Miércoles, 21 de agosto de 2019

Religión en Libertad

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Reflexionando sobre el Evangelio

¿Grano de mostaza o bateria de teléfono?

por La divina proporción

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Hace poco tiempo escuchaba a un sacerdote decir que hoy en día es muy complicado entender las parábolas. ¿Por qué es tan complicado? La argumentación era sencilla: actualmente no tenemos las mismas referencias vitales que en la Judea de hace 2000 años. Tras esta razón nos comentó que habría que traducir las parábolas y por ejemplo, hablar de la pila de teléfono móvil en vez del grano de trigo. Personalmente creo que tiene razón en nuestra incapacidad de entendimiento para todo lo que no salga en un meme en las redes sociales o en una serie de éxito de cualquiera de los canales de pago actuales. Esta es una de las contradicciones más evidentes de nuestra sociedad. Teóricamente estamos mucho más formados que nunca, pero ¿Tantos años de estudio no nos sirve para entender una simple y evidente parábola?

Es cierto que ya no vivimos los ciclos naturales que propiciaba una vida sencilla en el campo, pero no por ello dejamos de tener la capacidad de entender cuando nos explican algo sencillo. ¿Por qué referirnos a una batería de móvil, cuando disponemos de parábolas sobre las que meditar y comprender lo que Cristo nos señala a través de su Palabra? Las parábolas nos permiten ir más allá de la superficialidad de lo que aparentemente se relata. ¿Por qué quedarnos en la superficialidad de un relato, cuando podemos beber del Agua Viva que es la Palabra de Dios? Este es el primero de los problemas que nos encontramos cuando nos acercamos a las Sagradas Escrituras, que son Revelación directa de Dios.

Actualmente, muchos y relevantes católicos miran las Sagradas Escrituras como si hubieran sido escritas por pobres e ignorantes judíos del siglo I.

Nos parece que eran personas que no entendían nada de lo que Cristo les decía y hacía. En nuestra soberbia, nos atrevemos a reinterpretar las Sagradas Escrituras desde puntos de vista adecuados a lo que en pleno siglo XXI se considera aceptable. Todo esto se realiza olvidando la existencia de la Tradición Apostólica, que dejamos reposar en una vitrina de museo. Para nosotros, personas postmodernas del siglo XXI, la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés no pasa de una historieta imaginativa que nos ha llegado del pasado.

Leamos lo que dice Clemente de Alejandría (Padre de la Iglesia y miembro de gran relevancia de la Escuela de Alejandría) de las Parábolas y de las Sagradas Escrituras en general:

Los que sabemos bien que el Salvador no dice nada de una manera puramente humana, sino que enseña a sus discípulos todas las cosas con una sabiduría divina y llena de misterios, no hemos de escuchar sus palabras con un oído carnal, sino que, con un religioso estudio e inteligencia, hemos de intentar encontrar y comprender su sentido profundo. (Clemente de Alejandría, Quis dives salvetur 5, 2-4)

Ojo, los escritos Sagrados no contienen ninguna sabiduría oculta que es controlada por iniciados o sabios. Tampoco guardan ningún un secreto exclusivo que dote de poder a su poseedor. Tampoco contiene códigos secretos que sólo se pueden hallar por medio del esfuerzo personal. No se trata de volver a las interpretaciones gnosticistas de los primeros siglos.

Para entender las Sagradas Escrituras hace falta sentido común, humildad, oración, sencillez y la acción del Espíritu Santo que nos ayuda a abrir el corazón a Dios.

Si cambiamos el grano de trigo por una batería de teléfono móvil, a lo más que llegaremos es a vernos reflejados en la angustia hipercomunicativa que nos atenaza en este tecnificado siglo XXI. San Cromacio de Aquilea fue un obispo italiano del siglo V. En sus escritos nos habla del sentido profundo de estas parábolas. Un sentido que nos conduce al Misterio, que no es secreto ni reservado para unos pocos:

El Señor se comparó a sí mismo a un grano de mostaza: siendo Dios de gloria y majestad eterna, se hizo un niño muy pequeño, puesto que quiso nacer de una virgen tomando un cuerpo de niño. Lo pusieron en tierra cuando su cuerpo fue enterrado. Pero después de haberse enderezado de entre los muertos por su gloriosa resurrección, creció tanto en la tierra que llegó a ser un árbol en cuyas ramas habitan los pájaros del cielo.

Este árbol significa la Iglesia que la muerte de Cristo resucitó en  gloria. Sus ramas sólo pueden significar a los apóstoles porque, igual que las ramas son el ornamento natural del árbol, así también los apóstoles, por la belleza de la gracia que han recibido, son el ornamento de la Iglesia de Cristo. Se sabe que sobre sus ramas habitan los pájaros del cielo. Alegóricamente, los pájaros del cielo somos nosotros que, llegando a la Iglesia de Cristo, descansamos sobre la enseñanza de los apóstoles, tal como los pájaros lo hacen sobre las ramas. (San Cromacio de Aquilea (¿-407). Sermón 30, 2)

¿Puede el símil de la batería de móvil llegar a la profundidad que nos ofrece San Cromacio? ¿Qué impide darnos cuenta que los Evangelios son mucho más que cuentos míticos que expresan de una forma “peculiar” la vida de Jesús de Nazareth? El problema que tenemos los católicos del siglo XXI es que vivimos cegados por el emotivismo socio-cultural de la época que nos toca vivir. Nos pasa algo similar, pero agravado, de lo que sucedió en anteriores épocas: barroco, romanticismo, ilustración, modernidad, etc. ¿Por qué agravado? Porque...

...según nos alejamos de la fuente de la Tradición, nuestro entendimiento de la Revelación se va haciendo más y más discontinuo y rupturista.

Deberíamos tener claro que la vida de Cristo es una continua llamada a vivir en nosotros la Revelación. Una constante invitación a llevar la Verdad a cada momento de nuestra vida. Una invitación a morir a nosotros mismos para volver a nacer del Agua y del Espíritu (Jn 3, 5). Sólo entonces, una vez renacidos, daremos fruto abundante. Sólo si el grano de trigo muere como tal, puede fructificar, crecer y dar fruto abundante (Jn 12, 20-33). Nosotros mismos somos extensión del grano de mostaza: pequeños, incapaces e insignificantes por nosotros mismos.

Somos nada hasta que, renacidos en Cristo, nos convirtamos en medio del Evangelio.

Un medio similar al árbol capaz de albergar pájaros en sus ramas y que brota de ese insignificante grano de mostaza. La Gracia de Dios, los dones del Espíritu, la Comunión de los Santos, hacen que podamos decir “muévete” a una montaña y que la montaña de mueva (Mt 17, 20). ¿Moveremos lo que queramos? Evidentemente, cuando Amamos de verdad a Dios, nuestra voluntad queda unida a la Voluntad del Señor. Querremos lo que Dios desea y a través de nosotros, se hará realidad.

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