Sábado, 20 de abril de 2019

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Cuarto Domingo de Cuaresma y pincelada martirial (Ciclo C)

por Victor in vínculis

El pecado constituye una ofensa contra Dios Padre, la ofensa de un hijo pródigo, ingrato y desleal. Mucho más que la violación de una ley, significa el desprecio de un amor. Es imposible a la hora de comentar esta parábola no hablar desde el principio de que Dios es amor misericordioso. La Biblia1 de los padres Francisco Cantera y Manuel Iglesias titula este pasaje como Parábola del padre perdonador. El mayor pecado, el pecado imperdonable, sería el rechazo de su misericordia. El sacerdote José María Cabodevilla se pregunta en su obra El Padre del Hijo Pródigo2 en qué otra cosa puede consistir la condenación sino en el rechazo definitivo del amor divino. 

Aquí no manda Dios. Éste sería el letrero que los réprobos, llevados de una soberbia típicamente satánica, han colocado a la puerta del infierno, convirtiendo así su cartel en un baluarte inexpugnable frente al poder de Dios. Pero su error es tan grande como su soberbia. Ellos siguen estando sometidos a dicho poder, el cual se ejerce indistintamente sobre el lugar de castigo y sobre el lugar de bienaventuranza, dos parcelas de un mismo dominio soberano.

Aquí no manda Dios. Y Dios mira el cartel con absoluta indiferencia, con una majestad que no deja de ser imperturbable por el hecho de parecer, durante un momento, displicente. Pensando en ese Dios omnipotente y justo, debería decirse incluso que, lejos de sufrir con la pena impuesta a sus súbditos rebeldes, se complace en ella, ya que así queda restablecida la justicia que el pecado desfiguró. 

Pero imaginemos que el letrero hubiera sido redactado en estos otros términos: Aquí vive el hijo pródigo que no quiso volver a casa. Dios se ha detenido a leerlo. ¿Cómo reaccionará? Yo querría observar ahora su rostro, contemplar ese semblante augusto que no creo, sin embargo, inalterable, y me estoy preguntando cuál será la impresión reflejada en él… 

Quiero que volvamos a reflexionar sobre el sentido auténtico del valor de nuestra oración para que los que están lejos vuelvan a casa. 

Otras veces, y podéis seguir haciendo este ejercicio desde este pasaje del Evangelio, desde esta hermosa parábola hemos meditado sobre lo que significa para cada uno de nosotros: cuántas veces somos el hijo pequeño que huye de la seguridad del Padre o el soberbio hijo mayor que a destiempo se encara con Él y le pide cuentas... 

Mirad, cuando hubo acabado la fiesta, el Padre llamó a los dos hijos y les contó esta parábola:

Un padre tenía dos hijos y los dos hijos decidieron abandonar a su Padre y partir juntos con la herencia. Llegaron a un país que era la envidia de las regiones que lo circundaban: su paisaje, su mar bravío que acariciaba sus costas, sus gentes… Los dos hermanos pensaron que con su herencia se harían los dueños de aquel país. Transcurrió el tiempo y al no conseguir cumplir sus objetivos pasaron a la violencia, a los malos modos, urdiendo tramas que les llevaron a enfrentarse con aquellas gentes… Algunos tuvieron que abandonar la región; otros permanecieron, aunque el miedo era el único aliado con el que esperaban cada amanecer; otros pocos se unieron a los dos hermanos que terminaron asesinando a todo aquel que no postulaba sus creencias… Pero cada noche, cuando se recogían tras sus fechorías, en el silencio de lo que aún conservaban como conciencia, oían -casi veían- a una anciana madre que, arrodillada, suplicaba al buen Dios que regresasen sus amados hijos y que todo aquel estéril sufrimiento acabase para las buenas gentes que un día acogieron a los dos hermanos… El grito desgarrador de aquella anciana mujer se había convertido noche tras noche en una llamada molesta y permanente en el corazón de aquellos hijos…

Una noche, movidos por una extraña fuerza sobrenatural (mezcla de gracia, oraciones y sacrificios), aquellos dos hombres abandonaron aquel país y volvieron a su casa. Cuando todavía estaban lejos, su padre los vio y se conmovió; y, echando a correr, se les echó al cuello y se puso a besarlos.

Si algo nos deja claro Jesús en esta parábola es la actitud que todo hombre debe tener por imitar al Padre bueno. Fijaos, cuando vuelve el hijo perdido, el Padre corre a su encuentro, se abalanza sobre él, se arroja sobre su cuello. El texto griego usa la palabra KATEFILESEN (Lc 15,20). Emplea el evangelista un verbo singular y extraño, que causa estupor. No usa el habitual besar, sino que le añade la partícula reiterativa KATA. Esta preposición otorga al verbo una insistencia y una porfía, una efusión y enorme ternura. Puede traducirse con rigor de esta manera: lo besó repetidamente, no cesaba de besarle. La traducción de los padres jesuitas Bover-Cantera escribe: Se lo comía a besos. Se dice que fue el propio José María Pemán quien sugirió tan castiza y densísima traducción. 

