Domingo, 18 de agosto de 2019

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Domingo XVI del T.O (B) y pincelada martirial

Domingo XVI del T.O (B) y pincelada martirial

por Victor in vínculis

Queridos hermanos todos, deseo comenzar este domingo haciéndoos una proposición para estos días de vacaciones. Seguramente que cerca de donde residís o estáis veraneando se encuentra el sepulcro de algún santo al que podéis venerar y, sobre todo, conocer. Los santos nos enseñan a acercarnos a Jesucristo para vivir completamente en Él, a descubrir en ellos modelos de vida según el Evangelio. Estos días podéis, los que estéis cerca, celebrar en Compostela al apóstol Santiago o en Loyola a San Ignacio... Los que os encontréis por tierras leonesas celebráis hoy a San Lorenzo de Brindis, Doctor de la Iglesia, cuyos restos guarda con celo Villafranca del Bierzo (sobre estas líneas).

Los cortos versículos del Santo Evangelio que escuchamos este domingo bastan para darnos una imagen bellísima del Corazón de Jesús[1]. El Corazón bueno de Jesús. Un corazón humano, accesible a todos los afectos de un corazón humano; pero un corazón humano bueno, comprensivo, que se adelanta, que previene, que entrega, que se da. Fijaos que primero se quiere apartar con los discípulos para escuchar todo lo que tendrían que contar al Maestro; y después, ante esa multitud de la que el evangelista dice que el Señor les descubre como ovejas sin pastor, se pone a enseñarles con calma. Sin prisas, atendiendo a esos muchos que le buscan y que le necesitan.

Paray-le-Monial es una pequeña ciudad francesa, situada casi en el centro de aquella nación. Tan solo destaca por tener una majestuosa basílica edificada por los monjes de Cluny entre los siglos XI y XII. En el siglo XVII existía allí, y aún subsiste, un monasterio de la Visitación. Había también una pequeña residencia de jesuitas.

Entonces estaba Francia, y buena parte de la Iglesia Católica, bajo el influjo del jansenismo. Los jansenistas se caracterizaban por mirar a Dios como un juez terrible. Para ellos resultaba escandaloso venerar unos sentimientos o afectos, aunque fueran los del Hijo de Dios encarnado. Negaban incluso que Jesucristo hubiese muerto por todos los hombres. Con estos y otros principios un tanto particulares, está claro que concebían una vida de piedad fría, exigente, dura y penosa. Todo lo contrario de lo que hoy Jesús nos muestra en el Evangelio. Y apartaban a los fieles de frecuentar los sacramentos, y muy en especial la Eucaristía. La misma confesión se hacía muy difícil, porque exigían no solo un dolor perfecto, sino además el cumplimiento anticipado de la penitencia.

En realidad este camino de sacrificio y rigidez en lugar de provocar un rechazo muchas veces crea un atractivo; por eso el mal se extendía con rapidez. Todavía hoy son muchos los que bajo capa de fidelidad pretenden imponer a las almas esta forma errada de vivir la vida cristiana. Necesariamente damos la razón al filósofo Nietzsche, aunque solo sea en esto, cuando decía a los cristianos que no se condenarían por sus pecados, sino por su insuficiencia. 

Como el mal era muy grande, Dios Nuestro Señor determinó buscar un remedio que fuese también muy grande. Y fijaos lo que son las cosas de Dios. Para un mensaje de esta importancia, destinado a conmover los corazones y a oponerse a estas ideas, solo se acordó de una humildísima religiosa de clausura, y que además se encontraba en una ciudad de provincias... Casi como sucedieron las cosas al principio, en Belén...

Jesucristo Nuestro Señor se apareció a Santa Margarita María de Alacoque, mostrándole varias veces su Corazón. Se quejó con dulce amargura de las ofensas que los hombres le hacían, y allí brotó un movimiento irresistible que ha llevado la devoción al Corazón de Jesús -el Corazón bueno de Jesús- a todos los confines de la tierra[2]. Y así, San Juan XXIII dice que el Corazón de Jesús es una luz nueva, una llama de vida suscitada por el Señor para romper providencialmente la tibieza del mundo, para poner de nuevo ante los ojos de los hombres la realidad del infinito amor de Cristo hacia nosotros, y alumbrar de esta manera una nueva época de alegría para todas las almas... Y todo esto comenzó en un pequeño pueblo francés y hasta hoy ha aportado incalculables beneficios a la Iglesia y a la humanidad. ¡Porque, en definitiva, es el mensaje del Evangelio!

