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¿Es correcto hablar de "Descubrimiento" de América?

En cuerpo y alma

23 octubre 2017


 
 
            En un siglo extraño como el que nos toca vivir, preocupado de muchas tonterías entre las cuales transformar la finalidad del lenguaje para que las palabras dejen de tener significados concretos, -unos agradables, otros menos, otros incluso desagradables-, para pasar a ser instrumentos asépticos que no molesten a nadie, una de las pequeñas batallas al respecto es la que se libra en torno a la denominación “Descubrimiento de América”, a la que aún sea de añadir para la perfecta descripción del hecho, “por Colón y los navegantes y exploradores españoles”.
 
 
            1. El debate políticamente correcto
 
            Evidentemente, si de lo que se trata es de no molestar a nadie, está claro que el término “Descubrimiento” molesta a algunos, y por lo tanto habría que cambiarlo. Aunque desde este punto de vista, ya les anticipo a Vds. que nadie va a ser capaz de encontrar término alguno que satisfaga a todos, pues no en balde somos ya casi ocho mil millones de seres humanos en el planeta. Como también les anticipo que, sin salir de este enfoque de la cuestión, el término que más consenso va a suscitar va a seguir siendo, precisamente, el de “Descubrimiento de América”.
 
 
            2. El debate semántico
 
            Mucho más interesante me parece, sin embargo, el debate que se plantea en el campo del auténtico significado de las palabras, ese que tanto molesta hoy día a los que, precisamente a través de las palabras, quieren reescribir la historia y resquebrajar la sociedad.
 
            Pues bien, desde tal punto de vista, el término “Descubrimiento de América por los navegantes españoles” es totalmente preciso, y más preciso que ninguno otro que hasta la fecha haya podido ser propuesto o utilizado. Algo que vamos a intentar demostrar en las siguientes líneas.
 
 
                        2. 1. El Descubrimiento, realizado por los indígenas
 
            Se dice que los marinos españoles no pudieron descubrir América porque antes que ellos ya lo habían hecho los propios americanos.
 
            Nada más torticero, engañoso y a la vez errado. La realidad es que los americanos no habían descubierto nada: los americanos vivían en América y basta, sin haber realizado ningún descubrimiento, no sólo sin preguntarse cómo era el planeta en el que vivían o lo que había allende las aguas cuyas olas veían agitarse, sino sin ni siquiera conocer lo que había en su propio entorno más allá de lo que constituía su hábitat de supervivencia, ni menos aún las dimensiones y la forma del inmenso continente en el que su vida se desenvolvía. Algo en lo que los americanos, por cierto, no eran ni mejores ni peores que europeos o africanos, los cuales tampoco habían “descubierto” ni Europa ni Africa por el sólo hecho de “residir” en ellas.
 
            A los efectos no está de más señalar que apenas dos civilizaciones americanas, incas y aztecas –puede que alguna más, pero muy pocas-, en todo el inmenso continente americano habían trascendido el ámbito de lo estrictamente “provincial”, y que el resto de los americanos vivían en pequeñas comunidades de autosupervivencia y de mero autoconocimiento, cuyo tamaño a duras penas excedía el de una tribu y poco más.
 
            Con un ejemplo bien revelador, vivir rodeados de bacterias no permite a nadie ni afirmar que las hayamos descubierto “entre todos” porque las teníamos al lado y las padecíamos, y menos aún, desacreditar a su verdadero descubridor, el holandés Anton van Leeuwenhoek, que es quien un buen día, después de no poco trabajo y de mucho talento, nos dijo que existían, lo que eran y los sufrimientos que nos proporcionaban.
 
 
                        2. 2. “Descubrimiento” o “encuentro”
 
            Los buenistas del lenguaje proponen como alternativa al del “descubrimiento” el término “encuentro”, un “encuentro de culturas”, un “encuentro de civilizaciones”, un “encuentro de dos mundos”. Y este es, efectivamente, el primero y más fehaciente de todos los resultados o consecuencias del “descubrimiento”, por lo que en modo alguno puede presentarse el término como “alternativa”, sino, bien al contrario, como el perfecto compañero semántico: porque hubo un descubrimiento, pudo haber, a continuación, un encuentro.
 
