Miércoles, 08 de abril de 2020

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En la Cuaresma, tres encuentros

por Luces en mi agenda

 

Se alzó el telón de la Cuaresma, el pasado miércoles, con la imposición de la ceniza sobre nuestras frentes, en un anhelo de «búsquedas y encuentros». Vivimos momentos difíciles, entre agobios e incertidumbres. El hombre occidental está pasando hoy por una de las crisis espirituales más complejas y convulsas de su historia. El cambio del paradigma medieval al moderno, y de éste al posmoderno, le ha descolocado interiormente, ha desordenado su escala de valores, ha convulsionado la forma de entenderse a sí mismo, ha minado su vida espiritual y moral, sin que, de momento, vislumbre en lontananza una era de estabilidad espiritual en la que poder afincarse serenamente. El hombre occidental, queramos o no, se ha convertido, desde el punto de vista moral, en un ser vacío y desnortado, probablemente menos feliz que el de otras épocas a pesar de los inmensos avances científicos y de los altos niveles materiales de vida. El mundo ha elegido organizarse sin Dios, vivir sin Dios, pensar sin Dios. Está viviendo una experiencia terrible: donde Dios no está, está el infierno. ¿Qué es el infierno sino la ausencia de Dios? La ideología transhumanista lo ilustra a la perfección. Sin Dios solo queda lo que no es humano, lo «poshumano». Ahora más que nunca la alternativa es clara: « ¡Dios o nada!». El filósofo Guy Coq, en una conferencia titulada El rostro de Dios, los rostros del hombre, afirmaba: «La barbarie, es decir, la posibilidad de una destrucción de lo esencial de la civilización, va avanzando paso a paso. La barbarie no se planta delante de nosotros y nos dice: aquí estoy yo, temblad. Mirad todo lo que os traigo de inhumano. Nuestra civilización es como un ser humano borracho que camina al lado de un precipicio. Unos pasos lo acercan a él y otros lo alejan. Pero el hombre no sabe exactamente dónde está el borde del precipicio. Puede que un solo paso cerca del borde provoque la catástrofe definitiva». En esta misma línea, el papa Francisco, subraya en su mensaje cuaresmal, que «debemos volver continuamente al gran Misterio de la muerte y resurrección de Jesús, fundamento de la vida cristiana personal y comunitaria. En cambio, si preferimos escuchar la voz del ‘padre de la mentira’, corremos el riesgo de hundirnos en el abismo del sin sentido, experimentando el infierno ya aquí en la tierra, como lamentablemente nos testimonian muchos hechos dramáticos de la experiencia humana personal y colectiva». La cuaresma nos invita a tres hermosos encuentros: un encuentro con Dios (oración), un encuentro con nosotros mismos (ayuno) y un encuentro con el prójimo (limosna). Son las tres actitudes que se nos ofrecen como preparación para la Pascua. La cuaresma, en su entraña más viva, es también un tiempo de llamadas: la llamada de Dios a escuchar sus palabras de vida eterna; la llamada interior e intensa en cada uno de nosotros para ser felices, con la exigencia del desprendimiento, el ayuno, de todo lo que nos esclaviza, nos deteriora, nos hace sufrir y nos denigra; y esa otra llamada de tantas víctimas como reclaman nuestra ayuda, la limosna, para paliar sus desgracias y aliviar sus pobrezas. El miércoles de ceniza, al imponerla, el sacerdote nos decía: «Conviértete y cree en el evangelio». En algunas comunidades misioneras, allende los mares, utilizan esta otra fórmula: «Acuérdate de que eres fiesta y de que en fiesta te has de convertir». La cuaresma debe ser, ciertamente, encuentros, llamadas, miradas de amor al crucificado, desde la orilla de una fe ardiente y anhelante. Y la fiesta brotará siempre de los manantiales del amor.

 

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