Eso es lo que hace Dios con nosotros: buscarnos, salir a nuestro encuentro. Y nosotros no podemos quedarnos cruzados de brazos. 

En este tiempo de la Cuaresma podemos recordar aquella anécdota que se cuenta del rey franco Clodoveo, que se convirtió al cristianismo por influjo de su esposa Santa Clotilde, allá por el año 496 de nuestra era, y que cuando por primera vez le leían la Pasión del Señor, se le saltaban las lágrimas y exclamaba: ¡Ah, si llego a estar yo allí con mis francos! Palabras conmovedoras, de gran sinceridad y de auténtico afecto hacia el Señor, que se entienden muy bien en un hombre que era en cierto modo como un niño, lleno de sencillez, de la sencillez de quien se acaba de convertir. Pero ahora, en lo que a nosotros se refiere, puede sonar a una invitación a luchar contra todo aquello que nos aparta de Jesucristo, contra todo aquello que se presente como enemigo del Señor en nuestra propia vida. 

Quiero terminar con un recuerdo especial para la fiesta que celebramos el pasado lunes, día 25 de marzo: la Encarnación del Señor; en este domingo, precisamente, en que las antífonas introductorias nos recuerdan esta alegría que se acerca; porque el Señor, aunque estemos en Cuaresma, quiere nuestra alegría porque Él va a resucitar de entre los muertos. Recordamos el sí de María, recordamos con gozo los acontecimientos que celebrábamos el año pasado, en los dos mil años de la Encarnación de Jesucristo. 

Escribe el querido padre Santiago Martín: 

La imitación de María, contemplándola como la mujer que disfruta de un éxito que no le ha sido fácil de conseguir, nos debe llevar a ser como Ella a la hora de fiarnos de Dios. Merece la pena apostar nuestra vida en la causa del Señor. Es posible que tengamos que vivir más de un susto, más de una prueba; es posible, también, que pasemos toda la vida sin recoger ni un solo fruto. Pero no lo olvidemos: para nosotros el tiempo no es una medida sólo mundana; existe la otra vida y allí disfrutaremos del premio que les espera a los que han creído en el amor, como María, y a los que, como Ella, han sido capaces de arriesgar para hacer la voluntad de Dios, para amar y sacrificarse por los demás3. 

Aquí está la esclava del Señor. Aquí estamos nosotros, Señor. Con nuestras deficiencias, con nuestra debilidad, con nuestros pecados. Aquí estamos para seguirte, para hacer tu voluntad. 

PINCELADA MARTIRIAL

El beato Pío Conde Conde era un sacerdote salesiano de la casa de Estrecho de Madrid que, unos meses antes de julio de 1936, había experimentado ya en su persona lo que suponía ser agredido por la multitud incontrolada.

 

Había nacido el 4 de enero de 1887 en Portela-Allariz, Orense. A los 15 años ingresó en las escuelas salesianas de Sarriá-Barcelona. Allí mismo hizo el noviciado y profesó como salesiano en 1906. Recibió el presbiterado en Orihuela en 1914. Estrenó su sacerdocio en Valencia. De allí pasó a Béjar y, en 1923, al colegio María Auxiliadora de Santander. En 1927 fue destinado a Vigo-San Matías, y por último, en 1933, llegó a la casa madrileña de Estrecho, como encargado de la iglesia.

 

El 19 de julio de 1936 sufrió con su comunidad el asalto al colegio y los vejámenes de la multitud que, a él personalmente, le alcanzaron hasta causarle algunas heridas con derramamiento de sangre incluido. Al concedérsele la libertad en la Dirección General de Seguridad, unos amigos le acogieron en su casa en donde permaneció unos meses escondido. Por el mes de octubre de 1936, se le procuró refugio diplomático en la embajada de Finlandia. Pero ésta fue asaltada el día 3 diciembre y las personas allí acogidas trasladadas en bloque a la cárcel de San Antón. La presión internacional provocó que las autoridades republicanas liberaran a estos detenidos. Don Pío, al salir, se instaló en una pensión pero, aún con la identidad de un sobrino suyo, fue detenido de nuevo y llevado a la comisaría de Estrecho, de donde había partido la denuncia contra él por ser sacerdote salesiano.

 

Al ser mayor de cuarenta y cinco años, se le aplicó la ley de Evacuación, y se le condujo al Refugio de Evacuados de la calle García de Paredes. Estaba bien entrado ya el mes de marzo de 1937. Entre el 16 y el 20 de este mes, parece ser que don Pío fue “evacuado a Valencia”. Se ignora el lugar y el momento en que le asesinaron. “Entre los casos semejantes que se cuentan, a unos los hacían bajar del coche en Alcázar de San Juan, y allí los asesinaban; a otros los llevaban a Valencia, y allí se deshacían de ellos”.

 

1 CANTERA-IGLESIAS, Sagrada Biblia, (Madrid, 1975).

2 José María CABODEVILLA, El Padre del Hijo Pródigo, página 43 (Madrid, 1999).

3 Santiago MARTÍN, Vida de María. Qué pedirle a la Virgen en los principales santuarios de España, página 71 (Madrid, 2000).

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