            Un encuentro que, en algunos contextos, puede ser el término más adecuado, y desde luego, amigable para referirse a lo que ocurrió, no digo que no. Personalmente, la palabra me encanta. Pero sería absurdo presentarla como la causa de lo acontecido y no como lo que realmente es, a saber, una consecuencia más, la más importante si quieren, pero una consecuencia al fin y a la postre. De parecida manera a como las bacterias y Anton van Leeuwenhoek, no “se encontraron”, sino que éste descubrió a aquéllas, por muy cerca que se hubieran hallado unas y otro desde el momento en que Leeuwenhoek nace, y antes que él, sus padres, y antes sus abuelos, y antes todos sus innumerables ancestros, y simultáneamente a él, todos sus vecinos y compañeros en el planeta tierra.
 
            Dar al término “encuentro” el significado que los buenistas del lenguaje quieren darle para que en vez de complementar al “descubrimiento” pueda reemplazarlo, obligaría a que españoles y americanos hubieran acordado encontrarse en algún punto del planeta tierra, preferentemente en el equidistante del continente americano y el continente europeo en medio del Atlántico, con el objetivo de conocerse e intercambiar experiencias, cosa que a todas luces no es lo que ocurrió.
 
            Por el contrario, lo que sí ocurrió es que fueron los españoles los que se lanzaron a la increíble aventura de averiguar qué es lo que había allende los mares hasta el destino que sin ninguna duda se conocía y se buscaba, las costas más orientales de Asia, para encontrarse, bien es verdad que gracias a la más hermosa de las casualidades, con que lo que había era algo más que pura agua, sino un ignoto y entero continente, de dimensiones inimaginables y en consecuencia, absolutamente inesperable.
 
            Algo que por cierto, abunda en la idea del “descubrimiento”. Porque la forma y dimensiones del mismo eran completamente desconocidas hasta para el más versado de los indígenas americanos. Y fueron, una vez más los españoles (con importantes aportaciones de los portugueses), los que en un tiempo no excesivamente largo (menos de medio siglo), realizaban las exploraciones que permitían determinarlas con bastante precisión, aportando por primera vez en la historia una visión global del continente que, ni que decir tiene, ni siquiera tenían los que antes que los españoles lo habían habitado durante siglos.
 
 
                        2. 3. Descubrimiento, no invención.
 
            En ese afán desmedido por desprestigiar el esfuerzo y talento que los navegantes españoles tuvieron que desplegar en el Descubrimiento de América, y poniendo la máquina de decontracturar argumentos al límite de sus posibilidades, se ha llegado al disparate total de afirmar que difícilmente se pudo “descubrir” lo que ya estaba ahí. Pero es que en eso, precisamente en eso, consiste un descubrimiento, palabra que no significa otra cosa que retirar el velo que cubre algo, algo por lo tanto, preexistente.
 
            Confunden los que esta argumentación utilizan un descubrimiento con una invención. El descubrimiento es el proceso que conduce a conocer la existencia, y en todo caso las expresiones, de algo que ya existe, aunque los seres humanos, en nuestras estrechas entendederas -al fin y al cabo, sólo disponemos de cinco limitados sentidos- no lo conociéramos con anterioridad.
 
            Consiste la invención, por el contrario, en realizar, a partir de cosas que ya existen por veladas que se nos presenten, aplicaciones que sin la mano del hombre de ninguna manera, o con muy bajo índice de probabilidad, se habrían producido de manera espontánea en la naturaleza.
 
            Con un ejemplo, se descubre la electricidad, se inventa la bombilla eléctrica. Y que yo sepa, nadie habla de la “invención de América”, sino de su descubrimiento.
 
 
                        2. 4. El “eurocentrismo” del término “Descubrimiento”.
 
            Se tacha el vocablo “descubrimiento” de eurocentrista, un término en el que los aspectos a rebatir no son ya sólo uno, sino dos.
 
 
                                   2. 4. 1. “Eurocentrismo” o “hispanocentrismo”.
 
            El primero y menos importante por lo que al tema que aquí nos ocupa se refiere es que hablar de “eurocentrismo” representa una verdadera injusticia para los únicos protagonistas del evento en cuestión, pues en el descubrimiento americano nada tuvieron que ver, por poner sólo unos ejemplos, ni franceses, ni ingleses, ni suecos, ni ucranianos ni bosnioherzegovinos, por muy europeos que fueran.
 
