León XIV deja en Madrid una tarea: derribar muros y custodiar toda vida
Del hemiciclo al Bernabéu, pasando por la Almudena y la Nunciatura, el Papa firma en la capital una jornada en la que la bondad de unos pocos quiere vencer el miedo de muchos y devolver esperanza a un pueblo cansado.
León XIV recibe una larga ovación de siete minutos del hemiciclo tras su histórico discurso sobre la dignidad humana ante las Cortes Generales.
Ayer lunes se cerró en Madrid el tríptico que comenzó el sábado con la llegada de León XIV a España y la invitación insistente a alzar la mirada: desde el aterrizaje en Barajas y el primer abrazo al país, pasando por la custodia del Corpus en Cibeles y la gran noche de la Plaza de Lima, hasta el histórico discurso ante las Cortes Generales, el encuentro fraterno con los obispos, la oración en la Almudena y la multitud orante del Santiago Bernabéu. Estos días han ido dibujando un mismo itinerario: poner la dignidad de cada persona —la vida, la familia, los migrantes, las víctimas, los pobres— en el centro de la vida pública y de la Iglesia.
La jornada más intensa comenzó en la Nunciatura, con el encuentro privado entre el Papa y el presidente del Gobierno, y siguió en el Congreso de los Diputados, donde el Sucesor de Pedro defendió toda vida humana como verdadera meta de civilización. Se prolongó en la sede de la Conferencia Episcopal, en un diálogo franco con los obispos sobre unidad, abusos y misión, y culminó, ya de tarde, en la catedral de la Almudena y en el estadio Santiago Bernabéu, donde el pueblo fiel rezó y escuchó al pastor que le invitaba a levantar la vista por encima del cansancio y del ruido político.
En la Nunciatura se encontraron a solas un Papa que ha pasado media vida oliendo a oveja en Chiclayo y llevando sobre los hombros la responsabilidad de discernir obispos para medio mundo, y un presidente que dirige un Gobierno marcado por leyes contra la vida y la familia. Sin grandes altavoces, el contraste estaba servido: una visión del hombre que recibe la vida como don y otra que la administra como si fuese un derecho sometido a mayorías cambiantes. El viaje de León XIV no es una gira de cortesía: es una visita que confronta, con suavidad y firmeza, la gramática de la dignidad humana con las lógicas de poder.
Desde allí, la caravana papal enfiló hacia el corazón visible de la democracia española. Entre sirenas, curiosos apoyados en las vallas y periodistas con el café aún en la mano, León XIV llegó al Congreso para escribir una página inédita en la historia de España: por primera vez un Papa se dirigía en sesión conjunta a las Cortes Generales. El hemiciclo, tantas veces escenario de la descalificación permanente del adversario, se vio obligado a callar y escuchar cómo un pastor ponía la dignidad humana en el centro de la vida política y social del país. No venía a disputar el poder, sino a recordar que, sin respeto absoluto a toda vida y sin cuidado de los más débiles, una democracia se vacía por dentro.
Desde la tribuna de oradores no llevó un mero discurso de cortesía. Habló de los no nacidos que no llegan a ver la luz, de los ancianos considerados carga, de los enfermos tentados de pensar que sobran, de los pobres de dentro y de fuera de nuestras fronteras. Recordó que la defensa de la vida no es un asunto interno de la Iglesia, sino el verdadero termómetro de una civilización, y pidió que en las leyes y en las políticas no existan zonas de sombra donde queden precisamente aquellos a quienes nadie escucha. Pidió también altura de miras y una auténtica renovación moral, recordando que cada decisión pública toca personas de carne y hueso, sobre todo a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír.
La escena, vista desde la tribuna de prensa, tuvo algo de parábola contemporánea. En los escaños se sentaban quienes han votado leyes de aborto y eutanasia, quienes han limitado la libertad educativa de las familias, quienes han convertido la discrepancia política en una maquinaria de crispación continua. Y, sin embargo, al terminar el discurso, todos se pusieron en pie. El hemiciclo entero, de derecha a izquierda, prorrumpió en un aplauso largo, obstinadamente largo. Bajo ese ruido quedaba en el aire una pregunta incómoda: cuántos reconocieron, aunque fuera por un instante, que se les acababa de recordar la verdad sobre la vida, el poder y el deber de servir al bien común por encima de la disciplina de partido.
