforma las almas obligando a los hombres a aceptar que 2 + 2 = 5. Se trata de cercenar su vínculo con la realidad para hacer que evolucionen exclusivamente en el ámbito de la ideología, es decir, en un mundo artificial, siguiendo la línea oficial, a pesar de las contorsiones que engendran una suerte de esquizofrenia específica.

"La guerra es la paz; la libertad, la esclavitud; la ignorancia, la fuerza": estos tres eslóganes repetidos sin cesar por las autoridades condicionan a quienes los oyen, que acaban viendo el mundo tal como lo filtra el régimen. Su vocación es conseguir que el hombre ya no se fíe de su experiencia bajo ningún concepto: es el discurso oficial el que determina el sentido del mundo y de los acontecimientos.

Para sobrevivir y evolucionar en un sistema totalitario, es necesario seguir la línea marcada sin desviarse nunca de ella, lo que favorece la promoción de los mediocres, ocupados sobre todo en no transgredir el dogma. También es necesario odiar con fuerza al enemigo del momento, el contrarrevolucionario, el proscrito. Es por ello por lo que el Partido organiza los dos minutos de odio, ejercicio ritualizado en el que todos deben llevar a cabo un ejercicio de detestación ritual contra todo aquel que el sistema designe a la vindicta pública.

Mientras el hombre pueda hacer frente a esta ideología situándose fuera de sus representaciones obligatorias, podrá oponerse a ella. Y mientras una parte de su mente siga viendo el mundo de un modo distinto al punto de vista oficial prescrito por el régimen, será una persona peligrosa... un criminal de pensamiento porque se aleja de la línea del Partido.

De ahí la necesidad de controlar las condiciones mismas del pensamiento, lo que implica un dominio absoluto del lenguaje. A través del concepto de "neolengua", Orwell describe la perversión del lenguaje, que ya no tiene la vocación de describir el mundo, sino más bien de enmascararlo, cambiando su sentido, incluso invirtiéndolo. Orwell comprendió que una manipulación sistemática del lenguaje es la mejor forma de reformatear las mentes, atrofiándolas.

Destruir la posibilidad mental de pensar

En su novela nos encontramos también con el personaje de Syme, funcionario diligente del Partido, comprometido en la reforma permanente del diccionario de la neolengua, personaje orgulloso y entusiasmado por poder participar en esta empresa. "¿Acaso no os dais cuenta de que el verdadero fin de la neolengua es restringir los límites del pensamiento? Al final, haremos que sea literalmente imposible el crimen de pensamiento, porque ya no habrá palabras para expresarlo. Cada uno de los conceptos necesarios se expresará con una sola palabra, cuyo significado habrá sido rigurosamente delimitado. Todos las otras acepciones serán suprimidas, se olvidarán.  [...] Cada año habrá menos palabras y el campo de la conciencia estará cada vez más restringido". Tanto que ya no será posible formular otro pensamiento que no sea el impuesto por el régimen.

En un apéndice a 1984 titulado Los principios de la neolengua, Orwell analiza con sutileza la transformación del lenguaje a manos del totalitarismo. "El fin de la neolengua es, no sólo proporcionar un modo de expresión a las ideas generales y las costumbres mentales de los devotos del Ingsoc [abreviación de "socialismo inglés", ideología oficial del régimen], sino imposibilitar cualquier otro modo de pensar. La intención es que cuando la neolengua haya sido adoptada una vez por todas y la viejalengua haya sido, por tanto, olvidada, cualquier idea herética -es decir, alejada de los principios del Ingsoc- sea algo totalmente impensable, en la medida en que el pensamiento depende de las palabras". [Pie de foto tomado del artículo de Valeurs Actuelles.]

Se comprende lo que teme el régimen: la persona que consiga salir de la neolengua y expresar sus propias ideas, con sus propias palabras, estará tomando un camino que, sin saberlo, la llevará a la disidencia. Por tanto, es necesario destruir la posibilidad mental de pensar. La policía del lenguaje es una policía del pensamiento: vigila la posible reaparición de las palabras proscritas que podrían llevar a quienes las utilizan a ver el mundo de otra manera sin casi darse cuenta.