            Se trata de un proceso exclusivamente español, caracterizadamente español, en lo que tiene de descubrimiento global, aunque poco más tarde se incorporen a él los portugueses, y ya mucho más, siglos después en realidad y con distinto grado de protagonismo, ingleses, franceses u holandeses, para realizar otros descubrimientos de menor entidad, desde luego ninguno de la importancia de los iniciales: una especie de “pequeños descubrimientos” dentro del “Gran Descubrimiento”.
 
            Desde este punto de vista, háblese pues, en todo caso, de “hispanocentrismo”, pero no en modo alguno de “eurocentrismo”, tratándose como se trata, además, de una Europa que, por entonces, ni siquiera tenía conciencia de su “europeidad” -de alguna manera, también Europa estaba por descubrir-, algo para lo que aún se habrá de esperar al menos tres siglos.
 
 
                                   2. 4. 2. No se trata de eurocentrismo.
 
            Más importante es, sin embargo, el segundo aspecto de la cuestión, el que utiliza el argumento del “eurocentrismo”, para cuestionar el protagonismo de los que realizan el descubrimiento, que no son otros que, precisamente los europeos (así identificados, como decimos, los españoles).
 
            Pues bien, el descubrimiento es de los marinos europeos (españoles, en realidad) y no de los indígenas americanos por la sencilla razón de que partiendo de una situación de mutuo desconocimiento –ni los europeos conocen la existencia de América, ni los americanos conocen la existencia de Europa- los que inician un movimiento activo para poner punto final a dicha situación son los navegantes europeos (españoles para ser justos y precisos), limitándose los indígenas americanos a un comportamiento no sólo pasivo, sino incluso involuntario y hasta, desde su punto de vista, absolutamente inconsciente.
 
            Los navegantes españoles, por el contrario, sí iban a la búsqueda deliberada de algo, y aunque no exactamente lo que esperaban, sí que “algo” descubrieron. Al fin y al cabo, eso, la sorpresa, es lo que convierte al descubrimiento en descubrimiento. Nadie sabe lo que va a descubrir, porque si lo supiera, entonces no habría descubrimiento, y querría decir que lo por descubrir está ya descubierto. En todo descubrimiento existe algo de casual, algo de inesperado… algo de sorpresa. ¡Que se lo digan si no a Fleming!
 
            En resumen: si en vez de haber sido los cascarones españoles los que, al límite de sus posibilidades, por cierto, -conviene recordarlo en cuanto ello habla de la heroicidad y pericia de los marinos españoles- llegan a América, hubieran sido los indígenas americanos los que hubieran llegado a Europa a bordo de sus canoas, -hipótesis que nos planteamos desde un punto de vista retórico, no porque algo así hubiera podido ocurrir nunca habida cuenta de la tecnología con la que contaban-, entonces tendríamos que estar hablando con toda justicia del descubrimiento de Europa por los indígenas americanos. Pero para desgracia de tantos cuya aspiración no es otra que la de cambiar el lenguaje y deconstruir la historia, eso no es lo que ocurrió, y por eso, de lo que tenemos que hablar hoy es del descubrimiento de América por personas procedentes de Europa (de España, para ser más precisos y enteramente justos), y no del de Europa por personas procedentes de América.
 
 
                        2. 5. El verdadero descubrimiento no es español.
 
            Se dice también que de haber “descubrimiento”, éste no correspondería a los marinos españoles, sino al noruego de nacimiento islandés Leif Erikson, que lo habría realizado hacia el año 1000, -quinientos años, por lo tanto, antes que los españoles-, en que según parece, arribó a las costas de Terranova en Canadá
 
 
                                   2. 5.1. ¿Es Erikson el único?
 
            Más allá de la historicidad del periplo que le habría llevado a una Terranova a la que él habría llamado Vinland, que no es la finalidad de este articulo poner en duda, lo primero que sobre el viaje de Erikson habría que decir es que no tiene por qué ser el único realizado por esas fechas o por cualesquiera otras anteriores al viaje descubridor de Colón y los navegantes españoles. Muy posiblemente pescadores vascos, escoceses u otros tan noruegos como el propio Erikson, podrían también haber recalado en las costas terranovenses atraídos por sus excelentes caladeros de pesca, guardando celosamente el secreto para evitar la competencia, un fenómeno tan de la época de los gremios y hermandades como es el medievo, razón por la cual no habrían dejado traza alguna.
 
