Preso del Espíritu Santo
Tres carmelitas descalzos mártires serán pronto beatificados en Santander
Queridos hermanos:
El Espíritu Santo obra maravillas y siempre nos sorprende. Este año ha sido algo asombroso, el viernes anterior a su fiesta, el Papa León XIV, en vísperas de su visita a España, firma el decreto de beatificación de 80 mártires de Santander. En esa lista encontramos 67 sacerdotes, 3 carmelitas descalzos, 3 seminaristas y 7 laicos. Hoy, dos días después, solemnidad de Pentecostés, quiero compartir con todos la fuerza que da el dejarse llevar por el Espíritu Santo. Escribe uno de esos mártires asesinados en un barco convertido en cárcel.
Antes me presento, soy Maximino de la Virgen del Carmen, novicio carmelita descalzo nacido el 16 de diciembre de 1916 en Burgos. Cuando estalla la guerra civil estoy en Reinosa. Lo paso muy mal. Mi condición de religioso hace que mi vida corra peligro de muerte. Así sucede al final. Soy detenido y llevado al barco prisión Alfonso Pérez en Santander. Allí nos tienen metidos en las bodegas a muchos reclusos en condiciones infrahumanas. Tras un bombardeo del bando nacional sobre la ciudad de Santander la mañana del 27 de diciembre de 1936, las represalias para los reos son atroces. El barco donde me encuentro encarcelado es asaltado con bombas de mano y fusiles. Morimos muchos presos, más de 100. Todo lo ofrecemos por Dios y por España.
No todo queda ahí, en ese atardecer de finales de diciembre donde la sangre corre por las cubiertas y bodegas del Alfonso Pérez, sino que antes y después hay más asesinatos por odio a la fe. Entre ellos están otros dos hermanos míos, el P. Atanasio del Sagrado Corazón y el Hermano Ruperto de la Cruz. A éstos dos los tiran al mar, al hermano Ruperto unos días antes de mi muerte y al padre Atanasio en la víspera de fin de año. Y así podríamos seguir con los sacerdotes, seminaristas y laicos que también entregan su vida a Dios por no renunciar a su fe. Muchos pasan por la cárcel o por el barco que sirve también de prisión. Son momentos muy duros, pero que si vamos más allá, y nos dejamos llevar por el Espíritu Santo, todo cambia.
Me explico, estoy preso en las bodegas de un barco, pero soy libre, mucho más libre que aquellos que me han detenido. Y eso porque me he dejado cautivar por el amor de Dios Espíritu Santo que me hace ver todo de otra manera. Es mi prisión una prisión de amor que me lleva a ofrecer todo y entender mi vida de otra manera muy distinta. El Espíritu Santo con sus dones y frutos me ha metido en una cárcel de amor de la que no quiero salir. Es algo que no se entiende si no se vive a fondo la unión con Dios Espíritu Santo. Cuando uno se abre a Dios y deja que tome las riendas de su vida puede pasar lo que me ocurre a mí y a tantos españoles en los años 30 del siglo XX. El odio a la fe nos lleva a la muerte, pero en realidad nos abre a la vida eterna. La preparación es obra del Espíritu Santo. Un alma que pone todo en Dios no tiene miedo a nada ni a nadie. Así se fragua un mártir, un alma libre que es presa del amor divino.
Podríamos decir que lo primero que vive un preso del Espíritu Santo es amar a Dios. Amar a Dios por ser Dios, no por lo que nos pueda dar y de hecho nos da, sino por ser Dios. Amar siempre y por todo a Dios, venga lo que venga; el amor de Dios es el motor de toda vida que quiere entregarse a Él. Te lo dice un preso del amor de Dios.
