Religión en Libertad
Ignasi de Bofarull

Ignasi de Bofarull

Profesor emérito de la Universidad Internacional de Cataluña

León XIV: Padres, dejad el móvil y recuperad al hijo

La incompatibilidad de estar con los hijos pequeños y, a la vez, estar con el móvil

La incompatibilidad de estar con los hijos pequeños y, a la vez, estar con el móvil

Creado:

Actualizado:

En:

Suecia: una recomendación sanitaria que toca el corazón de la vida familiar

La reciente recomendación de la Agencia de Salud Pública de Suecia tiene la fuerza de las frases sencillas: deja el teléfono cuando estés con tu hijo. No se trata solo de limitar el tiempo de pantalla de los niños, ni de vigilar qué contenidos consumen, sino de mirar una escena mucho más elemental: el niño pequeño, sin móvil propio, sentado junto a unos padres que sí lo tienen y que, con frecuencia, parecen más disponibles para una notificación que para su mirada.

La orientación sueca pide a los adultos que usen el teléfono delante de sus hijos solo cuando sea necesario o cuando lo estén usando juntos. También propone crear zonas libres de pantalla dentro del hogar. Lo importante de esta recomendación es que desplaza el centro del debate: el problema no es únicamente el niño expuesto a una pantalla, sino la familia reorganizada alrededor de dispositivos. El móvil deja de ser un instrumento puntual y se convierte en una presencia constante que interrumpe comidas, juegos, paseos, conversaciones, esperas y rutinas de cuidado.

En este sentido, Suecia introduce una cuestión de salud pública que es también una cuestión antropológica: ¿qué tipo de presencia adulta necesita un niño pequeño para crecer? Entre los 0 y los 6 años, el niño no necesita solo que sus padres estén físicamente cerca. Necesita una presencia atenta, responsiva, verbal, afectiva y corporalmente disponible. Necesita rostros que respondan, voces que nombren, miradas que compartan el mundo, manos que acompañen, adultos que sepan esperar y escuchar. Cuando el padre o la madre están allí, pero absorbidos por el teléfono, el niño experimenta una forma peculiar de ausencia: el cuerpo del adulto está presente, pero su atención está en otra parte.

Magnifica Humanitas: frente al ensimismamiento digital, cultura del encuentro

Esta recomendación puede leerse a la luz de Magnifica Humanitas, donde la reflexión sobre la tecnología no se reduce a una condena de los instrumentos técnicos. El problema de fondo no es la tecnología en sí, sino el tipo de humanidad que produce cuando queda separada de la verdad, del bien común, de la escucha y del encuentro. Frente a un uso digital cerrado sobre el propio consumo, la encíclica propone una cultura del diálogo, de la atención al otro, de la amistad cívica y de la comunicación orientada por la verdad.

Aplicado a la vida familiar, esto adquiere una concreción muy fuerte. El ensimismamiento digital no consiste solo en que cada uno esté encerrado en sus opiniones o en sus burbujas ideológicas. También aparece en la escena cotidiana del hogar: un padre o una madre encerrados en su pantalla mientras el hijo pequeño intenta mostrar un dibujo, hacer una pregunta, pedir ayuda, contar algo mínimo, reclamar una mirada. Ahí se produce una pequeña ruptura de la cultura del encuentro. El niño no es rechazado de forma explícita, pero queda colocado en segundo plano. No se le dice “no importas”, pero se le comunica algo parecido con el cuerpo: “espera, ahora atiendo esto”.

La cerrazón de la que se queja el Papa en el ámbito social —personas que ya no se escuchan, comunicaciones que no conducen al encuentro, lenguajes que separan en vez de vincular— aparece en miniatura dentro de la familia. La casa puede convertirse en un espacio donde todos están juntos y, sin embargo, cada uno permanece aislado en su dispositivo. En el caso del niño pequeño, esta situación es especialmente grave porque él todavía no compite en igualdad de condiciones. No tiene una pantalla con la que responder. No puede explicar conceptualmente lo que ocurre. Solo siente que la atención del adulto se le escapa.

Por eso, el mensaje sueco y Magnifica Humanitas convergen en una misma intuición: custodiar lo humano exige custodiar la presencia. La cultura del encuentro no empieza en los grandes discursos públicos, sino en la mesa familiar, en el juego compartido, en la respuesta al balbuceo, en la escucha de una frase infantil aparentemente insignificante. Allí se aprende la primera gramática de la comunicación humana.