            Por cierto, que puestos a hacer historia ficción, existe también una sugestiva hipótesis que hasta donde yo sé nadie ha planteado, como es la de un hipotético descubrimiento de las costas americanas pero no desde el oriente, sino desde el occidente: ¿algún pesquero japonés conocedor de las corrientes del Kuro shivo (otro descubrimiento español, por cierto, en este caso de ese atractivo personaje histórico que fue el fraile-navegante, Andrés de Urdaneta) que hacen posible la singladura desde Asia hasta América? Una hipótesis que, por lo menos, contribuiría a dar una respuesta a determinadas afinidades raciales existentes entre las razas americanas y las del extremo oriente. Y cuya omisión, cuyo “no” plantamiento, me lleva, por cierto, a otra cuestión: ¿no nos hallamos, aquí sí, ante un verdadero caso de “eurocentrismo”?
 
 
                                   2. 5. 2. ¿Es lo que hizo Erikson un descubrimiento?
 
            Volviendo a la tesis del “Descubrimiento noruego”, lo segundo que se ha de decir, aún más importante por lo que aquí nos ocupa, es que, como ocurre con los indígenas americanos que antes que Leif Erikson o cualquier otro ya se hallaban en América, el periplo del noruego-islandés no representa en modo alguno un “descubrimiento”, sino una mera estancia, una mera presencia, sin ni siquiera autoconciencia de descubrimiento, sin consecuencias históricas, sin continuidad, sin logros ni producciones de ningún tipo, que, de hecho, sólo adquiere alguna relevancia cuando tras el periplo descubridor de Colón y los marinos españoles, se buscan antecedentes del mismo, tanto para, desde un punto de vista bienintencionado, intentar entenderlo y ponerlo en el contexto histórico adecuado, como para, sobre todo y desde un punto de vista malintencionado, intentar desprestigiarlo.
 
            En pocas palabras: tras el supuesto periplo de Erikson, Europa continuó desconociendo la existencia de América, y América la de Europa. ¿Dónde está, pues, el descubrimiento?
 
 
                        2. 6. ¿Tiene lugar el “Descubrimiento” verdaderamente en 1492?
 
            Sí me planteo, sin embargo, que el descubrimiento de América no es un proceso finiquitado el 12 de octubre de 1492, día en el que como se sabe, los españoles arriban a la primera isla americana, Guanahaní, y estoy dispuesto a aceptar, e incluso a defender, que, como tal, el descubrimiento se alarga, por lo menos, doce años, los que van desde el 1492 hasta el 1504, años en los que los españoles, -una vez más los españoles y sólo los españoles-, acuden atónitos a un espectáculo tan inesperable, tan insospechado, que ni capaces son de conceptuar, entender y menos aún, aceptar, el verdadero alcance que tiene… Hablo de los años en los que marinos, geógrafos e intelectuales españoles se debaten entre la idea de que, como se deseaba, se había llegado al extremo oriente asiático, o, por el contrario, “sólo” se han “descubierto” tierras ni de cuya existencia ni de cuyas dimensiones, tenían la menor noción ni aun los que las habitaban.
 
            Un proceso, éste de la incertidumbre, del que aunque no conocemos bien el exacto momento en que termina, sí sabemos, sin embargo, que se halla con toda seguridad finalizado para cuando en 1504 tiene lugar la nunca suficientemente ensalzada y comentada Junta de Toro, en la que Vicente Yáñez Pinzón, Américo Vespuccio y el Cardenal Rodríguez de Fonseca (y por cierto, no un Colón enfermo que declina la invitación a acudir) deciden ponerse a la búsqueda del paso que permita enlazar las aguas del Atlántico con las del océano que baña Asia al otro lado del continente descubierto… y eso, siempre que en medio, no volviera a existir un continente un nuevo, que espacio había para ello, cosa que, como hoy sabemos pero entonces no, no aconteció.
 
 
                        2. 7. Verdadero alcance geográfico del Descubrimiento.
 
            Sí estoy de acuerdo, sin embargo, en que el término “descubrimiento de América” tiene algo de injusto, pero no, como acostumbra a enunciarse, en detrimento de los indígenas americanos, sino bien al contrario, en perjuicio de los marinos y exploradores españoles, pues lo que éstos a lo largo de todo el s. XVI y parte del XVII descubren no es América, no, sino, con la incorporación al del continente del descubrimiento del Océano Pacífico, nada menos que… ¡¡¡la completa mitad del planeta!!! ¡¡¡toda una semiesfera terrestre!!! En otras palabras, cuanto queda entre el meridiano 28 oeste y el meridiano 105 este, o, en otras palabras todavía, cuanto hay entre las islas Canarias y las islas Filipinas. Media tierra y no sólo un continente.
 