También hay que controlar totalmente las representaciones del pasado para evitar que aparezcan bajo una luz ventajosa respecto al presente: "También se reescribe continuamente la historia". El Gran Hermano no tolera la posibilidad de conocer otro mundo que no sea el que él ha construido. De ahí la necesidad, también, de neutralizar a los clásicos, puesto que ofrecen una visión del mundo que no es la aceptada por las categorías ideológicas del Partido. Orwell anticipaba, de este modo, la reescritura en la neolengua de los clásicos de la literatura: "Se destruirá toda la literatura del pasado. Chaucer, Shakespeare, Milton, Byron existirán sólo en neolengua. No sólo se les cambiará en algo distinto, sino que los transformaremos en algo que será lo contrario de lo que ellos han sido hasta ahora".

Leyendo 1984 hoy, es asombroso el parecido entre el sistema mental del totalitarismo y el que estructura actualmente la corrección política, si bien bajo su imperio su influencia está, por el momento, menos extendida. En la corrección política está todo: el condicionamiento ideológico permanente; la prohibición, cada vez más difundida, de un determinado número de palabras; la obligación de celebrar el vivir juntos "diversitario" a pesar de que la realidad desmiente incesantemente sus supuestos logros; la participación a rituales de odio público denunciando a los polemistas y los parias que contradicen los fundamentos del régimen.

La inversión del significado de las palabras domina la vida pública: así, la democracia es asimilada al gobierno de los jueces; el estado de derecho, a la restricción de la libertad de expresión; el antirracismo, a la celebración de las identidades raciales minoritarias y la obligación de odiar al hombre blanco. ¿Acaso no busca el régimen "diversitario" hacernos creer que 2 + 2 = 5 cuando decreta que el hombre y la mujer no son más que dos constructos sociales artificiales, o que un padre no es por fuerza un varón?

¿Es Orwell un pesimista total? Tal vez. En 1984, la esperanza está en el proletariado. A los proletarios no se los representa como una clase mesiánica, que fue el error de Marx, sino como un pueblo que aún no ha sido completamente reeducado y que conserva los instintos y los afectos que podrían llevarlo a la insurrección. Las clases populares, de hecho, desean vivir en un mundo a escala humana, sobre el que poder influir. Luchan contra su desarraigo y un espíritu de desmedida que tiende a deshumanizar a los hombres. Es la famosa common decency. Una reflexión interesante cuando sabemos que el régimen "diversitario" está acosado por la revuelta "populista". [Pie de foto tomado de Valeurs Actuelles.]

Orwell murió en 1950 de tuberculosis. Tenía 46 años y una salud frágil. Él, que nunca se había cuidado mucho, de alguna manera había caminado a grandes pasos hacia su propio final. Buscaba una vida completa y había encontrado en el periodismo una manera de explorar concretamente todas las facetas de la existencia, haciendo de ella una lucha en cada instante.

Si bien toda su obra merece ser redescubierta, 1984 la transciende, va más allá. Es necesario leer y releer el clásico de Orwell porque capta la naturaleza misma del totalitarismo y nos permite ver, a la luz de su anticipación, la tentación totalitaria que acosa a nuestra modernidad tardía.

Orwell forma parte, con Koestler y Milosz, de los clásicos del antitotalitarismo. Simon Leys vio en él al "mayor profeta de nuestro siglo". Sus reflexiones sobre la neolengua, la vigilancia permanente de las mentes, la interiorización de la coacción ideológica, la institucionalización de la mentira, nos permiten descifrar lo que hoy llamamos corrección política. Más allá de su vinculación política circunstancial, que desde luego no era en absoluto deshonrosa, Orwell penetró el secreto de la dominación totalitaria. Simon Lys dijo también que, por este motivo, él creía que "no existe ningún otro escritor cuya obra pueda sernos tan útil, de una manera práctica, urgente e inmediata". Por desgracia, hoy sigue siendo verdad.

Traducido por Elena Faccia Serrano.

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