A algunos que firman sus artículos como teólogos en nuestros periódicos nacionales y que dudan de las revelaciones particulares -lo cual es legítimo, solo que al dudar buscan ridiculizarlas y minimizarlas-, les recordaría lo que nos decía nuestro Director espiritual, Don Justo López Melús, en el seminario: Ya quisieran nuestros teólogos para todos los días del año la fe de nuestras abuelas para los días de fiesta. Lo único que consiguen es provocar la confusión de tantos cristianos.

Porque si hoy proponemos la meditación de estas revelaciones es porque en ellas Jesús nos dice: He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres y solo recibe ingratitud de la mayor parte de ellos… ¿Y acaso no nos habla de esto mismo Jesús cuando nos dice: Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco...? Sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

Ya dijimos al iniciar el Tiempo Ordinario que amor a la vida ordinaria no debe entenderse como contentamiento con lo vulgar, que podría ser puro miedo al heroísmo de las virtudes que exige la auténtica santidad. “Me cuesta esto, soy débil, pues lo dejo sin hacer...”. Jesús nos llama para que estemos con Él, pues Él es nuestra fuerza. Afirma San Agustín en sus Sermones (169,8): -Dixisti sufficit, et periisti (-¿Dijiste basta? ¡Pereciste!). Cánsate en tu lucha, ¡pero lucha! Y, sobre todo, ruega en tu cansancio, porque Dios no exige imposibles, sino más bien mandando te pide que hagas cuanto puedas y que pidas lo que no puedas.[3]

Seguro que muchos conoceréis un libro del grafólogo italiano Girolamo Moretti, que recoge el fruto de unos cuarenta años de investigación sobre la escritura de los santos, en el que llega a la conclusión de que la escritura de estas personas evidencia también sus inclinaciones naturales malas. Después de muchas dudas y de numerosas consultas ante esa conclusión, tan en contra de cuanto nos decían los hagiógrafos que los pintaban santos desde la cuna, se decidió a publicar el trabajo de sus investigaciones. De las cincuenta y ocho escrituras de santos analizadas, sólo encontró tres en las que se manifestaba una bondad natural: en la de San Juan Berchmans, en San Pío X y en nuestra santa de hoy: Santa Margarita María de Alacoque. En los rasgos de las otras cincuenta y cinco escrituras estudiadas se descubren las malas inclinaciones de la naturaleza humana. Y aunque nos empeñamos en creer que desde la experiencia en general se cambia poco, estos cincuenta y cinco ejemplos de grandes santos sirven para animarnos en este crecimiento hacia Cristo, a pesar de nuestros defectos.

El Corazón bueno de Jesús sigue siendo hoy el mismo, sigue teniendo las mismas reacciones con nosotros, sigue teniendo los mismos afectos. Por encima de todas nuestras miserias, siempre encontraremos ese Corazón que lo da y se da todo. Él, que es comprensivo con nuestras faltas, con nuestras miserias humanas, es el único en quien podemos encontrar siempre nuestro consuelo, nuestro camino, nuestra fuerza hacia Dios. Y Él, el Corazón bueno de Jesús, nos llama hoy para que seamos santos, para que estemos con Él.

 

PINCELADA MARTIRIAL

El Beato Agrícola Rodríguez García de los Huertos nació el 18 de marzo de 1896 en Consuegra (Toledo). A los siete años de edad se separa de sus padres para marchar a Burgos, donde estudia en el colegio de los Hermanos Maristas. En 1908 se incorpora al Seminario Mayor “San Ildefonso” de Toledo, para continuar la carrera eclesiástica en los cursos de latín, filosofía y teología con las máximas calificaciones. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1918. En 1921 obtiene el doctorado en Sagrada Teología. En sus dieciocho años de vida sacerdotal ejerció en Villacañas, Guadamur y en Mora de Toledo.

Coinciden los testigos en señalar su ejemplaridad en el ejercicio de su ministerio sacerdotal. Era hombre dotado de buenas cualidades humanas, que son tan apreciables en el trato pastoral: agradable y educado en el trato, ordenado, puntual, limpio, justo, inteligente y culto, dotado de gran serenidad y fortaleza.