No solo el hemiciclo percibió la hondura del momento. A la salida, varios obispos hablaban de “un discurso fabuloso, con muchos mensajes” y pedían que quienes habían aplaudido “lo piensen, lo maduren y esa defensa del vulnerable, de todas las vidas y de la libertad religiosa la pongan en práctica ahí donde está la soberanía nacional”. Algunos confesaban haber visto lágrimas en los ojos de sus hermanos y se atrevían a resumir la mañana en una frase: “León XIV le devuelve la esperanza al pueblo español”.
Hubo también un gesto silencioso que dijo mucho sobre la memoria cristiana de España. Al término de la intervención, los presidentes de las dos cámaras regalaron al Papa dos facsímiles que parecían un examen de conciencia en pergamino: un Libro de Horas del siglo XV, esas páginas iluminadas en las que Europa aprendía a santificar el tiempo con la oración, y una reproducción del Beato de Liébana, el códice de Fernando I y doña Sancha que durante siglos ayudó a mirar la historia bajo la luz del Apocalipsis. En el mismo hemiciclo donde se han aprobado leyes que oscurecen el Evangelio de la vida, el pastor de la Iglesia recibía de manos de los representantes de la nación dos símbolos de una cultura que nació rezando las horas y contemplando el misterio de Cristo.
De la tribuna del Congreso, León XIV pasó a la sede de la Conferencia Episcopal. Si ante los representantes de la nación había reclamado poner a la persona en el centro de la vida pública, ante los pastores pidió algo igualmente decisivo: una Iglesia reconciliada por dentro para poder ser instrumento de reconciliación fuera. Les recordó que el obispo está llamado a ser principio visible de unidad en su Iglesia particular, que la pluralidad legítima no puede convertirse en facción, y que el país espera de ellos menos diagnósticos y más cicatrices curadas. Y puso nombre sin rodeos a la herida que más duele: la plaga de los abusos, que solo se afronta con escucha humilde de las víctimas, verdad sin maquillajes, justicia sin dilaciones y reparación también moral y espiritual. Les invitó a ser, en sus diócesis, una Iglesia humilde y sin miedo a la verdad, capaz de dejarse purificar por lo que las víctimas le están diciendo hoy.
Aquella hoja de ruta —escuchar, reparar, comprometerse— se encarnó unas horas más tarde en un gesto que no ocupó portadas, pero que dice quizá más que cualquier plano televisivo: el encuentro del Papa con seis víctimas de abusos en la Nunciatura. Durante casi una hora las escuchó, una por una, acogió sus propuestas, aseguró su cercanía —y la de toda la comunidad eclesial— y se comprometió a que lo oído sirva de base para nuevos esfuerzos, de modo que la Iglesia sea de verdad un lugar seguro y espiritualmente sano, donde las heridas encuentren consuelo y sanación. Si el aplauso del Congreso fue la imagen visible de la mañana, esta hora silenciosa fue el reverso necesario, sin el cual el viaje se quedaría en gesto sin conversión.
Por la tarde, la visita se recogió en torno a la patrona de Madrid. En la catedral de la Almudena, ante la imagen de la Virgen que vela la ciudad desde lo alto de la cornisa, León XIV recordó que para edificar algo nuevo y hermoso hay que destruir antes los muros que dividen, que alejan y que aíslan. Habló de murallas que caen entre ruido y polvo, pero que abren por fin espacios para el encuentro y permiten vislumbrar de nuevo el horizonte, y advirtió contra la tentación de apuntalar muros que ya no protegen, sino que separan. Con la sencillez de una oración mariana, invitó a dejar que Nuestra Señora de la Almudena sostenga la decisión de romper las barreras que impiden la reconciliación en las familias, en la política, en la propia Iglesia, y pidió a la Iglesia madrileña que huya de los grupos cerrados para hacerse comunidad de puertas abiertas.