 
                        2. 8. Verdadera dimensión ontológica del Descubrimiento.
 
            Eso, por lo que al aspecto territorial de la cuestión se refiere. Que no es, desde luego, el único, porque el Descubrimiento, así, con mayúsculas, va mucho más allá y afecta a muchos otros campos del pensamiento y del saber, sólo a modo de ejemplo los siguientes:
 
            - Se ratifica que la tierra es redonda, algo que ya sabían los más antiguos sabios de la Antigüedad aunque fuera todavía difícil de comprender para el vulgo ignorante y aún para algún “sabio despistado”.
            - Se “descubre” a cada civilización la existencia de la otra, la “otridad” en definitiva, si me permiten Vds. el “palabro”.
            - Se “descubre” el camino hacia la interacción de todas ellas, hacia la creación de nuevas razas y hacia el comercio global.
            - Se “descubren” nuevas rutas marinas y terrestres.
            - No se descubren pero sí se trazan, caminos inéditos, que superan ríos y montañas, y unen pueblos y personas que no tenían la menor idea de su mutua existencia.
            - No se descubren, pero sí se levantan, cartografías inéditas y mapas nuevos.
            - No se descubren, pero sí se crean, se fundan, nuevas ciudades y nuevas universidades.
 
            Se descubren, en suma, las verdaderas dimensiones y circunstancias del planeta tierra y con él el de la Humanidad…
 
            Eso, todo eso, es lo que el Descubrimiento hizo posible, el “Descubrimiento de las tierras americanas por los navegantes y exploradores españoles”. Las cosas como son, que hora va siendo ya de que llamemos a las cosas por su nombre y dejemos de inventar nombres para que les gusten a los ocho mil millones de habitantes del planeta (si ello fuera posible). A cada uno, pues, lo suyo. A los marinos y exploradores españoles de los siglos XV y XVI también.
 
 
            Conclusion.
 
            Se demuestra, una vez más, que todo aquello que, como es el término “descubrimiento” para describir lo acontecido con América a finales del s. XIV gracias al esfuerzo y al talento de los navegantes españoles, surge de una manera inocente, espontánea, natural, casi instintiva, acostumbra a ser correcto, mientras que aquello que nace de una interpretación retorcida, compleja, y desde luego, como ocurre en este caso, malintencionada y tortuosa, no.
 
            Una cosa sí se ha de reconocer, sin embargo, desde un punto de vista positivo: tanta impostura y tanta falsificación sin quererlo y de manera indirecta, sí que contribuyen, mediante el debate que generan y la necesaria aportación de argumentos a la que obligan, a poner las cosas en su sitio y a fijar los cimientos de las ideas que son correctas. Así que aunque sólo sea por eso, gracias tanto a los buenistas del lenguaje como a los deconstructores de la historia, a los que con tanta frecuencia y con tanto afán, vemos trabajar juntos, bien cogiditos de la mano.
 
            Por lo demás, poco que añadir, queridos amigos, sino lo de siempre: que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.
 


 
            ©L.A.
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Luis Antequera
De formación jurídico-económica, profesionalmente hablando Luis Antequera ha trabajado tanto en el mundo de la banca como en el de la enseñanza. Las tres pasiones a las que dedica su tiempo son la literatura, la historia de las religiones y la actualidad socio-política. Ha publicado tres libros, “Jesús en el Corán”, “El cristianismo desvelado” y “Derecho a nacer”. Ha colaborado en diversos programas de radio y televisión. Actualmente es director del programa de radio “Iglesia perseguida”, quincenalmente los sábados a las 15:00 hs., y colaborador del programa “Diálogos con la Ciencia”, los viernes a las 00:00 hs., emitidos ambos en Radio María. En cuerpo y alma ofrece cada día su punto de vista sobre el mundo convulso que vivimos.

Luis Antequera, [email protected], es autor, editor y responsable del Blog En cuerpo y alma, alojado en el espacio web de www.religionenlibertad.com
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