Y junto a estas virtudes naturales, brillaban en él las específicamente pastorales, como lo eran su profunda vida de oración: todos los días estaba en el templo desde las seis de la mañana, rezando el breviario, preparándose para la santa misa y confesando a los fieles hasta las nueve en que celebraba la Eucaristía; su dedicación celosa y exclusiva al ministerio sacerdotal, su facilidad para la predicación, su dedicación a la catequesis especialmente de los niños, su atención a los enfermos y a los pobres con visitas y con limosnas.

Desde 1931, con el advenimiento de la República, se creó un ambiente cada vez más hostil a la Iglesia. D. Agrícola lo experimentó en su propia vida con acusaciones por parte de los enemigos de la Iglesia, que le llevaron a la cárcel y al destierro de su parroquia durante tres meses. Cuando se lo permitieron, volvió a su parroquia de Mora, sabiendo a lo que se exponía. Y allí permaneció hasta su martirio, sin abandonar en ningún momento el rebaño encomendado.

El 21 de julio de 1936 quedó grabado a fuego en los anales de la multisecular historia de nuestra Diócesis. Ese día comenzó el exterminio del clero toledano. Como recuerda Monseñor Colomina Torner, después de las diócesis de Barbastro y Lérida, la nuestra sigue en el tercer puesto – en esta desafortunada clasificación - con el 60% de los sacerdotes asesinados. Ese 21 de julio la Guardia Civil salió de Mora camino de Toledo. Entonces se desataron las furias de los marxistas, y buscaron al sacerdote para eliminarlo.

Una vez más al recuperar los restos de D. Agrícola y recoger con piedad el cráneo de tan insigne párroco, el plomo caía en la cuenca de nuestras manos. El tiro mortal que atravesó su cabeza nos hacía regresar a la intensidad vivida por él, en los últimos momentos de su vida.

Una placa en la fachada posterior de la iglesia parroquial recuerda aquel momento doloroso: “Serían como las cuatro o cinco de la tarde del 21 de julio - afirma Luis Lillo -. A esa hora D. Agrícola abrió la puerta de la sacristía y pidió a los milicianos que respetaran a las mujeres y al niño. Entonces dijeron: Venimos solo a por ti, tira p’adelante. Caminó por la acera unos diez pasos y oí una larga descarga, como si fuera de metralleta. Le vi caer boca abajo, con un boquete en el lado derecho de la espalda, y también vi cómo caían sus gafas por la acera. Luego, por miedo, salí corriendo hacia mi casa”.

“Por la tarde, explica otro testigo, oímos desde casa una ráfaga de tiros y oímos decir a una vecina: “Ya han matado al cura”. Después vimos pasar por delante de mi casa un coche fúnebre con los restos de D. Agrícola, por el cual asomaba el manteo, y no dudé que era el señor cura; sentado sobre él iba un individuo con un fusil en la mano, al cual no reconocí. Posteriormente se rumoreó que le remataron en una plazuela, en la que existe un pozo en la confluencia de las carreteras de Huerta y Tembleque”.

Su cuerpo, como la vela del Santísimo, ha permanecido en el pasillo central de la parroquia de Nuestra Señora de Altagracia de Mora de Toledo. Ahora desde el altar mayor, donde otrora celebrara la Santa Misa, todavía más cerca de Nuestro Señor Jesucristo D. Agrícola rogaba por nosotros. Sí, ruega por nuestra Diócesis, por nuestros obispos y sacerdotes, por los seminaristas, por las religiosas de clausura, por los religiosos y religiosas, por el pueblo de Mora de Toledo, por todos los matrimonios, por sus hijos. Sí, ruega por todos, tú que como el Apóstol Santiago fuiste el primero en derramar la sangre. Ruega por nosotros, Beato Agrícola, protomártir del clero toledano.

 

[1] José Antonio ALDAMA, Homilías. Ciclo B, página 260. (Granada, 1993).

[2] Lamberto de ECHEVARRÍA, El Corazón de Dios. (Madrid, 1988).

[3] Del prólogo de Juan Bautista TORELLÓ en La vida en Dios, por UN CARTUJO, páginas 38-39. (Madrid, 1991).

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