Y entonces, Madrid volvió a convertirse en plaza abierta, esta vez en forma de estadio. El Santiago Bernabéu, acostumbrado al ruido de los goles y a la liturgia secular del fútbol, se transformó en una gran asamblea orante que palpaba la llegada del Papa como se espera a un amigo. “Es una pasada el preámbulo a la llegada del Papa al estadio”, comentaba una joven mientras las pantallas llenaban de luz la grada y los coros ensayaban. En los asientos, familias enteras miraban hacia el túnel de vestuarios con una mezcla de expectación y gratitud: “Están nuestros familiares con el Papa. Qué bendición”, se leía en los mensajes que corrían por los móviles. Otro resumía sencillamente lo que muchos sentían: “¡Qué jornada tan maravillosa!”.
Cuando el papamóvil entró en el césped, el canto se hizo una sola voz: “Papa León, contigo en oración”. Desde las gradas más altas hasta el último anillo, el estadio se convirtió por unos minutos en una inmensa parroquia al aire libre, donde la fe dejaba de esconderse y se atrevía a decir su nombre sin complejos. En medio de aquella marea humana, muchos jóvenes salían con la sensación de haber sido mirados por su nombre. Decían que el Papa había sabido conectar con sus emociones, que no se había quedado en eslóganes, sino que les había ofrecido respuestas concretas a sus preguntas: qué hacer con el miedo al futuro, con la soledad, con las heridas que arrastran, con un mundo que parece no necesitar a Dios. Cuando repitió, como san Juan Pablo II en este mismo país, “no tengáis miedo”, no sonó a cita nostálgica, sino a palabra viva que resonaba en un Bernabéu en silencio.
Les planteó, además, el gran reto de la vocación, poniendo al mismo nivel —en importancia y en exigencia— el matrimonio cristiano, el sacerdocio, la vida consagrada y los diversos servicios en la Iglesia. No presentó la santidad como cosa de unos pocos elegidos, sino como llamada posible para todos, en la familia, en el altar, en el claustro o en los muchos ministerios que sostienen la vida de la comunidad. Y sugirió que la bondad, aunque sea de unos pocos, puede vencer el miedo de muchos: la bondad de unos padres que no se rinden, de un sacerdote que acompaña, de una religiosa que escucha, de un joven que decide ir a contracorriente. Quizá ese fue el gol más profundo de la noche.
Al salir del estadio, Madrid parecía por un momento detenida en un instante suspendido entre la noche y el día: luces de estadio y de plató, sí, pero también silencio de catedral, lágrimas de víctimas, ovación en el hemiciclo y susurro de oración en las casas. Ayer, el Papa que ha aprendido a unir interioridad y servicio dejó en la capital una tarea que no cabe en un titular: derribar murallas, cuidar de toda vida, escuchar a los heridos y volver a poner a Cristo en el centro.
Señor Jesús, que has pasado estos días por Madrid en la persona de tu Vicario, no permitas que esta visita se quede en emoción fugaz ni en espectáculo devoto. Que tu Espíritu siga acompañando hoy a León XIV en su descanso y en su viaje a Barcelona; ilumina a quienes le han escuchado en el Congreso, fortalece a los obispos que han recibido su hoja de ruta, consuela a las víctimas que se han atrevido a hablarle de sus heridas y sostiene a los jóvenes que han descubierto tu nombre quizá por primera vez. Bajo la mirada de la Virgen de la Almudena, te pedimos que la bondad de unos pocos venza el miedo de muchos, que en Montserrat y en la Sagrada Familia se renueve para toda España esta gracia recibida, y que cada uno de nosotros se decida a alzar la mirada, a derribar sus propios muros y a decirte en serio: “Señor, aquí estoy, cuenta conmigo hoy y también mañana”.
León XIV se arrodilla ante la Virgen de la Almudena y le ofrece la Rosa de Oro, la alta distinción mariana que ya lucen Montserrat, Santa María de la Cabeza y la Macarena
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