Unido a ello está la paz. La paz del alma es clave para que Dios pueda entrar en un corazón y darse del todo. Cuando un corazón está con paz se puede hacer con él todo lo que quiere, si se mueve sin parar y sin buscar la paz, sufre cada vez más. Es por eso que vivo en paz mientras sobrellevo las penurias de la cárcel. Sin Dios Espíritu Santo la cárcel puede provocar una angustia tal que hunde al preso en lo más hondo de esas bodegas del Alfonso Pérez…
Todo esto se entiende desde la vida de oración. Cuanto más rezo siendo reo, más unido estoy a Dios y venzo toda tentación y sufrimiento. Incluso puedo volar y llegar a lo alto del Calvario para unirme a Cristo y dejarme matar como Él. La oración me alimenta el alma mientras paso hambre por la falta de comida material. Rezo y me lleno de Dios aunque no tenga mucho para alimentar mi cuerpo.
No voy a negar que no sufra como preso, pero me acuerdo de las mortificaciones que hacía en el convento y revivo como me ayudaban a dominar mi cuerpo para amar cada vez más a Dios. Ahora la mortificación es de otro tipo, no son actos puntuales, sino el modo cotidiano de vida de un joven reo que cumple 20 años encerrado en prisión.
Y con esto entramos en el amor a todos, también a nuestros enemigos, es algo heroico y lo que nos pide Cristo en el evangelio. Por eso rezo por mis carceleros y les perdono mientras empieza la gran matanza. Es todo por Dios, por puro amor a Dios que nos enseña a perdonar a todos y amar a todos desde su amor divino que se manifiesta en el poder y fuego del Espíritu Santo.
Es la mejor manera de vivir el propio vencimiento y mortificación. Cada vez arde más el fuego del Espíritu en mi corazón. Mi corazón late con fuerza muchas veces en momentos donde pienso que llega el final, pero entonces me uno al Corazón de Cristo y todo se calma, el Espíritu Santo me hace vencerme y dejar todo en su Persona…
Y ante esto es bueno y natural preguntarse ¿Qué más puede querer un reo que tener algo de consuelo? Pues al estar preso por el Espíritu Santo sucede todo lo contrario, que no busco consuelo sino hacer todo sólo para servir y dar contento a Dios. Esto es imposible sin estar lleno de Espíritu Santo.
Por eso sigo entregando mi vida día a día en las bodegas del Alfonso Pérez…Entrego mi vida con la confianza puesta en Dios. No desconfío ni un momento de Dios. Sé que si entro por el camino del desaliento puedo terminar muy mal, sufriendo la desesperación que intenta provocar el demonio en mi ser. Las tentaciones no faltan, pero mi confianza está puesta en mi carcelero verdadero, el Espíritu Santo, que me libra de las cadenas de Satanás.
Todo lo que vivo y hago como preso en el Alfonso Pérez es según la verdad. La verdad que me lleva a la Verdad mayúscula que es Dios; no buscar otra cosa sino la verdad en mi vida. Y voy más allá, alabo a Dios por todo lo que me da. Es un camino de entrega en pura libertad para dejarme de vanidades que no sirven de nada sino para llenar de angustia las bodegas de un barco prisión…
Llego al final de la puesta por escrito de mi vivencia espiritual de reo. Vivo a fondo las virtudes: la fe, la esperanza y la caridad. La fe me mantiene firme, si estoy preso es porque no reniego de mi fe en Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Y lo vivo con esperanza. Sé que aunque me maten, no termina mi vida, sino que entro en la vida verdadera, la del cielo, la eterna. ¡Es obra del amor! ¡Amo y me dejo amar por Dios encarcelado en un barco! ¡Da igual todo! ¡Soy feliz! ¡Tengo el amor de Dios conmigo! ¿Qué más necesito? ¡Nada! ¡Sólo Dios basta!
Creo que me he explicado bien. Ahora es tarea de cada uno dejarse llevar por el amor del Espíritu Santo. Amar y dejarse amar por Dios. Es algo tan importante para ser felices en la vida… Sin Dios la vida es muy triste, muy dura, muy dolorosa. Pero si nos dejamos apresar por el Espíritu Santo todo será distinto, muy distinto. ¿Quién se atreve a vivir así? Las normas de vida de un preso del Espíritu Santo ya las conocéis. Ahora sólo queda dar el paso.
Os espero en el cielo.
Fr. Maximino de la Virgen del Carmen
Preso del Espíritu Santo