Tecnoferencia: cuando el dispositivo interrumpe el vínculo

El concepto inglés technoference —que podemos traducir como tecnoferencia— nombra precisamente esta interferencia de la tecnología en las relaciones humanas cercanas. No se refiere simplemente a usar tecnología, sino a la interrupción de una interacción por la entrada del dispositivo: mirar el móvil durante una conversación, responder mensajes mientras el hijo habla, revisar notificaciones durante el juego, fotografiar la escena más que vivirla, estar en la comida familiar con la atención dividida.

En la relación padres-hijos pequeños, la tecnoferencia tiene una importancia particular porque interrumpe el tejido mismo del desarrollo. El niño pequeño aprende en interacción. No desarrolla el lenguaje escuchando palabras abstractas, sino participando en turnos de palabra, gestos, miradas, repeticiones, correcciones, canciones, cuentos y respuestas contingentes. La atención adulta no es un adorno afectivo: es el medio donde el niño aprende a hablar, esperar, confiar, interpretar emociones y descubrir que el mundo es compartido.

Cuando el móvil entra constantemente en medio, no solo corta una conversación puntual. Enseña una jerarquía. Muestra al niño que el aparato merece una atención inmediata, prioritaria, casi reverencial. El hijo puede esperar; la notificación no. El juego puede suspenderse; el mensaje no. La mirada del niño puede quedar sin respuesta; la pantalla sí la recibe. De este modo, la tecnoferencia no solo no educa: educa al revés. Da al móvil una importancia inusitada y desplaza al niño del centro relacional que necesita ocupar en esos primeros años.

La tecnoferencia introduce además un tipo de comunicación fragmentada. El adulto responde a medias, escucha a medias, mira a medias. Pero el niño pequeño necesita enteros: rostros enteros, frases enteras, atención entera, disponibilidad suficientemente estable. La infancia no se alimenta de presencias residuales. Necesita adultos que, al menos en ciertos momentos esenciales del día, estén realmente allí.

Consecuencias familiares y desarrollo de los niños pequeños

Las consecuencias familiares son profundas. En primer lugar, se debilita la cohesión doméstica. La mesa, el paseo, el baño, el cuento de la noche o el juego en el suelo dejan de ser lugares densos de encuentro y se vuelven momentos vulnerables a la interrupción. La familia pierde continuidad narrativa: se habla menos, se miran menos los rostros, se comparten menos detalles, se tolera peor el silencio.

En segundo lugar, se empobrecen dinámicas fundamentales de apoyo y apego. El apego seguro no se construye solo con grandes gestos de cariño, sino con miles de respuestas pequeñas: mirar cuando el niño mira, consolar cuando llora, nombrar lo que señala, celebrar lo que descubre, sostener su frustración. Si esas micro-respuestas son invadidas e invalidadas continuamente por el móvil, el niño puede experimentar una disponibilidad adulta irregular: a veces el adulto está, a veces desaparece detrás de una pantalla.

En tercer lugar, se resiente el desarrollo lingüístico. El lenguaje infantil nace de la conversación viva, de la alternancia, de la repetición, de la narración cotidiana. Un padre que comenta el mundo —“mira el perro”, “esto está caliente”, “ahora esperamos”, “¿qué has construido?”— no solo entretiene: sino que también estructura la inteligencia del niño. Cuando el adulto deja de nombrar porque está absorbido por el dispositivo, se pierden oportunidades ordinarias de lenguaje nutricio.

Finalmente, se afecta la formación moral inicial. El niño aprende qué merece atención observando qué atienden sus padres. Aprende si las personas tienen prioridad sobre las cosas. Aprende si la conversación es valiosa. Aprende si el otro debe ser escuchado. Por eso, dejar el teléfono cuando se está con un hijo pequeño no es un gesto nostálgico ni una manía restrictiva. Es una forma concreta de cultura del encuentro. Es decirle al niño, sin necesidad de discurso: ahora tú eres mi prójimo más cercano; ahora tu palabra, tu juego y tu mirada importan; ahora la realidad que compartimos vale más que la pantalla que me reclama.

La recomendación sueca, leída desde Magnifica Humanitas, nos recuerda que la gran batalla educativa de la era digital empieza en escenas muy pequeñas. Un móvil guardado durante la cena. Un cuento leído sin interrupciones. Un paseo sin notificaciones. Un juego en el suelo sin mirar de reojo la pantalla. Ahí, discretamente, se reconstruye la presencia. Y donde vuelve la presencia, el niño puede volver a habitar la realidad.

Comentarios

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente

tracking